Durante varios segundos, nadie se movió.
La frase seguía suspendida en el aire.
Pregúntale a Freya Bellmont qué escondió su padre.
Sentí que todas las miradas se dirigían hacia mí.
Incluso en la oscuridad, podía percibirlas.
—No sé de qué está hablando —dije.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Derek se volvió hacia mí.
—Freya…
—No sé de qué está hablando —repetí.
Lucien permanecía junto a la puerta, con la espada todavía en la mano. No me miraba con acusación, pero tampoco con la tranquilidad de antes.
La duda había aparecido entre nosotros.
Y era mucho más difícil de soportar que el odio.
—Tenemos que salir de aquí —ordenó Derek.
Uno de los soldados se acercó a la puerta y examinó el exterior desde una pequeña abertura.
—No veo a nadie.
—Eso no significa que se hayan ido —respondió Lucien.
El sobre continuaba en el suelo.
Nadie se atrevía a tocarlo.
Finalmente, Lucien tomó un paño de la mesa y lo utilizó para recogerlo. Lo colocó sobre una superficie de piedra, lejos de la caja y de los documentos.
—No lo abras todavía —dijo Derek.
—No pensaba hacerlo.
Lucien observó el sello.
—Quien lo dejó sabía exactamente dónde estábamos.
—Y sabía que yo estaría aquí —añadí.
Nadie respondió.
Aquello era lo que más me inquietaba.
No habían mencionado a la hija del duque.
No habían dicho simplemente «los Bellmont».
Habían pronunciado mi nombre.
Nos quedamos en la torre hasta que el cielo comenzó a aclararse.
Ninguno volvió a dormir.
Los soldados se turnaron para vigilar el exterior, mientras Derek revisaba las entradas y ventanas.
Lucien permaneció junto a los documentos, repasando cada página con una concentración que parecía rozar la desesperación.
Yo me senté en un banco de madera, con la capa alrededor de los hombros.
Tenía frío.
Pero no era por la temperatura.
—¿Qué escondió tu padre? —preguntó Lucien finalmente.
Levanté la mirada.
—No lo sé.
—¿Nunca te habló de sus misiones durante la guerra?
—Mi padre no hablaba conmigo de asuntos militares.
—¿Ni siquiera después de que terminara la guerra?
—No.
Lucien asintió lentamente.
—¿Y el cuaderno?
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué cuaderno?
—El que estabas leyendo en la biblioteca.
Derek giró la cabeza hacia nosotros.
Había cometido un error.
Uno pequeño, pero suficiente.
Lucien lo había notado.
—Solo era un cuaderno personal —respondí.
—¿De tu padre?
No contesté.
Derek dio un paso adelante.
—Lucien, no tienes derecho a interrogarla.
—No la estoy interrogando.
—Estás buscando una explicación sobre algo que ni siquiera sabemos si es cierto.
Lucien lo miró.
—Alguien acaba de amenazarnos y ha mencionado a su padre. Creo que tenemos derecho a saber si existe alguna conexión.
—Y yo creo que acusar a mi familia sin pruebas no nos llevará a ninguna parte.
—No la he acusado.
—Pero lo estás insinuando.
—¡Basta! —intervine.
Ambos se callaron.
Me puse de pie.
—No voy a permitir que discutan sobre mí como si no estuviera aquí.
Derek bajó la mirada.
Lucien guardó silencio.
Respiré profundamente.
—Mi padre dejó un cuaderno. Encontré una frase que decía que no debíamos confiar en la versión oficial. También encontré la palabra «Eren».
Lucien se quedó inmóvil.
—¿Cuándo lo encontraste?
—Ayer.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Solté una risa amarga.
—¿De verdad necesitas preguntarlo?
Su expresión se endureció.
—Si sabías que podía estar relacionado con la muerte de mi hermano…
—No sabía nada. Tenía una frase incompleta y una palabra escrita en un margen.
—Pero decidiste ocultármelo.
—Porque no confío en ti.
Las palabras quedaron entre nosotros.
Lucien apartó la mirada primero.
—Al menos eres sincera.
—No confundas sinceridad con confianza.
—No lo hago.
Derek me pidió hablar a solas.
Salimos al exterior cuando los soldados confirmaron que el camino estaba despejado. La niebla cubría las rocas y el aire de la mañana era cortante.
Mi hermano se detuvo junto a un árbol.
—¿Por qué no me dijiste lo del cuaderno?
—Porque tú tampoco me contaste todo lo que sabías sobre Gareth.
Derek apretó la mandíbula.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
—Freya, hay cosas que intentaba protegerte de conocer.
—¿Protegerme o mantenerme al margen?
No respondió.
Lo miré fijamente.
—¿Nuestro padre sabía que Gareth estaba relacionado con el paso de Eren?
—No lo sé.
—Derek.
—No lo sé —repitió, esta vez con más fuerza—. Pero recuerdo algo.
Esperé.
—Una noche, poco antes de que Gareth desapareciera, escuché a nuestro padre discutir con él.
—¿Sobre qué?
—No pude escuchar toda la conversación.
Solo una parte.
—¿Qué parte?
Derek miró hacia las montañas.
—Gareth dijo que no podía seguir obedeciendo órdenes que terminarían destruyendo a la familia.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Y nuestro padre qué respondió?
—Que algunas verdades tenían un precio demasiado alto.
Bajé la mirada.
La frase se parecía demasiado a todo lo que había encontrado.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
—Porque al día siguiente Gareth desapareció. Y después nuestro padre murió. No sabía si aquella conversación significaba algo o si solo estaba interpretando recuerdos.
—Pero sabías que había algo extraño.
—Sí.
La sinceridad de su respuesta me dolió más que cualquier mentira.
—Todos sabían algo —murmuré—. Todos menos yo.
Derek se acercó.
—No es cierto.
—Entonces dime la verdad.
—Estoy intentando encontrarla.