La Esposa De Mi Enemigo

Capítulo 6

La noticia de la llegada de Lucien Moretti se extendió por el palacio antes de que el sol terminara de salir.

Lo supe por el movimiento de los sirvientes, por las voces apresuradas en los pasillos y por la manera en que mi madre entró en mi habitación sin siquiera esperar a que la invitara.

—Llegará esta tarde —anunció.

Dejé el libro que tenía entre las manos.

—¿Esta tarde?

—La delegación recibió confirmación hace unos minutos. El príncipe ya cruzó el paso de Eren.

Me quedé inmóvil.

Había sabido que vendría. Había leído su carta y había tenido varios días para prepararme mentalmente.

Sin embargo, escuchar que ya estaba cerca provocó una sensación incómoda en mi estómago.

—¿Por qué nadie me lo comunicó antes?

—Porque acaban de recibir la noticia.

—¿Y qué esperan que haga?

Mi madre se acercó al armario.

—Prepararte.

—¿Para una recepción o para un interrogatorio?

—Freya.

—No sé cómo comportarme con un hombre al que todos esperan que acepte como futuro esposo.

Mi madre guardó silencio.

Después tomó un vestido de color azul oscuro.

—No tienes que comportarte como su futura esposa.

La miré.

—¿No?

—Todavía no has aceptado.

Aquellas palabras me sorprendieron.

Mi madre no solía contradecir las decisiones del consejo. Durante años había aprendido a guardar silencio cuando los hombres discutían asuntos de Estado, incluso cuando esas decisiones afectaban directamente a nuestra familia.

Pero aquella mañana había algo diferente en su voz.

—Entonces, ¿por qué me estás ayudando a prepararme?

—Porque quiero que te presentes como tú misma. No como alguien que intenta demostrar que no tiene miedo.

Bajé la mirada.

—¿Y si tengo miedo?

Mi madre dejó el vestido sobre la cama.

—Entonces no tienes que avergonzarte.

No respondí.

Había pasado tantos días intentando parecer fuerte que casi había olvidado que el miedo no desaparecía solo porque una persona decidiera ignorarlo.

Elegí un vestido sencillo, de tela oscura y detalles plateados en las mangas. No llevaba joyas llamativas, solo un colgante que había pertenecido a mi padre.

Mi madre quiso que llevara la diadema familiar, pero me negué.

—No quiero parecer una ofrenda ceremonial.

—La diadema no te convierte en una ofrenda.

—Hoy podría hacerlo.

Ella me observó con una mezcla de preocupación y tristeza.

Finalmente, no insistió.

Cuando bajé al salón principal, Derek ya me estaba esperando.

Llevaba el uniforme de la guardia ducal y una expresión seria.

—Te ves como si estuvieras a punto de declarar una guerra —dijo.

—Tal vez debería hacerlo.

—Intenta no hacerlo antes de la cena.

—No prometo nada.

Derek me ofreció el brazo.

Lo acepté, aunque solo porque no quería que notara cuánto me temblaban las manos.

—¿Sabes algo de la llegada? —pregunté.

—La comitiva entrará por la puerta oriental. Habrá guardias en el patio y representantes del consejo.

—¿Y tú?

—Estaré cerca.

—No demasiado cerca.

—¿Por qué?

—Porque si me enfurezco, no quiero que parezca que necesito que mi hermano me rescate.

Derek me miró de reojo.

—¿Y si él intenta hacerte daño?

—Entonces sí puedes rescatarme.

—Qué generosa.

Sonreí apenas.

Pero cuando escuché el sonido de los cuernos anunciando la llegada de la comitiva, la sonrisa desapareció.

Lucien Moretti estaba aquí.

El patio principal estaba lleno de personas.

Los miembros del consejo se encontraban alineados frente a la entrada, junto al rey y la reina. Los sirvientes permanecían apartados, observando con curiosidad. Incluso algunos nobles habían encontrado motivos para abandonar sus habitaciones y acercarse a las ventanas.

Todos querían ver al príncipe de Silvania.

Yo también.

Aunque me negaba a reconocerlo como curiosidad.

Las puertas se abrieron.

Primero entraron varios soldados con capas oscuras.

Después aparecieron los representantes que habían participado en las negociaciones, seguidos por otros hombres de la corte silvaniana.

Y finalmente, él.

Lucien Moretti descendió del caballo sin ayuda.

Lo primero que noté fue su postura.

Era alto, de hombros rectos y movimientos controlados. Vestía un abrigo negro con bordados plateados, sin demasiados adornos. Una espada colgaba de su cintura, aunque no parecía llevarla como una amenaza.

Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado por el viaje.

No se parecía al hombre arrogante que había imaginado.

Aquello me molestó.

Era más sencillo odiar a alguien cuando coincidía con la imagen que habías construido de él.

Lucien avanzó hacia el rey acompañado por dos guardias. Su mirada recorrió el patio hasta detenerse en mí.

No aparté los ojos.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió.

No sentí una conexión especial.

No hubo un estremecimiento romántico ni nada parecido.

Solo la incómoda certeza de que, por fin, el hombre que había ocupado mis pensamientos durante días estaba frente a mí.

Y me estaba observando con la misma atención con la que yo lo observaba a él.

Lucien hizo una reverencia ante el rey.

—Majestad.

—Príncipe Lucien. Bienvenido a Terranova.

—Agradezco su recibimiento.

Su voz era más grave de lo que había imaginado. Tranquila, sin demasiadas inflexiones.

El rey presentó a los miembros de la corte.

Cuando llegó mi turno, dio un paso hacia mí.

—Mi sobrina, lady Freya Bellmont.

La palabra sobrina me hizo tensar la mandíbula.

No era su sobrina. Era la hija del duque de Terranova.

Pero no lo corregí en ese momento.

Lucien volvió su atención hacia mí.

—Lady Bellmont.

Hizo una inclinación de cabeza.

No extendió la mano.




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