La esposa de mi peor enemigo

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Capítulo 1. El hombre al que vino a acusar

—¡Usted mató a mi esposo!

Rodolfo dejó de leer.

La mujer que acababa de irrumpir en su despacho tenía los ojos enrojecidos, el cabello recogido de cualquier manera y un bolso apretado contra el pecho. Vestía de negro, aunque todavía no había podido enterrar al hombre por cuya muerte lo estaba acusando.

—¿Puede repetir lo que acaba de decir? —preguntó él.

—No se haga el sorprendido. Usted y mi esposo eran enemigos. Llevaban años enfrentados. Ahora él está muerto y usted sigue aquí, como si nada hubiera ocurrido.

Rodolfo cerró la carpeta que tenía delante.

—¿Quién es usted?

—La esposa del hombre al que usted quería destruir.

Él la observó unos segundos. Reconocía el apellido, desde luego. También conocía las disputas empresariales, las amenazas y las demandas que habían convertido a su marido en uno de sus peores enemigos. Pero nunca había tenido una conversación con ella.

—Lamento su pérdida.

—No necesito sus condolencias.

—No se las estoy ofreciendo para que me perdone.

—¡Entonces dígame qué hizo!

La voz de la mujer se quebró al final. Había ensayado aquella confrontación durante las últimas horas, imaginando respuestas, preparando preguntas, prometiéndose que no lloraría delante de aquel hombre. Sin embargo, bastó con tenerlo enfrente para sentir que perdía el control.

Rodolfo se levantó.

—Siéntese.

—No voy a sentarme.

—Como quiera. Pero escúcheme: yo no mandé matar a su esposo.

—Usted tenía motivos.

—Tener motivos para odiar a alguien no significa haberlo asesinado.

—Mi esposo recibió amenazas. Usted sabe muy bien quiénes se enfrentaban a él.

—También sé que no era un hombre que se llevara bien con todo el mundo.

Ella frunció el ceño.

—¿Está intentando decirme que se lo buscó?

—Estoy diciendo que quizá debería investigar antes de señalar a un culpable.

—Ya fui a la policía. ¿Sabe qué me dijeron? Que fue un accidente de tránsito. Que no hay testigos, que nadie vio el vehículo y que no tienen pruebas para hablar de un asesinato.

—¿Dónde ocurrió?

—En una carretera fuera de la ciudad. Mi esposo regresaba de una de sus propiedades cuando lo atropellaron. El conductor huyó y lo dejaron allí.

La mujer tragó saliva.

—Ni siquiera sé cuánto tiempo estuvo tirado en esa carretera.

Rodolfo guardó silencio.

—Dos días —añadió ella—. Llevo dos días esperando que me entreguen su cuerpo. La policía dice que deben terminar los procedimientos. Y mientras tanto, yo estoy aquí, sin poder enterrarlo, sin saber quién lo mató y sin que nadie me dé una respuesta.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Y usted cree que yo tengo esa respuesta?

—Creo que podría tenerla.

Rodolfo apartó la mirada.

Hacía apenas una semana había estado frente al ataúd de su esposa. Todavía recordaba el peso de aquella última despedida, las manos que lo sujetaban para que pudiera mantenerse de pie y las palabras de consuelo que apenas había conseguido escuchar.

No le deseaba ese dolor a nadie.

Ni siquiera al hombre que había sido su enemigo.

—Yo también enterré a mi esposa hace una semana —dijo.

La mujer se quedó inmóvil.

—No lo sabía.

—No tenía por qué saberlo.

—Pero...

—Mi esposa murió en un atentado.

El silencio que siguió fue distinto. La mujer dejó de apretar el bolso por un instante.

—¿Un atentado?

—Unos hombres intentaron matarme. Ella estaba conmigo. Las balas que iban dirigidas a mí terminaron con su vida.

La mujer lo miró con incredulidad.

—¿Quién hizo eso?

—No lo sé.

—¿Y la policía?

—Investiga.

—¿Cree que fue alguien relacionado con los negocios?

Rodolfo volvió a sentarse.

—No voy a especular. Ya he pasado demasiadas noches preguntándome quién pudo hacer algo así.

Ella bajó los ojos. No había esperado escuchar aquella historia. Mucho menos encontrar a un hombre que acababa de sufrir una pérdida semejante.

Pero su dolor no borraba sus sospechas.

—Mi esposo decía que usted era capaz de cualquier cosa —murmuró.

Rodolfo levantó la mirada.

—Su esposo y yo tuvimos una enemistad. No voy a negarlo. Pero no voy a utilizar esta conversación para hablar mal de un hombre que acaba de morir.

—¿Eso es todo? ¿No va a defenderse?

—Ya le dije que no lo mandé matar.

—No le creo.

—Está en su derecho.

La respuesta la desconcertó. Esperaba que él se enfureciera, que la echara de su oficina o que intentara intimidarla. En cambio, parecía aceptar que ella desconfiara de él.

—No voy a quedarme de brazos cruzados —advirtió—. Voy a descubrir quién hizo esto.

—Me parece bien.

—Y si encuentro pruebas contra usted, no voy a tener consideración.

—No se la estoy pidiendo.

Rodolfo tomó un pañuelo del cajón y lo dejó sobre el escritorio.

—Pero permítame darle un consejo: no se limite a investigarme a mí. Averigüe quién era realmente su esposo y con quiénes tenía problemas.

Ella lo miró con dureza.

—Yo sé quién era mi marido.

—Entonces no tendrá nada que temer de una investigación.

La mujer no respondió.

Aquella frase le había molestado más de lo que quería admitir. Durante su matrimonio, nunca había sentido la necesidad de investigar a su esposo. Él se ocupaba de los negocios, de las cuentas y de las decisiones importantes. Ella confiaba en que todo estaba bajo control.

Ahora ni siquiera sabía por dónde comenzar.

Rodolfo pareció advertir su desconcierto.

—¿Tiene a alguien que la ayude con los asuntos de la empresa?

—¿Qué tiene que ver eso?

—Me acaba de decir que su esposo está muerto y que usted no sabe quién lo mató. Imagino que también tendrá que ocuparse de lo que dejó pendiente.

—La empresa está a mi nombre ahora. O, al menos, eso me han dicho. Pero no sé cómo funciona.




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