La Esposa De Mi Enemigo

Capítulo 7

La mañana siguiente comenzó demasiado temprano.

Apenas había amanecido cuando una doncella llamó a mi puerta para avisarme que el príncipe Moretti había solicitado una reunión privada conmigo.

Me quedé sentada en la cama durante varios segundos.

—¿Conmigo?

—Sí, lady Freya.

—¿Dijo para qué?

—No, mi lady.

Por supuesto que no.

En aquel palacio, nadie parecía capaz de darme una respuesta completa.

Me levanté y me vestí sin demasiada ayuda. Elegí un vestido sencillo, oscuro, sin adornos innecesarios. No quería parecer una futura princesa. Ni una mujer que necesitara impresionar a Lucien.

Quería parecer yo misma.

Cuando salí de mi habitación, encontré a Derek esperándome en el corredor.

—Me dijeron que Lucien quiere hablar contigo.

—Parece que las noticias viajan rápido.

—En este palacio, más rápido que las cartas.

—¿Crees que debería ir?.

Derek me miró como si la pregunta fuera absurda.

—Creo que ya decidiste hacerlo antes de preguntarme.

—Quizás quería escuchar que era una mala idea.

—No voy a mentirte.

—Qué decepción.

Derek sonrió.

Después su expresión se volvió seria.

—Si ocurre algo que te incomode, puedes marcharte.

—Lo sé.

—Y si alguien intenta presionarte...

—También lo sé.

—Bien.

Lo observé unos segundos.

—Estás preocupado.

—Soy tu hermano. Es mi trabajo.

No respondí.

Le di un pequeño abrazo antes de continuar por el corredor.

No era algo que hiciéramos a menudo, pero aquella mañana lo necesitaba.

Lucien me esperaba en una pequeña sala junto a la biblioteca.

La puerta estaba abierta.

Lo encontré de pie frente a una ventana, leyendo un documento. Cuando entré, levantó la mirada.

—Lady Bellmont.

—Príncipe Moretti.

—Gracias por venir.

—Usted pidió verme.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

—Cierto.

Señaló una silla.

Tomé asiento.

Él permaneció de pie unos segundos antes de sentarse frente a mí.

Había algo extraño en aquella situación.

La noche anterior habíamos hablado en la terraza y, aun así, esto se sentía diferente.

Más serio.

Más peligroso.

Sobre la mesa había varios documentos.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Una copia de las condiciones que presentó ayer.

—¿Y qué pretende hacer con ellas?

—Revisarlas.

—¿Para rechazarlas?

—Para saber cuáles puedo aceptar personalmente y cuáles necesitan autorización de la corona.

Lo observé con atención.

—¿Personalmente?

—Hay decisiones que puedo tomar como heredero. Otras no.

—Entonces tampoco tiene tanta libertad como aparenta.

Lucien apoyó una mano sobre el documento.

—Nunca dije que la tuviera.

Aquella respuesta me hizo guardar silencio.

Durante unos segundos, solo se escuchó el sonido de la lluvia golpeando los cristales.

—Quiero hacerle una pregunta —dije.

—Adelante.

—¿Por qué aceptó venir?

Lucien no respondió inmediatamente.

—Porque considero que Terranova necesita una solución.

—Eso ya lo sé.

—Y porque Silvania también necesita estabilidad.

—Eso también lo sé.

—Entonces quizá ya conoce la respuesta.

—No.

Lo miré directamente.

—Quiero saber por qué usted.

Sus ojos se mantuvieron sobre los míos.

—¿Por qué yo qué?

—¿Por qué debe ser usted quien se case conmigo?

Lucien bajó la mirada hacia los documentos.

—Porque soy el heredero.

—Eso no es suficiente.

—Para nuestras familias, parece serlo.

—Para mí no.

Lucien asintió.

—Para mí tampoco.

Aquella respuesta me sorprendió.

—Entonces, ¿qué piensa hacer?

—Conocerla.

Fruncí el ceño.

—¿Para decidir si soy adecuada?

—No.

—¿Entonces?

—Para decidir si podemos vivir con esta decisión.

Me quedé callada.

No sabía qué esperaba escuchar, pero definitivamente no era eso.

—¿Y si no podemos?

—Entonces tendremos que decirlo antes de cometer un error.

Aquellas palabras me hicieron sentir algo extraño.

No alivio.

Tampoco confianza.

Solo una pequeña disminución de la presión que llevaba días sintiendo en el pecho.

—¿Su familia está de acuerdo con eso?

—Mi familia está de acuerdo con la alianza.

—No es lo mismo.

—No.

Lucien se recostó ligeramente en la silla.

—Mi madre considera que el matrimonio es necesario. Mi padre también. Mi hermana cree que Terranova no debería recibir nada de Silvania.

—¿Y su hermano?

Su expresión cambió.

Muy poco.

Pero lo noté.

—Lucien...

—¿Qué quiere saber sobre él.

La pregunta fue directa.

—La verdad.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Qué verdad?

—La que nadie quiere contarme.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Sabía que había tocado un punto delicado.

Pero ya no quería seguir rodeándolo.

—Derek me dijo que existen distintas versiones sobre su muerte.

Lucien no apartó la mirada.

—Existen.

—Una de ellas culpa a Terranova.

—Sí.

—¿Usted lo cree?

Esta vez tardó más en responder.

—Creo que mi hermano murió y que nadie me ha dado una explicación que consiga aceptar por completo.

La respuesta me dejó quieta.

No había esperado algo tan personal.

—Lo siento —dije.

Lucien desvió la mirada.

—No necesito su compasión.

—No se la estoy ofreciendo.

Me miró nuevamente.

—¿Entonces?

—Estoy intentando entenderlo.

—¿Por qué?

—Porque si voy a casarme con usted, necesito saber qué piensa del pasado de nuestras familias.

Lucien apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Y si le digo que no confío en su familia?

—Entonces al menos sabré la verdad.

—¿Y si le digo que creo que alguien de Terranova estuvo involucrado en la muerte de mi hermano?




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