A la mañana siguiente, pedí que prepararan una sala privada para mí.
No quería volver al despacho del consejo. Allí, cada conversación parecía una batalla en la que todos conocían las reglas menos yo.
Necesitaba tiempo.
Tiempo para pensar, para revisar los documentos y, sobre todo, para decidir qué estaba dispuesta a aceptar.
La propuesta de Silvania no era solamente un matrimonio. Era un acuerdo que podía cambiar la vida de mi familia y el futuro de Terranova.
Y, aunque todos insistían en que mi unión con Lucien Moretti era necesaria, nadie parecía recordar que yo sería quien tendría que vivir con las consecuencias.
Me senté junto a la ventana con una hoja en blanco delante.
En la parte superior escribí:
Condiciones.
Durante unos segundos, sostuve la pluma sin moverla.
Después comencé.
La primera condición era sencilla:
No renunciaría a mi nombre.
No permitiría que, al casarme, dejara de ser Freya Bellmont para convertirme únicamente en la esposa del heredero de Silvania. Mi familia, mis tierras y mi historia no podían desaparecer por un acuerdo político.
La segunda condición fue más difícil.
Quería conservar mi derecho a regresar a Terranova.
No como una invitada.
No como alguien que debía solicitar permiso para visitar su propio hogar.
Quería poder regresar cuando mi familia me necesitara y cuando yo lo necesitara.
La tercera condición se relacionaba con mis propiedades. Mi padre había dejado tierras, trabajadores y responsabilidades que no pensaba abandonar sin más. Si el matrimonio se llevaba a cabo, nadie tendría derecho a tomar decisiones sobre ellas sin consultarme.
La cuarta era para mi madre y Derek.
Quería mantener comunicación con ellos. Cartas, visitas y noticias. No aceptaría que la distancia se convirtiera en una forma de aislamiento.
La quinta condición me hizo detenerme más tiempo.
Quería tener voz en las decisiones que afectaran a Terranova.
No pretendía dirigir un reino que no me correspondía. Pero tampoco estaba dispuesta a ser utilizada como símbolo mientras otros negociaban el futuro de mi hogar.
Leí la lista completa.
Parecía razonable.
Sin embargo, había aprendido que lo razonable podía convertirse en una exigencia excesiva cuando lo pedía una mujer.
—¿Ya terminaste de declarar la guerra sobre el papel?
Levanté la mirada.
Derek estaba en la entrada de la sala.
—Todavía no. Me faltan algunas condiciones.
—¿Como cuáles?
—Que no me obliguen a sonreír durante las reuniones.
—Esa podría ser la más difícil de aceptar.
Dejé la pluma sobre la mesa.
—¿Te estás burlando de mí?
—Un poco.
—Entonces puedes irte.
Derek entró de todos modos y se sentó frente a mí.
Su mirada recorrió la hoja.
—¿Quieres que te diga lo que pienso?
—No especialmente.
—Voy a hacerlo igual.Suspiré.
—Adelante.
—No deberías aceptar ninguna condición que no puedas defender después.
Fruncí el ceño.
—Eso es obvio.
—No tanto.
A veces las personas piden cosas durante una negociación porque suenan bien, pero luego descubren que no tienen forma de hacerlas cumplir.
Me quedé mirando el papel.
Derek tenía razón.
No bastaba con escribir mis deseos. Necesitaba asegurarme de que quedaran incluidos en el acuerdo y respaldados por ambas coronas.
—Entonces tendré que exigir garantías —dije.
—Y testigos.
—¿Crees que el rey aceptará?
—Creo que aceptará lo que considere necesario para que no rechaces el matrimonio.
—Eso no es lo mismo.
—No.
Derek apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Por eso debes tener cuidado con las promesas que te hagan en privado. Todo lo importante debe quedar escrito.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Desde cuándo sabes tanto de negociaciones?
—Desde que descubrí que las personas mienten con más facilidad cuando creen que nadie revisará sus palabras.
No pregunté qué experiencia le había enseñado aquello.
Tal vez no quería saberlo.
La reunión con los representantes de Silvania tuvo lugar después del mediodía.
Eran tres hombres y una mujer. Todos vestían prendas oscuras con detalles plateados, los colores de la casa Moretti.
El hombre que parecía dirigir la delegación era de edad avanzada. Tenía el cabello completamente gris y una expresión serena que no lograba ocultar su mirada calculadora.
—Lady Freya Bellmont —dijo al verme—. Es un honor conocerla.
—Me temo que todavía no puedo decir lo mismo.
Derek tosió suavemente a mi espalda.
El representante no pareció ofenderse.
—Aprecio su franqueza.
—Es lo único que puedo ofrecerles por ahora.
Nos sentamos alrededor de una mesa rectangular. El rey no estaba presente, pero el primer ministro ocupaba su lugar junto a los documentos.
La mujer de la delegación abrió una carpeta.
—Venimos con la intención de establecer los términos de una alianza duradera entre Terranova y Silvania.
—¿Duradera cuánto tiempo?
—El tiempo necesario para garantizar la estabilidad de ambos reinos.
—Eso no responde a mi pregunta.
La mujer me sostuvo la mirada.
—La duración exacta todavía debe negociarse.
—Entonces empecemos por eso.
El representante principal intervino.
—Lady Freya, comprendemos que la situación puede resultarle difícil. Pero nuestros reinos han sufrido demasiado para permitir que esta oportunidad fracase.
—No soy yo quien está haciendo que fracase.
—Nadie ha dicho eso.
—Todavía.
Derek bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
El primer ministro extendió una copia del acuerdo sobre la mesa.
—Podemos revisar cada punto de manera ordenada.
Y eso hicimos.
Durante las siguientes horas, discutimos las rutas comerciales, los préstamos y el suministro de alimentos. Silvania ofrecía enviar cereales a las regiones más afectadas de Terranova, pero exigía prioridad en determinados caminos y una participación importante en las decisiones de seguridad fronteriza.