La Esposa De Mi Enemigo

Capítulo 16

No dormí aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la carta de mi padre sobre la mesa. Sus palabras parecían haberse quedado grabadas en mi mente, repitiéndose con una insistencia que no me permitía descansar.

Si la página desaparece, buscad al hombre que nunca cruzó la frontera.

Un hombre que supuestamente había muerto antes de que terminara la guerra.

Un antiguo consejero militar del rey.

Alguien cuyo nombre no aparecía en la carta, pero que Derek parecía reconocer con demasiada facilidad.

Me levanté antes del amanecer y encendí una vela. El palacio estaba en silencio, aunque ya no confiaba en aquel silencio. Después de lo ocurrido en Eren, después de encontrar documentos ocultos en el despacho de mi padre y descubrir que alguien había intentado recuperar la caja, cada sombra parecía esconder una amenaza.

Me puse un vestido oscuro y recogí mi cabello sin demasiada atención. Antes de salir de la habitación, abrí el pequeño compartimento donde había escondido el cuaderno de mi padre.

Lo saqué.

Pasé las páginas lentamente, buscando cualquier referencia al consejero militar. Había anotaciones sobre rutas, movimientos de tropas, nombres de oficiales y decisiones tomadas durante los últimos meses de la guerra. Algunas frases estaban tachadas.

Otras habían sido escritas con tanta presión que la tinta había traspasado el papel.

Pero no encontré ningún nombre.

Solo una fecha.

La misma semana en la que, según los registros, el consejero había muerto.

Debajo de ella, mi padre había escrito una frase.

Las muertes anunciadas demasiado pronto suelen servir a alguien.

Sentí un escalofrío.

Cerré el cuaderno de golpe.

No sabía si mi padre había escrito aquello pensando en el consejero o en otra persona. Tampoco sabía cuánto había descubierto antes de morir. Pero, por primera vez, tuve la certeza de que sus anotaciones no eran simples sospechas.

Alguien había estado siguiendo un rastro.

Y quizá ese rastro había terminado costándole la vida.

Encontré a Derek en la sala de armas.

Estaba junto a una mesa, revisando un mapa extendido sobre la madera.

Tenía el rostro cansado y una pequeña herida en el nudillo, probablemente de la noche anterior. Al verme, levantó la mirada.

—No deberías estar aquí tan temprano.

—Podría decirte lo mismo.

Derek soltó un suspiro y dobló el mapa.

—No dormiste.

—Tú tampoco.

—No estamos hablando de mí.

Me acerqué a la mesa y apoyé las manos sobre ella.

—Quiero saber el nombre del consejero.

Derek permaneció en silencio.

Aquella pausa fue suficiente para confirmarme que conocía más de lo que había dicho.

—Derek.

—Se llamaba Alistair Veyne.

Pronunció el nombre con cautela, como si incluso decirlo en voz alta pudiera atraer problemas.

—¿Y qué sabes de él?

—Fue consejero militar durante los últimos años de la guerra.

Tenía acceso a los planes de defensa, a los informes de inteligencia y a las órdenes que salían del palacio.

—¿Y murió?

—Eso es lo que se informó.

—No te pregunté qué se informó.

Derek apretó la mandíbula.

—No lo sé, Freya.

—Pero dijiste que todos creen que murió.

—Porque su cuerpo nunca fue encontrado.

La vela que ardía sobre la mesa se movió con una corriente de aire.

—¿Nunca encontraron su cuerpo?

—El carruaje en el que viajaba fue hallado cerca de la frontera occidental. Había restos quemados, documentos destruidos y dos caballos muertos. Se asumió que había sido atacado por soldados enemigos.

—¿Y nadie confirmó que él estaba allí?

—No.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Entonces no murió. Al menos, no hay pruebas de que lo hiciera.

—No he dicho eso.

—Pero lo estás pensando.

Derek apartó la mirada.

—Estoy pensando que durante la guerra hubo demasiadas personas que desaparecieron sin que nadie hiciera las preguntas correctas.

Sus palabras me recordaron a Gareth.

A la caja.

A la página que faltaba.

—¿Qué relación tenía Alistair Veyne con nuestro padre?

Derek tardó unos segundos en responder.

—Al principio, eran aliados. Mi padre confiaba en él. Creía que era uno de los pocos hombres capaces de entender lo que ocurría en las fronteras.

—¿Y después?

—Después dejaron de confiar el uno en el otro.

—¿Por qué?

Derek deslizó los dedos sobre el borde del mapa.

—No lo sé con certeza. Pero escuché discusiones entre ellos. Veyne quería que el ejército tomara ciertas decisiones que nuestro padre consideraba demasiado arriesgadas.

—¿Decisiones relacionadas con Eren?

Derek levantó los ojos hacia mí.

No respondió.

Y aquella falta de respuesta fue más clara que cualquier confesión.

—Derek…

—No sabemos si Eren estaba relacionado con él.

—Mi padre escribió que el príncipe no debía llegar allí. Gareth desapareció. El hermano de Lucien murió. Y ahora encontramos una lista de nombres vinculada con esa zona. ¿Cuántas coincidencias más necesitamos?

—Las suficientes para no acusar a alguien sin pruebas.

—¿Y mientras tanto qué hacemos? ¿Esperamos a que otra persona intente matarnos?

Derek se quedó callado.

No me gustaba verlo así. Siempre había sido el más firme de los dos, el que encontraba una solución incluso cuando no existía ninguna. Pero aquella mañana parecía cargar con un peso que no sabía cómo compartir.

—Hay algo más —dijo finalmente.

—¿Qué?

—Antes de desaparecer, Veyne solicitó acceso a los archivos de las rutas del norte.

—¿Cuándo?

—Unos días antes de la muerte del hermano de Lucien.

El aire pareció volverse más frío.

—¿Y mi padre lo sabía?

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—Freya, en aquella época yo no tenía acceso a todas las decisiones del consejo. Era demasiado joven y estaba entrenándome con la guardia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.