La esposa del conde

Juegos sucios

La mañana había despertado gris sobre la mansión Arlen, envuelta en un frío tan penetrante que parecía deslizarse entre las piedras del castillo como un espectro silencioso. Para Eleonor, sin embargo, aquel no era un día distinto de los cientos que habían desfilado ante sus ojos desde que aprendió que en aquella casa su apellido no significaba nada.

Con las mangas remangadas hasta los codos, hundía las manos en un barreño de agua tan helada que cada contacto le arrancaba un leve estremecimiento. Sus dedos, enrojecidos y entumidos por el frío, restregaban las prendas una y otra vez hasta que el jabón desaparecía entre la espuma. El agua mordía su piel con la crueldad de diminutas agujas de hielo, entumeciendo sus manos hasta hacerle perder la sensibilidad. Aun así, jamás se permitía detenerse.

Después venían los interminables corredores de la residencia.

Los pisos de mármol devolvían el eco de la escoba mientras ella barría hasta el último rincón, levantando remolinos de polvo que bailaban bajo los haces de luz que se filtraban por los altos ventanales. Sacudía cortinas, pulía barandales, limpiaba ventanales y abrillantaba muebles cuya madera costaba más de lo que ella habría podido imaginar ganar en toda una vida.

Cuando terminaba, el aroma del pan recién horneado y de los guisos preparados para la familia llegaba desde las cocinas como una cruel provocación. Nadie le servía un plato.

Eleonor cocinaba para sí misma.

Solo así podía permitirse comer un alimento caliente antes de que el frío lo reclamara también.

Era la única concesión que aquella casa le otorgaba.

Porque para Ofelia, la esposa del vizconde Cornelio de Arlen, no bastaba con relegarla a las labores de una sirvienta.

Era necesario recordarle todos los días cuál era su lugar.

No importaba que Eleonor hubiera nacido antes que Sofía.

No importaba que fuera la hija primogénita del vizconde.

No importaba que, por derecho de sangre, aquella mansión también le perteneciera.

Nada de eso tenía peso frente al desprecio de su familia.

Y Ofelia se aseguraba de abrir esa herida una y otra vez, con palabras suaves como terciopelo y afiladas como cuchillas.

Cada orden.

Cada castigo.

Cada comida negada.

Cada vestido remendado.

Todo era un recordatorio de que, para su propio padre, jamás ocuparía el lugar que pertenecía únicamente a Sofía.

La adorada.

La intocable.

La joya de la Casa Arlen.

En todo el ducado de Ventor no existía doncella más celebrada que Sofía. Los jóvenes nobles suspiraban por una sola sonrisa suya; los trovadores componían versos sobre la perfección de sus ojos y hasta en la corte se murmuraba que el príncipe heredero encontraba cualquier excusa para buscar su compañía.

Su reputación era inmaculada.

Su educación, impecable.

Su futuro parecía escrito con tinta de oro.

Y, sin embargo...

Había algo que ninguna riqueza, ningún vestido de seda ni todas las joyas del reino podían comprar.

La belleza de Eleonor.

Era una belleza serena, imposible de fabricar.

Incluso cubierta con ropas ásperas, descoloridas por el uso y remendadas innumerables veces, poseía la elegancia natural de una reina olvidada por los suyos.

Su figura era delicada.

Su espalda permanecía erguida incluso después de interminables jornadas de trabajo.

Sus ojos conservaban una dulzura que ninguna humillación había conseguido marchitar.

Y su piel...

Aquella piel era la mayor afrenta para Ofelia.

Ni la ceniza de las chimeneas.

Ni el jabón barato.

Ni el agua helada que la castigaba cada amanecer.

Ni el viento del invierno.

Nada lograba borrar la suavidad nacarada que había heredado de su verdadera madre.

Era tersa, luminosa.

Casi parecía guardar su propia luz bajo la superficie.

En cambio, Sofía, por mucho que los médicos trajeran ungüentos y perfumistas de tierras lejanas prepararan aceites exclusivos para ella, sufría cada cierto tiempo la aparición de pequeñas marcas de acné sobre el rostro.

Y cada una de aquellas imperfecciones alimentaba un odio silencioso.

Porque cuanto más intentaban apagar el brillo de Eleonor...

Más evidente se volvía.

Su cabello había sido, durante años, la prueba más hermosa de aquella injusticia.

Oscuro como la madera húmeda después de la lluvia, caía en ondulaciones sedosas hasta rozarle la cintura. Cuando caminaba, cada hebra parecía moverse con vida propia, como si el viento se negara a abandonarla.

Hasta que Ofelia dejó de soportarlo.

Eleonor apenas había cumplido los dieciséis años cuando la mujer la sujetó con violencia del brazo.

No hubo discusión, no hubo explicación.

Solo el sonido metálico de unas tijeras abriéndose.

Y después...

El crujido seco de mechones enteros cayendo al suelo.

Una y otra vez.

Hasta que aquel río de cabello quedó reducido a una melena desigual que apenas rozaba sus hombros.

Ofelia sonrió.

Sofía observó en silencio.

Pero ninguna de las dos obtuvo lo que buscaba.

Porque la belleza de Eleonor jamás había vivido en su cabello.

Vivía en la nobleza de su porte.

En la ternura de sus ojos.

En la fortaleza silenciosa con la que soportaba cada humillación sin permitir que el odio deformara su corazón.

Y quizá...

Ese era el motivo por el que ambas la detestaban tanto.

Porque podían arrebatarle la herencia.

El apellido.

Los vestidos.

La dignidad.

Pero jamás conseguirían arrancarle aquello que ninguna corona era capaz de conceder.

La gracia con la que había nacido.

Y como si el trabajo extenuante, las humillaciones y el desprecio de su propia familia no fueran suficientes, Ofelia y Sofía decidieron despojarla de aquello que ninguna mujer podía recuperar una vez perdido: su buen nombre.




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