El patio quedó sumido en un silencio insoportable.
El capitán de la guardia de Terranova.
El nombre de Gareth Delmont volvió a aparecer en mi mente, aunque el mensajero no lo había pronunciado.
Miré a Derek.
Su rostro había perdido todo rastro de color.
—¿Quién firmó exactamente el informe? —preguntó.
El mensajero sacó un documento doblado y se lo entregó.
Derek lo abrió.
Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez. Después, su expresión cambió.
—Esto no puede ser.
—¿Qué dice? —pregunté.
Derek no respondió.
Le arrebaté el documento antes de que pudiera detenerme.
La primera parte describía el ataque de la noche anterior. Aseguraba que un grupo de soldados de Terranova había provocado un enfrentamiento con los hombres de Silvania y que, durante la confusión, habíamos tomado una caja perteneciente a la corona.
La última línea me hizo apretar los dedos.
Se recomienda considerar la participación de la familia Bellmont en el incidente.
Sentí un frío profundo en el pecho.
—Esto es una acusación —dije.
—Sí —respondió Lucien.
Su voz era tranquila, pero sus ojos estaban fijos en el papel.
—Y está redactada para que parezca un informe militar.
Derek levantó la cabeza.
—El sello es auténtico.
—¿Estás seguro? —pregunté.
—He visto ese sello cientos de veces.
—Entonces alguien dentro de la guardia lo utilizó.
Lucien tomó el documento y lo examinó con cuidado.
—¿Quién tiene acceso a él?
Derek guardó silencio.
—Derek.
Mi hermano se pasó una mano por el rostro.
—El capitán actual. El segundo al mando. Algunos oficiales del consejo militar.
—¿Y el rey? —preguntó Lucien.
—También podría autorizarlo.
—¿Y Gareth?
Derek levantó la mirada.
—Gareth desapareció hace dos años.
—Pero su nombre sigue apareciendo en los documentos que encontramos.
La tensión entre ambos aumentó.
Yo sentía que cada respuesta abría una pregunta todavía más peligrosa.
—Tenemos que hablar con el rey —dije.
Lucien asintió.
—Ahora.
El rey nos recibió en la sala del consejo.
Cuando entramos, ya había varios consejeros reunidos. Algunos se levantaron al vernos; otros permanecieron sentados, observándonos con una atención que no intentaron disimular.
El primer ministro se acercó al mensajero y le quitó el informe de las manos.
Lo leyó.
Después miró a Derek.
—¿Es tu firma?
—No.
—El sello pertenece a la guardia de Terranova.
—El sello puede ser auténtico. La firma no es mía.
El primer ministro frunció el ceño.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero lo insinuó.
El rey levantó una mano.
—Basta.
Todos guardaron silencio.
Su mirada se detuvo en mí.
—Freya, ¿qué ocurrió exactamente en el paso de Eren?
Di un paso adelante.
—Encontramos el caballo de la caravana. Después hallamos una caja escondida entre las rocas. Mientras la revisábamos, fuimos atacados.
—¿Por quién?
—No lo sabemos.
—¿Y la caja?
—Contenía documentos.
—Documentos que ahora están en poder de Silvania —dijo uno de los consejeros.
—No —respondí—. Están en mi poder.
El hombre me miró con desagrado.
—Eso no cambia el hecho de que pertenecen a la corona.
—¿A qué corona?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
El consejero se incorporó.
—Señora, está hablando de documentos encontrados en territorio bajo protección de Terranova.
—Entonces, ¿por qué un informe enviado a Silvania afirma que los robamos?
Nadie contestó.
Lucien dejó el documento sobre la mesa.
—Alguien envió una acusación antes de que la noticia llegara oficialmente a este palacio.
El rey miró al mensajero.
—¿Cuándo fue enviado?
—Durante la madrugada, majestad.
—¿Y quién lo recibió en Silvania?
—El consejo militar, según la información que nos llegó.
Lucien entrecerró los ojos.
—Mi padre no recibió ese informe directamente.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Porque, si lo hubiera recibido, me habría ordenado regresar inmediatamente.
La sala quedó en silencio.
Aquello significaba que alguien había decidido actuar sin informar al rey de Silvania.
O que la noticia todavía no había llegado a él.
Ambas posibilidades eran preocupantes.
—Quiero ver los documentos —dijo el rey.
Apreté los labios.
—No.
El primer ministro abrió los ojos con sorpresa.
—¿Cómo se atreve?
—Me atrevo porque esos documentos podrían estar relacionados con la muerte del hermano de Lucien, con la desaparición de Gareth y con una acusación que acaba de llegar desde Silvania.
—Precisamente por eso deben entregarse.
—¿Para que desaparezcan dentro de un archivo?
Mi voz resonó en la sala.
Derek me miró, pero no me detuvo.
El rey se levantó lentamente.
—Estás acusando a mi consejo de ocultar información.
—Estoy diciendo que no confío en que todos aquí quieran descubrir la verdad.
Uno de los consejeros golpeó la mesa.
—¡Esto es una insolencia!
Lucien intervino antes de que pudiera responder.
—También sería una imprudencia obligarla a entregar documentos sin establecer quién los revisará y cómo se conservarán.
El consejero se volvió hacia él.
—No tiene autoridad en Terranova.
—Pero la acusación también afecta a Silvania.
—Alteza, su presencia aquí es parte de una negociación política.
Lucien dio un paso adelante.
—Y precisamente por eso no permitiré que una falsificación convierta esta negociación en una declaración de guerra.
La palabra cayó sobre la sala como una piedra.
Guerra.
Nadie quería pronunciarla.
Pero todos la estaban pensando.
El rey se quedó mirando a Lucien durante un largo momento.