La mañana llegó demasiado pronto.
Había pasado gran parte de la noche pensando en la frase que había encontrado en el cuaderno de mi padre.
No confiar en la versión oficial.
No podía dejar de preguntarme qué había querido decir.
Y, sobre todo, por qué había escrito aquello justo durante la semana en que murió el hermano de Lucien.
Guardé el cuaderno en el fondo del cajón de mi escritorio antes de bajar a desayunar. No quería que nadie lo encontrara. Ni siquiera Derek.
Todavía no sabía si podía confiar en él con aquello.
Cuando entré al comedor, mi hermano ya estaba allí.
—Tienes mala cara.
—Buenos días para ti también.
Derek sonrió apenas.
—Dormiste poco.
Me senté frente a él.
—¿Tú tampoco?
—Yo tengo una excusa. Tú tienes un príncipe enemigo rondando por el palacio.
—No es mi príncipe.
—Todavía.
Le lancé una mirada
—No empieces.
Derek levantó las manos, divertido.
—Está bien.
Durante unos segundos comimos en silencio.
Hasta que lo miré.
—¿Averiguaste algo sobre el ataque de la caravana?
Su expresión cambió.
—Algo.
Dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Los hombres desaparecidos no fueron encontrados.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—¿Y los comerciantes?
—Uno de ellos sigue inconsciente. El otro dice que los atacantes no llevaban insignias.
—¿Silvanianas?
—Eso es lo extraño. No lo sabe.
—¿Cómo que no lo sabe?
Derek se inclinó ligeramente hacia mí.
—Dice que escuchó hablar a uno de ellos. Pero no reconoció el acento.
Fruncí el ceño.
—Entonces podrían no haber sido de Silvania.
—Podrían.
—¿Y el consejo qué piensa?
Derek soltó una risa seca.
—El consejo ya decidió que fueron bandidos.
—Demasiado rápido.
—Exactamente.
Nos miramos.
Por primera vez, ambos parecíamos pensar lo mismo.
Había demasiadas cosas que no encajaban.
La reunión comenzó poco después del mediodía.
El rey estaba sentado en la cabecera de la mesa, acompañado por el primer ministro y varios consejeros. Lucien se encontraba al otro lado, vestido completamente de negro.
Cuando entré, sus ojos se dirigieron hacia mí.
Solo por un instante.
Después volvió a mirar los documentos frente a él.
Tomé asiento.
—Podemos comenzar —dijo el primer ministro.
Durante casi una hora hablaron de números.
Deudas.
Rutas comerciales.
Cereales.
Tropas.
Fronteras.
Todo aquello que parecía importante para un reino y, al mismo tiempo, completamente alejado de mi propia vida.
Hasta que uno de los consejeros mencionó el matrimonio.
—Una vez aceptadas las condiciones económicas, deberíamos proceder con el anuncio oficial del compromiso.
Miré a Lucien.
Él no reaccionó.
—No he aceptado todavía —dijo.
El silencio fue inmediato.
El consejero pareció sorprendido.
—Alteza...
—He dicho que aún no he aceptado.
Lucien habló con calma, pero no dejó espacio para discutirlo.
El rey de Terranova intercambió una mirada con el primer ministro.
—Pensé que las conversaciones privadas habían sido satisfactorias.
Lucien me miró.
—Lo fueron.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Que conocer las condiciones no significa haber tomado una decisión.
Sentí algo extraño.
No gratitud.
Todavía no.
Pero sí alivio.
Al menos no era el único que se negaba a fingir que aquello ya estaba decidido.
—Yo tampoco he aceptado —dije.
El consejero nos observó a ambos.
—¿Pretenden retrasar el acuerdo?
—Pretendemos saber exactamente en qué estamos entrando —respondí.
Lucien permaneció en silencio unos segundos.
Luego añadió:
—Y creo que tenemos derecho a hacerlo.
La reunión terminó poco después.
No hubo anuncio.
No hubo compromiso.
Solo más documentos y más preguntas.
Cuando salí de la sala, escuché pasos detrás de mí.
—Freya.
Me detuve.
Era Lucien.
—¿Sí?
Se acercó, pero mantuvo cierta distancia.
—Sobre lo de ayer...
—¿Qué pasa?
—Mi familia insiste en que debería aceptar cuanto antes.
—La mía también.
—Entonces tenemos algo en común.
No pude evitar una pequeña sonrisa.
—No te acostumbres.
Él también sonrió apenas.
—No pensaba hacerlo.
Caminamos juntos por el pasillo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Hasta que él habló.
—¿Has pensado en lo que te dije sobre mi hermano?
La sonrisa desapareció de mi rostro.
—Sí.
—¿Y?
Lo miré.
—Creo que hay cosas que no me estás contando.
Lucien no pareció ofendido.
—Hay cosas que no puedo contarte.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
Seguimos caminando.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque algunas de las pruebas que vi pertenecían a informes que nunca llegaron al consejo público.
Me detuve.
—¿Informes sobre la muerte de tu hermano?
Lucien asintió.
—Sí.
—¿Y qué decían?
Me miró durante unos segundos.
—Que la versión oficial tenía contradicciones.
Sentí un escalofrío.
La misma palabra.
Contradicciones.
—¿Qué tipo de contradicciones?
Lucien bajó la voz.
—Fechas. Rutas. Testimonios.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Y Terranova aparece en esos informes?
—Sí.
Esperé.
—Pero también aparecen otras cosas.
—¿Qué cosas?
Lucien negó con la cabeza.
—Todavía no puedo decirlo.
—Entonces, ¿por qué me cuentas esto?
Su mirada se quedó fija en la mía.
—Porque quiero que entiendas algo.
Hizo una pausa.
—No estoy intentando culparte.
No supe qué responder.
—Pero tampoco confío completamente en tu reino —continuó.