La Esposa De Mi Enemigo

Capítulo 10

El guardia apenas había terminado de hablar cuando Lucien se dirigió hacia la puerta.

—Llévame hasta allí.

—Alteza, el rey ha solicitado su presencia.

—Entonces dile que tendrá que esperar.

El soldado vaciló.

—Su majestad insistió en que acudiera inmediatamente.

Lucien se detuvo y lo miró con seriedad.

—¿Y mencionó la caja?

El guardia negó con la cabeza.

—No, alteza. Solo me ordenó comunicarle que las noticias eran delicadas.

Lucien permaneció en silencio.

Yo, en cambio, no podía apartar la mirada de él.

Había algo en su reacción que me inquietaba. No era únicamente curiosidad por la caja. Parecía como si temiera que alguien más llegara antes que él.

—Voy contigo —dije.

Lucien giró la cabeza.

—No.

—No te estaba pidiendo permiso.

—Freya, no sabemos qué hay allí.

—Precisamente por eso.

—Es un lugar peligroso.

—¿Y tú crees que por ser mujer no puedo acercarme a una caja?

Su expresión se tensó.

—No he dicho eso.

—Pero lo pensaste.

El guardia miró de uno a otro, incómodo.

Lucien soltó un suspiro.

—No puedes venir.

—Entonces tampoco irás.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy informando de que, si pretendes investigar algo relacionado con Terranova, yo también tengo derecho a estar presente.

Durante unos segundos, ninguno cedió.

Finalmente, Lucien apartó la mirada.

—Necesitaremos caballos.

Sonreí apenas.

—Lo tomaré como un sí.

—No sonrías. Esto no es una victoria.

—No estaba celebrando.

Aunque, en realidad, un poco sí.

Derek se enteró antes de que pudiéramos salir del palacio.

Por supuesto.

Me encontró en el patio, ajustándome la capa, y su expresión dejó claro que no estaba contento.

—No vas a ir.

—Ya me lo han dicho.

—Y deberías escuchar.

—¿Desde cuándo obedecer es tu consejo favorito?

Derek ignoró mi comentario y miró a Lucien, que se encontraba junto a los caballos.

—La ruta no es segura.

—Lo sé —respondió Lucien.

—Entonces no entiendo por qué la llevarás.

—Porque ella decidió venir.

Derek me miró.

—¿Y tú decidiste permitirlo?

—No necesito que nadie me permita hacer nada.

—Freya.

Su tono cambió.

Ya no era el de un hermano molesto, sino el de alguien que tenía miedo.

Me acerqué a él.

—No voy a entrar en una batalla. Solo quiero saber qué encontraron.

—Las cosas nunca empiezan como una batalla.

Sus palabras me hicieron callar.

Derek bajó la voz.

—Si algo sucede, no te separes de mí.

—¿Vienes con nosotros?

—Por supuesto que voy.

Lucien observó la escena sin intervenir.

Derek se volvió hacia él.

—Si mi hermana resulta herida, no me importará que seas el heredero de Silvania.

Lucien sostuvo su mirada.

—Si resulta herida, no tendrás que recordármelo.

Aquella respuesta pareció desconcertar a Derek.

A mí también.

No era una promesa amable.

Era algo más serio.

Y no sabía qué hacer con ello.

El camino hacia el paso de Eren estaba cubierto de barro.

Las lluvias de los últimos días habían dejado la tierra blanda y las ruedas de los carros se hundían con facilidad. Avanzamos durante horas, acompañados por cuatro soldados de Silvania y seis hombres de la guardia de Terranova.

La tensión entre ambos grupos era evidente.

Nadie hablaba demasiado.

Cada vez que un soldado silvaniano se acercaba a uno de Terranova, el otro ajustaba la mano sobre su arma.

La guerra había terminado.

Pero nadie parecía haberle explicado eso a los hombres que seguían vigilándose mutuamente.

Lucien cabalgaba unos metros delante de mí.

No hablaba desde que habíamos abandonado el palacio.

En varias ocasiones quise preguntarle qué esperaba encontrar, pero me contuve.

No quería darle la satisfacción de pensar que me intimidaba su silencio.

Derek cabalgaba a mi lado.

—¿Qué estás pensando? —preguntó.

—En lo poco que sabemos.

—Eso es demasiado amplio.

—En que una caja aparece en el mismo lugar donde desaparecieron unos hombres. En que la muerte del hermano de Lucien podría estar relacionada con ese paso. En que nuestro padre sabía algo.

Derek permaneció serio.

—No sabemos si sabía algo.

—Escribió que no debíamos confiar en la versión oficial.

—Podría haberse referido a otra cosa.

—¿A qué?

No contestó.

Y su silencio fue una respuesta que no me gustó.

Llegamos al paso poco antes del atardecer.

Las montañas se alzaban a ambos lados del camino, oscuras bajo el cielo cubierto. El viento era frío y arrastraba hojas secas por la tierra.

Uno de los soldados nos condujo hasta una zona rocosa, alejada de la ruta principal.

Allí encontramos el caballo.

Tenía una herida en una de las patas y llevaba las riendas rotas. No había señales del jinete.

Lucien desmontó.

Se acercó al animal y examinó la montura.

—Este caballo pertenecía a la caravana —dijo uno de los soldados.

—¿Estás seguro? —preguntó Derek.

—Reconocimos la marca del comerciante.

Lucien se agachó junto a una de las alforjas.

Sacó un pequeño trozo de tela atrapado en una hebilla.

Era azul oscuro.

Lo observó durante unos segundos.

—¿Qué significa? —pregunté.

Lucien me lo entregó.

En la tela había un símbolo bordado con hilo plateado.

Un círculo atravesado por tres líneas.

—Es una insignia militar —dijo Derek.

Lucien negó con la cabeza.

—No pertenece a ningún regimiento oficial de Silvania.

Derek frunció el ceño.

—Tampoco de Terranova.

El viento sopló con fuerza.

Miré el símbolo una vez más.

—Entonces, ¿de quién es?

Lucien cerró la mano sobre la tela.




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