La esposa del conde

La verdadera belleza

Los gritos de Sofía sacudieron hasta los rincones más silenciosos de la casa.

—¡La reina me ha invitado a su fiesta privada de cumpleaños!

Su voz estalló por los corredores como una campana de guerra.

—¡La reina se fijó en mí! ¡De entre todas las nobles de Ventor, se fijó en mí!

Sofía reía, saltaba y apretaba contra su pecho aquella pequeña invitación sellada con cera real, como si temiera que alguien pudiera arrebatársela y despertar de aquel sueño. Sus mejillas ardían de emoción y sus ojos brillaban con una ambición que ni siquiera intentaba ocultar.

Ofelia no tardó en contagiarse de aquella alegría.

—¡Déjame verla! —exclamó, corriendo hacia su hija.

Las dos terminaron abrazadas, riendo y dando vueltas por el salón, hasta que Ofelia intentó apoderarse de la invitación.

Pero Sofía fue más rápida.

—¡Ni se te ocurra!

Con una carcajada, escondió el sobre detrás de su espalda.

La sonrisa de Ofelia se congeló.

—¿Qué haces? ¡Déjame verla!

La mujer avanzó un paso, la mitad de ella estaba angustiada y la otra furiosa.

—¿Estás segura de que solo te invitó a ti? —preguntó—. Tiene que haber alguien que pueda acompañarte. ¿No es así?

Sofía negó lentamente con la cabeza.

Y entonces sonrió.

Una sonrisa satisfecha, casi cruel y burlona.

—Lo siento, madre. Solo me invitó a mí.

Levantó ligeramente la invitación, disfrutando del efecto que sus palabras provocaban.

—Tendrás que conformarte con todo lo que yo te cuente cuando regrese

Ofelia permaneció inmóvil unos segundos.

Luego se dejó caer pesadamente sobre el sofá.

—¿Qué?

Su rostro se descompuso.

—Maldita sea...

Miró hacia el techo con expresión derrotada.

—Yo también quería visitar el palacio...

Sofía soltó una carcajada.

—¡Madre! No es momento de deprimirse.

Ofelia la miró con una mezcla de fastidio y resignación.

Pero Sofía ya estaba caminando de un lado a otro, incapaz de contener su entusiasmo.

—¿No te das cuenta de lo que esto significa?

Sus ojos relampaguearon.

—Los rumores que hemos estado esparciendo serán todavía más creíbles después de esto.

Se detuvo frente a su madre y extendió los brazos teatralmente.

—¡Ahora todo el mundo dirá que el príncipe heredero está realmente interesado en mí! Después de todo, ¿qué otra razón tendría la reina para invitarme personalmente a su fiesta privada de cumpleaños?

Soltó otra carcajada.

—¡Una fiesta de té en el palacio! ¡A mí!

Sofía apretó la invitación contra su pecho, por un instante, su sonrisa adquirió una intensidad casi febril.

—Ay, madre...

Susurró, contemplando el sello real como si fuera una promesa escrita por el destino.

—Todos mis sueños se están haciendo realidad.

Ofelia la observó desde el sofá, había envidia en sus ojos, pero también algo más oscuro.

Una ambición que durante años había permanecido enterrada bajo vestidos demasiado humildes para sus ambiciones, sonrisas falsas y rumores cuidadosamente sembrados.

—Qué envidia te tengo...

Sofía sonrió.

Ofelia se incorporó lentamente y recuperó algo de dignidad.

—Bueno —dijo, señalándola con severidad—, más te vale ganarte el favor de la reina.

Su voz adquirió un tono solemne.

—Cuando cruces las puertas del palacio, no serás simplemente Sofía. Serás los ojos y los oídos de nuestra familia. Tendrás que comportarte como la dama más noble de todo el Imperio.

Sofía dejó de reír.

Ofelia continuó:

—No cometas errores. No hables de más. No permitas que nadie vea nuestras verdaderas intenciones.

Sus dedos se cerraron sobre el borde del sofá.

—Si consigues conquistar el favor de la reina... quizá nuestro sueño deje de ser un sueño.

La mirada de ambas se encontró.

Durante unos segundos, ninguna dijo nada.

Afuera, el viento golpeó los ventanales y arrastró consigo el murmullo de las ramas desnudas.

Sofía volvió a mirar la invitación.

El sello de la corona brillaba bajo la luz que se colaba por los ventanales

Parecía hermoso, perfecto, demasiado perfecto.

—Lo sé—murmuró Sofía— no voy a cometer ningún error.

Sofía amaba el dinero.

Más que el amor. Más que la amistad. Más que cualquier virtud que pudiera pronunciarse en los salones de la nobleza.

Para ella, nada en este mundo poseía una belleza comparable al resplandor del oro bajo la luz de las velas, ni había sonido más dulce que el tintineo de las piedras preciosas al chocar unas contra otras.

Los diamantes, los rubíes, las perlas...

Aquellas cosas eran, para Sofía, la verdadera poesía del mundo.

Y ahora, por primera vez, podía imaginarse llevando una corona, la imagen hacía que su corazón latiera con violencia.

Ella, vestida con seda blanca y bordada en oro.

Ella, sentada junto al príncipe heredero.

Ella, convertida en la futura princesa del Imperio.

No sabía prácticamente nada sobre él.

El príncipe heredero había conseguido mantener su vida privada lejos de los ojos de la aristocracia. Era reservado, distante y extraordinariamente cuidadoso con su intimidad. Apenas existían rumores sobre sus gustos, sus amistades o sus verdaderos pensamientos.

Pero había algo que Sofía sí sabía, decían que era hermoso y aquello bastaba para alimentar todavía más sus fantasías.

Deseaba verlo, deseaba conocerlo.

Pero, por ahora, no necesitaba que él la mirara, primero debía conquistar a su madre, si conseguía ganarse el favor de la reina, el resto sería cuestión de tiempo.

Sofía contempló su reflejo en el espejo mientras una sonrisa satisfecha se dibujaba lentamente en sus labios.

—Seré la única rosa de ese jardín que merezca llamar su atención, alteza...

Soltó una pequeña carcajada.

—Ja, ja...

En su imaginación, todas las demás jóvenes nobles eran apenas flores marchitas.




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