La Esposa De Mi Enemigo

Capítulo 14

Derek no abrió la puerta.

Los golpes volvieron a escucharse.

Tres veces.

Fuertes.

Impacientes.

—Entregue los documentos, señora Bellmont —repitió la voz del otro lado—. Es una orden del rey.

Derek me miró.

—No abras.

—No pensaba hacerlo.

Se acercó lentamente a la puerta.

—Si realmente vienes de parte del rey, dinos su nombre.

Silencio.

Derek esperó.

—¿Y bien?

Nada.

Entonces escuchamos pasos alejándose.

Derek abrió la puerta de golpe.

El pasillo estaba vacío.

Solo había un pequeño sobre en el suelo.

Mi hermano lo recogió y cerró inmediatamente.

—Otro sobre.

—Ábrelo.

—No.

—Derek.

—Primero debemos asegurarnos de que no tenga nada extraño.

Lo miré.

—¿Desde cuándo sabes tanto de esto?

—Desde que nuestra familia empezó a tener demasiados enemigos.

No respondí.

Derek abrió el sobre con cuidado.

Dentro había una sola hoja.

La leyó.

Después me la entregó.

Solo decía:

«La habitación que tu padre cerró nunca fue registrada.»

Fruncí el ceño.

—¿Qué habitación?

Derek no respondió.

Lo miré.

—Derek.

Él apartó la mirada.

—Hay una habitación en la antigua residencia de nuestro padre.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué habitación?

—Su despacho privado.

—¿Y por qué nunca me hablaste de ella?

—Porque está cerrada desde su muerte.

—¿Con llave?

—Sí.

—¿Quién tiene la llave?

Derek tardó demasiado en contestar.

—Yo.

La antigua residencia de mi padre estaba en el ala oeste del palacio.

Había sido su lugar de trabajo durante años, pero desde su muerte nadie había entrado allí.

La puerta permanecía al final de un corredor poco iluminado.

Cuando llegamos, Derek sacó una llave de su bolsillo.

—¿Por qué la conservaste?

—Nuestro padre me la dio.

—¿Cuándo?

—Unos meses antes de morir.

—¿Y qué te dijo?

Derek observó la puerta.

—Que no la usara a menos que fuera absolutamente necesario.

—Creo que ya llegamos a ese punto.

Introdujo la llave.

El mecanismo hizo un ruido seco.

La puerta se abrió.

Un olor a polvo y madera vieja salió de la habitación.

Entré primero.

Todo estaba exactamente como lo recordaba.

El escritorio.

Los estantes.

El sillón junto a la ventana.

Los mapas de Terranova.

Pero había algo diferente.

Una sensación.

Como si el lugar hubiera estado esperando que regresáramos.

Derek encendió una lámpara.

—No toques nada todavía.

—No pensaba hacerlo.

Caminé lentamente alrededor del escritorio.

Había documentos antiguos, libros y mapas enrollados.

Nada parecía fuera de lugar.

Hasta que vi la pared detrás de la biblioteca.

—Derek.

Mi hermano se acercó.

—¿Qué?

Señalé el suelo.

Había marcas.

Como si una estantería hubiera sido movida recientemente.

Derek puso una mano sobre la madera y empujó.

No se movió.

Volvió a intentarlo.

Esta vez, una parte de la estantería cedió.

Ambos nos quedamos inmóviles.

—Nuestro padre tenía un compartimento secreto —susurré.

Derek abrió el mecanismo oculto.

Detrás había un pequeño espacio.

Vacío.

O casi.

Solo quedaba una caja de madera.

La saqué.

No tenía cerradura.

Dentro encontramos varias cartas.

Las primeras estaban dirigidas a nuestro padre.

No reconocí la letra.

Leí la primera.

«La ruta del norte ya no es segura. Hay hombres que reciben órdenes de alguien que no responde ante la corona.»

Pasé a la siguiente.

«Gareth se niega a continuar. Dice que descubrió quién está detrás de las desapariciones.»

Mi respiración se detuvo.

—Derek…

Él tomó la carta.

La leyó.

—Dios…

Había una tercera.

Esta vez, la fecha coincidía con la semana de la muerte del hermano de Lucien.

La carta era mucho más corta.

«El príncipe no debe llegar a Eren. Si llega, todo quedará expuesto.»

Levanté la mirada.

—Entonces su hermano no murió por casualidad.

Derek negó lentamente.

—No sabemos eso.

—Pero alguien quería impedir que llegara.

—Sí.

Sentí un escalofrío.

—¿Y nuestro padre lo sabía?

Derek observó las cartas.

—Parece que sí.

Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos en el corredor.

Derek cerró la caja.

—Apaga la lámpara.

La habitación quedó a oscuras.

Los pasos se acercaron.

Uno.

Dos.

Tres.

Alguien se detuvo frente a la puerta.

Derek colocó una mano sobre su espada.

Yo sostuve la caja contra mi pecho.

La manija comenzó a moverse.

Pero entonces escuchamos una voz.

—Freya.

Lucien.

Derek abrió.

Lucien entró y cerró detrás de sí.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

Su mirada recorrió la habitación.

—Te estaba buscando.

—¿Por qué?

—Porque acabo de descubrir que alguien entró en la cámara donde estaban los documentos.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué?

Lucien se acercó.

—La puerta estaba cerrada cuando salimos. Ahora está abierta.

—¿Los documentos?

—Siguen allí.

—Entonces, ¿qué buscaban?

Lucien negó con la cabeza.

—No lo sé.

Derek cerró la puerta del despacho.

—Nosotros encontramos algo.

Lucien miró la caja.

—¿Qué es?

Dudé.

Después se la entregué.

—Cartas de nuestro padre.

Lucien abrió la caja y comenzó a leer.

Cuando llegó a la carta que mencionaba a su hermano, su expresión cambió.

No dijo nada.

Simplemente volvió a leerla.

—¿Dónde encontraste esto? —preguntó.

—Aquí.

—¿Tu padre guardaba estos documentos?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.