Los palacios también podían pudrirse, no era una podredumbre visible. Las columnas seguían erguidas, los vitrales continuaban derramando manchas de luz sobre los pisos de mármol y las lámparas de cristal seguían brillando cada noche como si el esplendor fuera eterno.
Pero la corrupción nunca comenzaba por las paredes, comenzaba por quienes las habitaban.
El reino de Valdoren llamaba a Ventor la joya de la corona. La ciudad donde los grandes linajes levantaban mansiones más altas que las catedrales y donde la nobleza sonreía durante los bailes mientras afilaba cuchillos bajo la mesa.
Entre aquellas familias se encontraba la Casa Arlen.
Mi hogar.
O, al menos, el lugar donde aprendí que ambas palabras no significaban lo mismo.
Mi padre, el vizconde de Arlen, era un hombre que veneraba tres cosas por encima de cualquier virtud: el dinero, el prestigio y la opinión de los demás. Gastaba fortunas para aparentar una riqueza todavía mayor y era capaz de vender hasta el último vestigio de dignidad con tal de conservar una sonrisa frente a la corte.
Durante años intenté convertirme en la hija que él pudiera amar.
Aprendí a caminar sin hacer ruido.
A hablar únicamente cuando me lo permitían.
A bajar la cabeza antes de que alguien ordenara hacerlo.
A sonreír incluso cuando el orgullo me sangraba por dentro.
Descubrí demasiado tarde que existen personas para quienes ningún esfuerzo es suficiente.
Mi padre nunca buscó una hija, buscó un reflejo de sí mismo y yo jamás fui ese reflejo.
Cuando mi madre murió, el invierno pareció instalarse definitivamente entre aquellos muros.
Tenía apenas doce años.
Todavía recuerdo el perfume de lavanda que impregnaba sus vestidos y el calor de sus manos cuando acomodaba mi cabello antes de dormir. Con ella desapareció la única voz capaz de convertir aquella inmensa mansión en un hogar.
Un año después, mi padre anunció un nuevo matrimonio, no esperó a que terminara el duelo, quizá porque nunca llegó a sentirlo.
La nueva vizcondesa cruzó el umbral de la Casa Arlen envuelta en sedas color esmeralda y una sonrisa tan impecable que cualquiera habría jurado contemplar a una santa.
Ofelia.
Así se llamaba la mujer que el reino aprendió a admirar.
Yo aprendí algo distinto, algunas serpientes saben caminar erguidas.
Trajo consigo a su hija, Sofía.
Una niña de cabellos dorados, mejillas sonrosadas y una dulzura tan perfectamente ensayada que hasta los sacerdotes la bendecían al verla pasar.
Los rumores aseguraban que era un ángel.
Yo convivía con el demonio.
Con el paso de los años, la pequeña princesa de la Casa Arlen floreció hasta convertirse en la joya de Ventor. Los nobles suspiraban al verla entrar en un salón. Las damas la tomaban como ejemplo de virtud. Los poetas escribían versos sobre su belleza.
Nadie sospechaba que la muchacha capaz de ofrecer pan a los huérfanos durante el día era la misma que sonreía mientras destruía la vida de otra mujer por las noches.
Porque Sofía nunca necesitó levantar una mano para herirme.
Le bastaba una mentira, una lágrima fingida, un suspiro bien colocado.
Y el reino entero terminaba señalándome como culpable.
Decían que era orgullosa, que era envidiosa.
Que había heredado la crueldad de mi difunta madre, hubo quien juró haberme visto practicar hechicería bajo la luz de la luna.
Otros aseguraban que traía desgracia a todo aquel que se acercara demasiado a mí.
Los rumores crecían como la humedad entre las paredes de la mansión: silenciosos, inevitables y capaces de devorar cuanto tocaban.
Con el tiempo dejaron de ser rumores y se convirtieron en mi nombre.
Mientras Sofía era presentada como la futura heredera de la Casa Arlen, la hija perfecta, la flor más hermosa de Ventor...
Yo era apenas la sombra que caminaba detrás de ella.
La hija del primer matrimonio.
La que sobrevivió cuando su madre murió.
La que nunca parecía encajar.
La vergüenza del vizconde.
Y comprendí, mucho antes de conocer al conde de Ballestas, que las peores guerras no siempre se libraban en los campos cubiertos de sangre.
Algunas comenzaban en la mesa familiar.
Y ninguna dejaba sobrevivientes, sin embargo, durante unas semanas pude respirar.
Los rumores dejaron de perseguirme por los corredores de Ventor para encontrar una presa mucho más interesante.
El conde de Ballestas.
Su nombre viajaba de salón en salón con la velocidad de una epidemia. Bastaba pronunciarlo para que las conversaciones se apagaran y los nobles bajaran la voz, como si aquel hombre pudiera escuchar los murmullos desde cualquier rincón del reino.
Aquella mañana, incluso en la mesa del desayuno, solo existía un tema.
—Vaya desgracia... ¿Quién demonios es ese tal conde de Ballestas? —gruñó mi padre, dejando caer la taza de porcelana sobre el mantel con un golpe seco.
La vizcondesa Ofelia hizo girar lentamente la cucharilla dentro de su taza. El tintineo del metal contra la porcelana era tan frío como la expresión que cruzó su rostro.
—El rey ha recompensado demasiado bien a ese salvaje.
Mi padre soltó una risa amarga.
—Demasiado bien, dices... Le entregó el antiguo ducado de Basterof, las fortalezas del este y media fortuna de la Corona. Todo por una guerra.
—Todo por una victoria —corrigió Ofelia con evidente fastidio—. Mientras otros llevamos años sirviendo al reino sin recibir más que promesas.
No era difícil comprender el origen de su amargura.
Desde hacía meses, los nobles de menor rango soñaban con repartirse aquellas tierras. Vizcondes, barones e incluso algunos condes habían enviado cartas al rey ofreciendo lealtad a cambio de un título mayor.
Todos regresaron con las manos vacías.
El premio terminó en las del hombre al que llamaban la Peste de Ventor.
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Editado: 01.07.2026