La esposa del conde

Un amor imposible

Octavio lo era todo para mí.

Era la única llama capaz de abrirse paso entre la oscuridad que había aprendido a llamar hogar. En sus brazos el mundo dejaba de doler; encontraba una fortaleza donde ninguna flecha envenenada podía alcanzarme. Bastaba el calor de su pecho, el perfume amaderado que impregnaba su ropa y el latido sereno de su corazón para convencerme, aunque fuera por unos instantes, de que todavía existía un lugar para mí en este mundo.

Mi mayor anhelo era sencillo y, al mismo tiempo, imposible: caminar a su lado bajo la luz del día, tomar su mano sin miedo, escuchar que nuestro amor fuera proclamado a los cuatro vientos. Soñaba con que su nombre y el mío dejaran de esconderse entre susurros.

Pero los sueños también se sentían como cadenas.

Cuando aquellos escasos momentos robados al destino llegaban a su fin, la realidad descendía sobre mí como un manto de ceniza. Me tocaba verlo alejarse... transformarse otra vez en el impecable heredero del ducado de Argen.

Octavio Valmon.

Tan apuesto que parecía esculpido por los propios ángeles. Sus ojos color aceituna guardaban la calma de los bosques frondosos, mientras su cabello castaño, siempre perfectamente peinado, delataba la noble sangre de los Valmon. Caminaba con esa elegancia natural que solo poseen los hombres nacidos para gobernar, y bastaba su presencia para que el murmullo de los salones cambiara de dirección.

Las damas reían con una dulzura ensayada. Sus abanicos ocultaban mejillas encendidas mientras buscaban desesperadamente una de sus sonrisas, un roce casual, una mirada que pudieran conservar como un tesoro.

Y él sonreía.

Porque debía hacerlo.

Las saludaba con la cortesía propia de un caballero, inclinaba apenas la cabeza y pronunciaba palabras amables que atravesaban mi pecho como agujas de hielo.

Ellas ignoraban la verdad.

No sabían que ese hombre ya pertenecía a alguien.

Que, cuando el mundo cerraba los ojos, era a mí a quien abrazaba.

Que aquellas manos que ahora besaban con delicadeza los guantes de una dama eran las mismas que horas antes habían secado mis lágrimas.

Que él me amaba.

Y, sin embargo, debía permanecer inmóvil, contemplando desde la distancia cómo el hombre de mi vida interpretaba el papel de un codiciado soltero ante toda la alta sociedad.

Aquella era la rutina de Eleonor.

Un puñado de instantes de felicidad, seguidos por interminables horas de silencio y resignación. Cada despedida hacía que el secreto pesara un poco más sobre sus hombros.

Pero... ¿qué otra cosa podía esperar?

Era la mujer más despreciada de todo Ventor.

Su nombre viajaba de boca en boca acompañado de rumores, desprecio y falsas historias. La sociedad ya la había condenado mucho antes de escuchar su versión.

Regresó a la mansión cuando el crepúsculo teñía de sangre los ventanales. El vestido que llevaba horas atrás había desaparecido, sustituido por una sencilla bata, y Octavio ya no caminaba junto a ella.

Solo quedaba el vacío.

La casa tampoco la recibía con calidez.

Las criadas apenas fingían respeto. El desayuno jamás aparecía a su hora; el té llegaba frío cuando llegaba. Sus vestidos, cuidadosamente confeccionados, regresaban del lavadero con manchas imposibles de sacar o delicados desgarrones que nadie se molestaba en explicar. Sus joyas desaparecían durante días. Su habitación permanecía sin ventilar.

No eran descuidos.

Era crueldad.

La odiaban.

Como la odiaban todos bajo aquel techo.

Con el cuerpo agotado y el alma todavía más exhausta, Eleonor avanzó por el largo corredor. Las sombras de la tarde reptaban por las paredes como dedos negros, y el silencio de la mansión resultaba más opresivo que cualquier grito.

Solo quería encerrarse en su habitación y llorar en la intimidad de la noche.

Pero, al abrir la puerta, comprendió que el destino aún no había terminado con ella.

Sofía la esperaba.

De pie, inmóvil en medio de la habitación, como si llevara horas aguardando aquel preciso instante.

Sofía giró lentamente sobre sus talones. Sus manos permanecían entrelazadas frente al pecho, como si posara para un cuadro de alguna santa inmaculada. Una sonrisa luminosa, tan perfecta como falsa, curvó sus labios mientras la luz de la ventana acariciaba su rostro, dándole una apariencia casi angelical.

—¿Qué haces en mi habitación? —preguntó Eleonor, frunciendo el ceño con tanta fuerza que el pequeño rasguño sobre su mejilla pareció arder otra vez.

Sofía dejó que sus ojos recorrieran a Eleonor de pies a cabeza con una lentitud insultante. Saboreó el silencio antes de hablar.

—¿Tuviste un mal día...? ¿O esa cara tan fea ya es permanente?

Cada palabra llevaba escondida una aguja.

Ella conocía perfectamente la respuesta. Después de todo, había sido quien envió a sus amigas a humillarla. Al descubrir el fino arañazo que cruzaba el rostro de Eleonor, una oleada de satisfacción le iluminó la mirada. Su sonrisa se ensanchó apenas un poco más, como un depredador que contempla la sangre de una presa herida.

Con pasos suaves comenzó a rodearla. Caminaba despacio, elegante, silenciosa... igual que un gato que juega antes de dar el zarpazo.

—Ni las gatas callejeras se despedazan a plena luz del día —murmuró con una risa baja y venenosa—. Dime... ¿intentaste robarle el novio a otra chica? Porque, si fue así, debo admitir que te dejaron un bonito recuerdo.

Soltó una carcajada breve, cristalina y cruel.

—Ay, hermanita... eres un desastre.

El aire de la habitación pareció volverse más difícil de respirar.

Eleonor retrocedió un paso para recuperar espacio entre ambas. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso como la cuerda de un arco a punto de romperse.

—Fuera de mi habitación. No tienes permitido entrar aquí.

Sofía arqueó una ceja con insolencia.

—Esta es mi casa. Camino por donde se me da la gana.




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