La mansión Leclair amaneció bajo una calma tensa, casi irreal.
Los sirvientes hablaban en voz baja, evitando hacer ruido en los pasillos.
Era como si todos supieran que algo invisible se había roto en el aire.
Eloise Duvall no bajó al desayuno.
El recuerdo del día anterior seguía grabado en su mente: la humillación, la tarjeta arrebatada, la frialdad con que Lucien la había tratado frente a Claire.
Ahora, sola en su habitación, observaba la nieve cubrir los rosales del jardín.
El ramo de gardenias blancas, el primero que Damien Arnaud le había enviado, seguía en un jarrón de cristal.
Había querido tirarlo más de una vez, pero no pudo.
No porque le importara el gesto, sino porque hacerlo habría sido obedecer otra orden de Lucien.
A media mañana, los golpecitos en la puerta la sorprendieron.
—Adelante —dijo sin volverse.
El mayordomo Alain apareció con su discreción habitual.
—Mademoiselle, tiene visita. El señor Arnaud ha llegado y solicita verla.
Eloïse parpadeó, desconcertada.
—¿Aquí? ¿En la mansión?
—Sí, mademoiselle. Ha dicho que será breve.
Ella dudó. Una parte de sí quería negarse, otra… simplemente quería saber por qué él había ido tan lejos.
—Hazlo pasar al salón invernal —dijo finalmente.
Se miró al espejo. No estaba arreglada, pero su sencillez tenía algo encantador: el cabello rubio suelto, cayendo en ondas suaves sobre los hombros, un suéter de lana color marfil, el rostro sin más pintura que el rubor natural del frío.
Suspiró y bajó las escaleras con paso tranquilo.
El salón invernal era una habitación amplia, de ventanales altos y luz blanca.
Damien Arnaud estaba de pie, junto a la chimenea, con un ramo de tulipanes rojos entre las manos.
Se giró apenas al verla, y por un instante el silencio entre ambos fue más elocuente que cualquier saludo.
—Buenos días, mademoiselle Duvall —dijo él con voz tranquila, grave, educada—.
—No esperaba su visita, monsieur Arnaud —respondió ella, deteniéndose a unos pasos.
—Yo tampoco esperaba venir —admitió—, pero cuando algo ronda en la cabeza todo el día, es inútil fingir indiferencia.
Eloïse bajó la mirada, incómoda.
—No debió venir. Lucien podría…
—Lucien sabrá que vine —la interrumpió, con una calma que no admitía culpa—. No tengo nada que ocultar.
Extendió el ramo.
—Pensé en traer algo distinto a las gardenias. Los tulipanes rojos son más honestos.
Eloise lo miró a los ojos, y por un instante creyó ver una chispa de admiración genuina, no deseo ni cálculo.
—No sé qué decir.
—No diga nada —replicó él—. Solo acepte que no todos los hombres necesitan razones para reconocer lo hermoso cuando lo ven.
El rubor subió a sus mejillas, inesperado.
Damien sonrió levemente.
—No soy un hombre que visite mujeres por capricho. Pero usted, Eloise … tiene algo que no se aprende en los salones. Inocencia, quizá. O fuerza. Tal vez ambas.
Ella respiró hondo.
—No debería hablarme así.
—Lo sé —dijo con sencillez—, pero me resulta imposible no hacerlo.
El momento se suspendió.
El fuego crepitó suavemente.
Y entonces, la voz que ambos temían oír resonó desde el umbral.
—Qué conmovedor. ¿Ofreces flores en cada casa donde entras, Arnaud?
El tono era frío, educado, casi amable.
Pero los ojos grises de Lucien Leclair no tenían rastro de cortesía.
Su sola presencia hizo que la temperatura del cuarto descendiera.
Damien se giró con serenidad.
—Lucien.
—Qué sorpresa —continuó el heredero—. No recordaba haberte invitado a interrumpir mi mañana.
—No vine a verte —dijo Damien con calma—. Vine a saludar a Eloise.
—Lo noté —replicó Lucien—. Aunque el gesto es… reiterativo, ¿no?
Eloïse se adelantó un paso.
—No es necesario hablarle así.
Lucien la miró, apenas.
—¿No? Entonces, ¿cómo debería hablarle a un hombre que regala flores a mi prometida?
Damien sonrió, sin ironía.
—Tal vez como a un amigo que te está recordando que una mujer así no se encierra tras cortinas.
Lucien entrecerró los ojos.
—Un amigo no cruza límites.
—Y un hombre que los teme, los pierde —respondió Damien con elegancia.
Eloise intentó intervenir, pero Lucien habló antes:
—Creo que ya dejaste tu mensaje, Arnaud. El mayordomo te acompañará a la salida.