Aquella noche, el sueño se negó a visitar al heredero del condado de Argen.
Octavio permanecía tendido sobre el lecho, inmóvil bajo las pesadas cortinas de terciopelo, mientras la luz enfermiza de la luna se filtraba por los ventanales y dibujaba sobre el techo figuras espectrales. La habitación estaba en silencio, salvo por el crepitar moribundo de la chimenea y el ocasional lamento del viento contra los cristales.
Tenía una mano desplomada sobre la frente, miraba hacia arriba sin ver realmente el techo.
—¿En qué momento...? —murmuró.
Su propia voz le resultó extraña en aquella oscuridad.
¿En qué momento el amor sincero que una vez había sentido por Sofía se había convertido en aquello?
¿En qué momento había dejado de ser dueño de sus decisiones?
¿Por qué soy su títere?
La pregunta le atravesó el pecho con una crudeza insoportable.
Cerró los ojos y entonces apareció Eleonor.
No como la había visto aquella tarde, ni como la mujer a la que estaba engañando, sino como la recordaba en sus momentos más inocentes: riendo por alguna tontería, con aquella risa limpia que parecía incapaz de albergar malicia; inclinando ligeramente la cabeza mientras hablaba; pronunciando su nombre con aquella voz suave y tierna que, sin que él lo hubiera advertido, había comenzado a resultarle demasiado familiar.
Demasiado querida.
Octavio abrió los ojos de golpe.
—¿Qué mal me has hecho, Eleonor?
Ninguno.
La respuesta llegó a su mente antes de que pudiera formularla.
Ninguno.
Y aquello era precisamente lo que más le causaba vergüenza.
Se incorporó bruscamente, quedando sentado al borde de la cama. El colchón crujió bajo su peso y un suspiro profundo escapó de sus labios. Se pasó ambas manos por el rostro, como si pudiera arrancarse de la piel aquella culpa que lo consumía.
—Estoy pecando contra Dios...
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, porque sabía lo que estaba haciendo.
Sabía que cada mentira pronunciada, cada encuentro oculto, cada promesa rota convertía su alma en algo más miserable.
Y, aun así, no podía detenerse.
Porque entonces escuchó nuevamente la risa de Sofía en su memoria.
Una carcajada escandalosa, seductora, llena de esa seguridad insolente que siempre había conseguido doblegarlo. La imagen de Eleonor comenzó a desvanecerse bajo el peso de aquel recuerdo, como una vela que se apaga ante una ráfaga de viento.
Octavio apretó los dientes, no, no quería olvidarla.
Se llevó una mano al cabello y hundió los dedos entre sus mechones castaños, tirando ligeramente de ellos en un gesto de desesperación.
—No pensé que tendría lastima de ti...
La confesión apenas fue un murmullo, sentía pena por Eleonor, una pena profunda, amarga, he insoportable.
La pobre mujer ni siquiera sospechaba hasta qué punto había sido convertida en una pieza dentro de aquella farsa.
Pero había algo todavía peor, Octavio no sabía si Sofía cumpliría su promesa.
No sabía si realmente algún día abandonaría todas aquellas intrigas para quedarse a su lado.
No sabía si alguna vez se casaría con él.
Y, aunque se negaba a admitirlo, en lo más profundo de su corazón ya conocía la respuesta.
Sofía era malvada, siempre lo había sabido.
Lo que no había comprendido era que él también era uno de sus juguetes.
Otro necio, otro hombre al que había conseguido hacer creer que era especial.
Porque mientras Octavio soñaba con un futuro en el que Sofía sería únicamente suya, ella repartía sus sonrisas, sus secretos y sus promesas entre todos aquellos que podían resultarle útiles.
No compartía únicamente su corazón con él, compartía su atención con quien pudiera servirle.
Su confianza con quien pudiera entretenerla, su encanto con quien pudiera hacerla sentir poderosa.
Y su feminidad con cualquiera que consiguiera despertar en ella aquella sensación embriagadora de sentirse viva, deseada, invencible.
Octavio permaneció sentado en la oscuridad, ignorando la verdad que lo convertía en un tonto.
Eleonor no era la única víctima de aquella historia.
Él no era el único traidor.
Mientras él se afanaba en destruir el corazón de una mujer inocente para demostrarle a Sofía que le pertenecía, alguien más estaba haciendo exactamente lo mismo con él.
Afuera, el viento golpeó las ventanas de la mansión, la llama de una vela vaciló.
Y durante un instante, Octavio creyó distinguir en el espejo la silueta de una mujer.
Una mujer de cabellos largos.
Una mujer que sonreía con tristeza y parpadeó, no había nadie, solo su propio reflejo.
Solo aquel rostro agotado que comenzaba a parecerse menos al del heredero de la casa de Argen y más al de un hombre que acababa de descubrir que, en su afán por convertirse en dueño del corazón de Sofía, había entregado el suyo sin darse cuenta.
En Ventor vivía un cuervo que se había acostumbrado a disfrazarse de paloma.
Su nombre era Sofía.
En toda Valdoren no existía mujer cuya reputación pudiera compararse con la suya. Ante los ojos de la nobleza era la encarnación misma de la virtud: misericordiosa con los pobres, generosa con los necesitados, delicada con los ancianos y compasiva con aquellos que habían caído en desgracia.
Jamás levantaba la voz, jamás pronunciaba una palabra vulgar, jamás parecía perder la paciencia.
Y cuando caminaba por los jardines de Ventor, con sus vestidos impecables y aquella sonrisa dulce que parecía haber sido dibujada por los propios ángeles, las damas de la capital se apresuraban a imitarla.
Sofía dictaba la moda, lo que ella vestía, las demás lo compraban, lo que ella decía admirar, las demás comenzaban a desear.
Si llevaba perlas en el cuello, las perlas se agotaban en las tiendas de la capital.
Si prefería determinado color, las modistas recibían decenas de encargos antes de que terminara la semana.
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Editado: 24.08.2026