La esposa del conde

Una burla cruel

Las cortinas de terciopelo permanecían cerradas, negándole al amanecer el derecho de entrar aquella habitación. Sólo una rendija permitía que una hebra de luz gris atravesara la penumbra como una hoja de plata, muriendo sobre el suelo de madera oscura.

El aire estaba cargado, olía a cera derretida, a vino abandonado en una copa de cristal... y al perfume masculino que impregnaba cada rincón con una obstinación casi enfermiza.

Las sábanas de lino descansaban revueltas sobre el lecho, como si hubieran sido escenario de una batalla silenciosa. Entre aquellos pliegues blancos, dos respiraciones iban encontrando poco a poco la calma.

Sofía sonreía, no era una sonrisa hermosa, era la sonrisa de quien contempla un incendio desde un lugar seguro.

Apoyó apenas la cabeza sobre el hombro de Octavio mientras deslizaba distraídamente los dedos sobre el bordado de la sábana. Su cabello caía desordenado sobre la almohada, impregnado del mismo aroma que envolvía al heredero del condado de Argen.

Él permanecía en silencio, había algo extraño en sus ojos aquella mañana, no era culpa, ni siquiera remordimiento, era una fatiga incómoda, como la que deja una mentira demasiado prolongada.

—Creo que ya ha sido suficiente... —murmuró al fin, con la vista perdida en el dosel de la cama—. No veo sentido en continuar.

Sofía levantó lentamente el rostro, sus labios conservaron aquella expresión dulce que tan fácilmente engañaba a toda la alta sociedad.

Pero sus ojos...sus ojos eran un invierno cruel.

—¿Ya te hartaste de Eleonor? ¿O caso sientes pena por ella?

Octavio tardó unos segundos en responder.

Asintió apenas.

—Fue divertido al principio, pero ella realmente está enamorada de mí.

Aquellas palabras parecieron divertirla, una risa baja y musical, escapó de su garganta.

—¿Y qué?

Exclamó con una completa indiferencia.

Se incorporó despacio, dejando que la manta resbalara sobre sus hombros mientras caminaba descalza hasta el enorme espejo. Allí tomó un pequeño frasco de cristal tallado y dejó caer una gota de perfume sobre su cuello.

El mismo perfume, el mismo aroma que, unos minutos más tarde, envolvería a Eleonor de dudas.

Sofía contempló su propio reflejo con una serenidad aterradora.

—No puedes detenerte ahora.—dijo con dureza.

—Ella jamás te ha hecho daño.—replicó Octavio.

—Su sola existencia me ofende.

Se volvió hacia él, con esa belleza casi celestial en su rostro.

Y, sin embargo, bajo aquella perfección vivía algo que ninguna oración habría podido purificar.

—Quiero verla perder la esperanza poco a poco, pero no de golpe. Eso sería demasiado misericordioso, quiero que crea, durante unos días más, que todavía existe un futuro para ella, que espere tus cartas, que sonría cuando escuche tu nombre, que imagine una vida que jamás tendrá.

Octavio cerró los ojos.

Por que poco después desde que todo aquello había comenzado, sintió que el peso de la farsa resultaba insoportable.

—Es cruel.

Sofía sonrió otra vez, esta vez con una ternura que habría engañado incluso a un sacerdote.

—No. Cruel habría sido ignorarla, esto…esto es mucho más hermoso, porque cuando descubra la verdad, comprenderá que nunca fue elegida, que mientras soñaba con ser amada…el hombre al que entregó el corazón regresaba siempre a mí.

Se acercó hasta él y acomodó con delicadeza el cuello de su camisa, como una prometida devota cuidando de su futuro esposo.

Después apoyó un beso fugaz sobre su mejilla.

—Sólo un poco más, Octavio, prométemelo.

Él no respondió enseguida, la habitación volvió a quedar en silencio.

Afuera, las primeras campanas de la mañana comenzaron a sonar sobre los jardines del condado.

Finalmente, vencido más por la adoración que sentía que por la convicción, inclinó la cabeza.

—Esta vez no debes prolongarlo más de lo que creas conveniente.

Sofía sonrió satisfecha, no porque hubiera ganado, sino porque, desde el principio, jamás contempló la posibilidad de perder.

En otro extremo de la mansión, completamente ajena a aquella conversación, Eleonor descansaba después de un duro día de trabajo.

Entonces la vió, Sofía pasó junto a ella con la elegancia impecable que tanto admiraba la aristocracia.

Fue apenas un instante.

Pero el perfume...

Ese perfume.

La misma fragancia que todavía vivía entre las cartas de Octavio, en el cuello de sus abrigos, en los recuerdos que Eleonor guardaba como si fueran reliquias.

El aroma la envolvió con una violencia inexplicable.

Se detuvo, el corazón dio un vuelco, no comprendía por qué aquel olor pertenecía también a Sofía, intentó convencerse de que era una coincidencia.

Sin embargo, el miedo…ese miedo que siempre llegaba antes que la verdad, volvió a deslizarse dentro de ella como una sombra sigilosa.

Mientras Sofía continuaba alejándose por el corredor...

Los días siguientes llegaron envueltos en una dulzura que Eleonor jamás creyó merecer.

La primera carta apareció oculta entre las páginas de un viejo libro de la biblioteca.

No llevaba firma, no hacía falta.

Reconocería aquella caligrafía incluso con los ojos cerrados, temblando, rompió el sello de cera y la carta decía cosas como:

A la única mujer que ha conseguido que el mundo pierda toda su importancia.

Virgen inmaculada...

Cuando cierro los ojos sólo existe tu voz. Cuando los abro, sólo deseo volver a encontrarte.

Eres la princesa de mis sueños, el último rincón puro que Dios dejó sobre la tierra para recordarme que aún existe belleza entre los hombres.

Las lágrimas nublaron la tinta, Eleonor sintió una felicidad tan inmensa que le ardía el alma, apretó la carta contra el pecho como si abrazara el corazón del hombre que amaba.

Y entonces llegó una segunda, luego una tercera, después un pequeño poema.

"Ni el alba conoce la pureza de tu rostro."




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