La esposa del conde

Mala reputación

No importaba cuántas veces intentara fundirse entre la multitud, siempre ocurría lo mismo, las miradas la encontraban, como si su desgracia desprendiera un aroma imposible de ignorar.

Quizá ya debería estar acostumbrada. Después de todo, llevaba años siendo la villana favorita de Ventor. Sin embargo, había días —como aquel— en los que deseaba con toda su alma caminar por aquellas calles siendo únicamente Eleonor.

No la ramera, no la tentación, no el monstruo del que todas hablaban.

Solo Eleonor.

Mientras avanzaba por las antiguas calles empedradas de la capital, el murmullo de la ciudad parecía seguir el compás de sus pasos. Las ruedas de los carruajes rechinaban sobre la piedra húmeda, el humo de las chimeneas se mezclaba con el aroma tibio del pan recién horneado y el perfume especiado de los puestos ambulantes, pero por encima de todo se alzaban los cuchicheos.

Siempre los cuchicheos, unas voces apenas audibles, otras deliberadamente altas.

—Es ella...

—La hija mayor de los Arlen.

—La prostituta de Ventor.

Las palabras se clavaban como pequeñas agujas bajo su piel, aun así, ninguno de aquellos labios venenosos podía negar lo evidente, Eleonor poseía una belleza capaz de detener conversaciones y provocar silencios incómodos.

Su larga cabellera castaña descendía en suaves ondas hasta rozar la curva de su cintura, reflejando destellos cobrizos cuando el sol conseguía atravesar las nubes grises que cubrían Valdoren. Sus pestañas espesas enmarcaban unos ojos almendrados de expresión serena, demasiado nobles para una mujer a quien el mundo había condenado sin juicio alguno. Sus labios, suaves y rojizos como la piel de una manzana madura, rara vez conocían una sonrisa completa.

Vestía con modestia, demasiada para una dama de su apellido.

La tela oscura de su vestido ocultaba una figura armoniosa que, incluso sin proponérselo, parecía moverse con una elegancia casi hipnótica. Su cintura estrecha acentuaba la amplitud de sus caderas y cada paso parecía deslizarse con una gracia natural que muchas mujeres practicaban durante años sin conseguir imitar.

Quizá era precisamente aquello lo que más odiaban, porque la belleza de Eleonor no suplicaba atención, simplemente la robaba y en la alta sociedad no existía pecado más imperdonable que eclipsar a otra mujer.

Las damas aseguraban que había seducido a medio reino, que destruía compromisos con una sola sonrisa y que ningún noble permanecía fiel después de cruzarse con ella. Historias inventadas durante interminables reuniones de té, adornadas con falsas lágrimas y sonrisas hipócritas.

Mentiras, todas nacidas de la misma lengua.

Sofía.

El brillante sol de la familia Arlen, la hija perfecta, la joven virtuosa, la favorita de todos.

Nadie sospechaba que detrás de aquella sonrisa angelical habitaba un corazón alimentado por la envidia. Desde niñas había soportado que los elogios dedicados a Eleonor fueran más sinceros que los suyos. Así que aprendió algo mucho más eficaz que competir.

Aprendió a destruir y lo hizo tan bien que convirtió a su propia hermana en el monstruo favorito de Valdoren.

Una mujer a la que todos despreciaban sin molestarse en conocer, Eleonor desvió la mirada, incapaz de soportar otra lluvia de susurros, sin pensar demasiado, empujó la primera puerta que encontró abierta.

Una delicada campanilla tintineó sobre su cabeza, el bullicio de la calle quedó atrás.

El silencio del establecimiento la envolvió de inmediato, tardó apenas unos segundos en comprender dónde había entrado.

Aquello no era una tienda cualquiera, era uno de los salones de moda más exclusivos de la capital.

El aire olía a lavanda, madera de cedro y perfumes exóticos. Candelabros de cristal proyectaban destellos dorados sobre enormes espejos con marcos labrados en oro. Maniquíes vestidos con sedas, terciopelos y encajes parecían custodiar el lugar como silenciosas damas de otro mundo.

Los colores la dejaron sin aliento, rubí, esmeralda, zafiro y marfil.

Ninguno poseía la tristeza apagada del vestido que ella llevaba puesto, aquellas prendas parecían hechas para mujeres destinadas a ser admiradas, las mismas que siempre la despreciaban.

Con una mezcla de curiosidad y nostalgia, recorrió lentamente los estantes, permitiendo que la yema de sus dedos rozara apenas la suavidad de las telas.

Nunca había visto tanta belleza reunida en un solo lugar.

—Disculpe, madam...

La voz surgió detrás de ella con la frialdad de una hoja recién afilada.

—...no creo que este lugar sea apropiado para usted.

Eleonor giró sobresaltada.

Frente a ella permanecía una mujer de edad madura, impecablemente vestida, cuya expresión dejaba claro que ya había emitido un juicio antes siquiera de dirigirle la palabra.

—Solo estaba mirando —respondió con educación.

La comerciante soltó una sonrisa que jamás alcanzó sus ojos.

—Entonces debe de haberse equivocado de tienda. La de ropa usada queda unas calles más abajo... o quizá buscaba a la remendadora. Aquí confeccionamos vestidos para damas distinguidas.

Su mirada descendió lentamente hasta el gastado vestido de Eleonor.

—No atendemos a muchachas de... su clase.

El calor le subió hasta las mejillas.

Sintió los puños cerrarse por sí solos.

Durante un instante imaginó estampar aquella sonrisa arrogante contra el reluciente mostrador.

Pero esa tarde vería a Octavio y no permitiría que una desconocida arruinara la única ilusión que le quedaba.

Respiró hondo, tan profundo que casi se acaba el aire de ese lugar.

—Tengo dinero suficiente para comprar un vestido digno —dijo con firmeza—. Así que le agradecería que me permitiera elegir uno. ¿O esa es la forma en que trata a todos sus clientes?

La mujer soltó una breve carcajada.

—Los clientes no necesitan anunciar que tienen dinero.

Volvió a examinarla de arriba abajo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.