La Esposa De Mi Enemigo

Capítulo 11

Nadie se movió.

Las figuras permanecían entre los árboles, inmóviles, como si estuvieran esperando algo.

O a alguien.

El viento agitaba las ramas sobre nuestras cabezas.

El sonido era tan fuerte que por momentos me costaba distinguir cualquier otro ruido.

Derek mantuvo una mano sobre su espada.

—¿Cuántos son? —susurró.

Uno de los soldados observó la oscuridad.

—No puedo asegurarlo. Al menos tres.

Lucien levantó una mano, ordenando silencio.

Yo seguía sosteniendo los documentos contra mi pecho. El papel se había arrugado entre mis dedos, pero no me atreví a soltarlo.

Gareth Delmont.

El nombre continuaba repitiéndose en mi cabeza.

Mi padre lo había enviado al norte.

Había desaparecido.

Y ahora aparecía en una lista escondida en el paso de Eren, junto a nombres que nadie parecía dispuesto a explicar.

Un caballo relinchó detrás de nosotros.

Las figuras comenzaron a avanzar.

Derek se colocó delante de mí.

—Quédate atrás.

—No me des órdenes.

—Por una vez, hazme caso.

Antes de que pudiera responder, una flecha se clavó en el suelo, a pocos centímetros de los pies de Lucien.

Los soldados levantaron sus armas.

—¡Escudos! —gritó alguien.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Una segunda flecha atravesó el aire. Uno de los hombres de Terranova cayó de rodillas, llevándose una mano al hombro.

Derek corrió hacia él.

Lucien desenvainó la espada y señaló hacia los árboles.

—¡No persigan a nadie! ¡Mantengan la posición!

Pero los atacantes ya se estaban retirando.

Se escucharon pasos apresurados, ramas quebrándose y el ruido de varios caballos alejándose por el camino del norte.

Uno de los soldados silvanianos quiso seguirlos.

Lucien lo detuvo.

—¡He dicho que no!

El hombre se volvió, sorprendido.

—Podemos alcanzarlos.

—Y caer en otra emboscada.

Su voz cortó el aire.

Nadie discutió.

Me arrodillé junto al soldado herido.

La flecha le había atravesado la parte superior del brazo. La sangre empapaba la tela de su uniforme, pero seguía consciente.

—Necesitamos vendarlo —dije.

Uno de los hombres me entregó un paño limpio.

Presioné la herida mientras Derek examinaba la flecha.

—No la saques todavía —le indiqué.

—No pensaba hacerlo.

—Solo me aseguro.

Derek me miró durante un instante.

—Estás temblando.

—Estoy ocupada.

—Freya…

—Derek, estoy bien.

No era completamente cierto.

Mis manos temblaban.

Mi corazón golpeaba con fuerza contra las costillas.

Pero no iba a permitir que el miedo me dejara inmóvil.

Lucien se acercó cuando el soldado estuvo atendido.

Tenía una pequeña cortada en la mejilla.

—¿Estás herida? —preguntó.

—No.

Sus ojos recorrieron mi rostro, como si quisiera comprobarlo por sí mismo.

—¿Y tú? —pregunté.

—No es nada.

—No te pregunté si era grave.

Lucien se tocó la mejilla y observó la sangre en sus dedos.

—Entonces sí. Estoy herido.

Lo miré con irritación.

—No es momento para bromas.

—No estaba bromeando.

Derek se incorporó.

—Tenemos que regresar.

Lucien negó con la cabeza.

—Si volvemos por el mismo camino, podrían estar esperándonos.

—Y si nos quedamos aquí, podrían regresar.

—Nos moveremos hacia el campamento del sur. Hay una antigua torre de vigilancia a menos de una hora.

Derek estudió el paisaje.

—La torre está abandonada.

—Precisamente por eso será más difícil que nos estén esperando allí.

Mi hermano no parecía convencido, pero finalmente asintió.

Yo miré hacia los árboles.

Las figuras habían desaparecido.

Sin embargo, la sensación de que alguien seguía observándonos no desapareció conmigo.

Nos pusimos en marcha cuando cayó la noche.

El soldado herido fue colocado sobre uno de los caballos, y dos hombres lo acompañaron durante el trayecto. La caja quedó asegurada en las alforjas de Lucien.

Los documentos, en cambio, permanecieron conmigo.

No sabía por qué Lucien me había permitido conservarlos.

Quizá porque ya no confiaba en nadie.

O porque sabía que, después de haber visto el nombre de Gareth, yo no iba a entregar aquellas hojas sin exigir respuestas.

Derek cabalgaba a mi lado.

—No deberías haber tomado los documentos.

—¿Preferías que los dejara en el suelo?

—Prefería que no los hubieras encontrado.

—Eso no estaba bajo mi control.

Derek guardó silencio.

Después de un momento, añadió:

—Gareth no era un hombre cualquiera.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

—Era uno de los oficiales en los que nuestro padre más confiaba.

—¿Y eso qué significa?

—Que si estuvo involucrado en algo, no pudo haber sido por accidente.

La respuesta me inquietó.

—¿Crees que traicionó a nuestra familia?

Derek apretó las riendas.

—No lo sé.

—Todos dicen lo mismo.

—Porque no tenemos pruebas suficientes para decir otra cosa.

—Pero tú sabes más de lo que me estás contando.

Derek tardó en responder.

—Durante los últimos meses de la guerra, Gareth recibía órdenes directamente de nuestro padre. A veces desaparecía durante semanas. Cuando regresaba, nunca hablaba de sus misiones.

—¿Y nuestro padre nunca preguntó?

—Seguro que sí.

—¿Y qué ocurrió?

Derek me miró.

—Gareth desapareció antes de que pudiera rendir su último informe.

Sentí un peso en el pecho.

—¿Cuándo?

—Tres días después de la muerte del hermano de Lucien.

El mundo pareció quedarse en silencio.

Miré hacia delante.

Las sombras de los árboles se extendían sobre el camino como dedos largos.

—Eso no me lo habías contado.

—Porque no sabía si era importante.




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