La Esposa De Mi Enemigo

Capítulo 17

Durante varios segundos, nadie dijo nada.

El nombre de Alistair Veyne permanecía frente a mí, escrito con una caligrafía firme y oscura. La tinta parecía reciente, aunque el papel tenía los bordes amarillentos y una pequeña mancha de humedad en una esquina.

Lo releí una vez más.

Después, levanté la mirada hacia Derek.

—¿Quién dejó esto?

—No lo sé.

—¿Y cómo llegó hasta el archivo?

—Lo encontraron debajo de una puerta.

—¿Qué puerta?

Derek intercambió una mirada con Lucien antes de responder.

—La sala donde se guardaban los informes de inteligencia de la guerra.

Sentí que mis dedos se cerraban alrededor del papel.

—Pensé que esa sala estaba sellada.

—Lo estaba.

—Entonces alguien la abrió.

—Sí.

Lucien se acercó y observó la nota sin tocarla.

—¿Había señales de que alguien buscara algo?

—Los estantes estaban desordenados. Varias cajas fueron movidas, pero no encontramos documentos fuera de su lugar.

—Eso no significa que no hayan robado nada —dijo Lucien.

Derek asintió.

—Por eso necesitamos revisar el inventario antiguo.

—¿Y quién tiene la llave? —pregunté.

—El capitán Armand.

La respuesta me produjo una sensación desagradable.

—Por supuesto.

Lucien me miró.

—No sabemos si él está involucrado.

—Tampoco sabemos si no lo está.

—Lo sé.

Su respuesta fue tranquila, pero no sonó a reproche.

Eso me desconcertó más de lo que debería.

Esperaba que defendiera a los suyos. Que me recordara que Armand era un oficial de Terranova y que yo no tenía pruebas para acusarlo. En cambio, solo aceptó la incertidumbre.

Derek dobló el papel y lo guardó dentro de su chaqueta.

—Tenemos que entrar en el archivo antes de que alguien sepa que encontramos la nota.

—¿No sería mejor informar al rey? —preguntó Lucien.

—Si quien está detrás de esto tiene acceso a los pasillos y a las órdenes de la guardia, informar al rey podría significar avisar también a la persona equivocada.

El silencio que siguió fue suficiente para que todos comprendiéramos la gravedad de sus palabras.

No confiábamos en el palacio.

No completamente.

Y aquella era una verdad mucho más peligrosa que cualquier enemigo al otro lado de la frontera.

El ala antigua se encontraba en la parte más olvidada del palacio.

Había sido construida mucho antes de que mi familia ocupara el ducado y apenas se utilizaba desde el final de la guerra. Las paredes estaban cubiertas de manchas de humedad, las ventanas dejaban entrar corrientes de aire y los candelabros se encendían únicamente cuando algún funcionario necesitaba consultar documentos antiguos.

Derek caminaba delante de nosotros con una lámpara en la mano.

Lucien iba a mi lado, atento a cada sonido.

Yo intentaba no pensar en que, si alguien nos observaba, los tres estábamos haciendo exactamente aquello que nos habían ordenado evitar: investigar por nuestra cuenta.

—¿Cuánto tiempo lleva cerrada esta zona? —preguntó Lucien.

—Desde que terminó la guerra —respondió Derek—. La mayoría de los archivos fueron trasladados a las salas nuevas.

—¿La mayoría?

—Los documentos más delicados permanecieron aquí.

—¿Por qué?

Derek se detuvo frente a una puerta de madera oscura.

—Porque algunas cosas era mejor que no estuvieran al alcance de todos.

Introdujo una llave en la cerradura.

La puerta se abrió con un chirrido largo.

El olor del interior me golpeó de inmediato: polvo, papel viejo y humedad. Había estanterías altas a ambos lados de la sala, cubiertas con cajas y carpetas. Algunas llevaban sellos de la corona. Otras no tenían ninguna identificación.

La luz de la lámpara apenas alcanzaba las esquinas.

—¿Qué buscamos? —pregunté.

—Informes sobre las rutas del norte, órdenes militares de los últimos meses de la guerra y cualquier documento relacionado con Veyne —dijo Derek.

—Eso podría llevarnos horas.

—Entonces será mejor que no perdamos tiempo.

Nos dividimos.

Derek comenzó a revisar los estantes cercanos a la entrada. Lucien se dirigió hacia una mesa cubierta de documentos, mientras yo avancé hasta la sección marcada con una placa de metal:

Consejo Militar.

Pasé los dedos por los lomos de varias carpetas.

Año de la primera ofensiva.

Movimientos de tropas.

Suministros.

Rutas fronterizas.

Me detuve al encontrar una caja con el sello de mi padre.

La saqué con cuidado.

No estaba cerrada con llave, pero tenía una cuerda atada alrededor y una fecha escrita en la tapa.

La fecha correspondía a tres semanas antes de la muerte del hermano de Lucien.

Miré hacia él.

Lucien se encontraba de espaldas, leyendo un informe. Su rostro se endureció cuando vio la caja en mis manos.

—¿Qué encontraste? —preguntó.

—Todavía no lo sé.

La llevé hasta la mesa y retiré la cuerda.

Dentro había mapas doblados, informes de patrullas y varias cartas sin abrir. En la parte superior encontré un documento firmado por un oficial cuyo nombre no reconocí.

Lo leí en voz baja.

—«Se recomienda modificar la ruta de la comitiva real para evitar el paso de Eren».

Lucien dejó el documento que tenía en las manos.

—¿Qué fecha?

Se la mostré.

Sus ojos recorrieron las líneas rápidamente.

—Esto fue escrito cuatro días antes de la muerte de mi hermano.

—¿Quién lo firmó?

Lucien tomó el papel y observó la firma.

—No lo conozco.

Derek se acercó y lo examinó por encima de nuestro hombro.

—Es un oficial de logística. Trabajaba con los convoyes de suministros.

—¿Y por qué un oficial de logística recomendaría cambiar la ruta de una comitiva real? —pregunté.

Derek frunció el ceño.

—Porque quizá tenía información sobre el movimiento de tropas.




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