La esposa del Heredero

Capítulo 5 — La carta y el eco del roce

El amanecer se filtró por las cortinas como un hilo dorado.
La mansión Leclair despertó con el rumor distante de los pasos de los sirvientes, el aroma del café recién molido y el sonido de la nieve derritiéndose en los aleros.

Eloise Duvall abrió los ojos antes que el sol tocara del todo la habitación.

Había dormido poco, y no por frío.
Aún podía sentir, con absurda precisión, el roce de los dedos de Lucien en su mejilla.
Apenas un contacto, un suspiro, un error… pero bastó para desordenarle el alma.

Se incorporó despacio, frotándose los brazos como si quisiera borrar esa sensación.
No entendía cómo alguien capaz de tanta dureza podía tener un gesto tan… humano.
Y, sin embargo, lo había tenido.
Esa contradicción la desconcertaba.

Miró el ramo de tulipanes sobre el tocador.
Los pétalos rojos parecían más vivos que la noche anterior, como si el fuego que Lucien había intentado apagar se hubiera quedado ahí, floreciendo en silencio.

Suspiró.

Sabía que debía bajarlos al salón, tal vez devolverlos, pero no lo hizo.
Por primera vez en mucho tiempo, quería conservar algo que no estuviera dictado por la voluntad de otro.

*****

A esa misma hora, en los establos, el sonido de los cascos rompía el amanecer.

Lucien Leclair entrenaba desde antes del alba.
No llevaba abrigo, solo la camisa blanca pegada al cuerpo por el sudor y la respiración contenida.
Los caballos se agitaban bajo su mando, pero él no buscaba disciplina, sino desahogo.

Cada golpe de la fusta, cada giro brusco, era un intento de ahogar la imagen que lo perseguía:
Eloise, tan cerca que podía oler su perfume;
Eloise, mirándolo sin miedo;
Eloise, provocando en él algo que no recordaba haber sentido jamás.

Había pasado la noche entre whisky y silencio, preguntándose cuándo había empezado a perder el control.

Él, que jamás levantaba la voz, había sentido deseos de gritar.

Él, que jamás tocaba sin permiso, la había rozado.
Y lo peor: había querido hacerlo de nuevo.

Un ruido de pasos lo sacó de su pensamiento.
Alain, el mayordomo, se detuvo junto al corral, con una carta en la mano.

—Monsieur Leclair, acaba de llegar esto para mademoiselle Duvall.

Lucien lo observó en silencio.

—¿Quién la envía?

—El señor Arnaud.

Lucien extendió la mano sin pensarlo.

El sobre era blanco, con el sello plateado de la familia Arnaud en la solapa.
Reconoció la caligrafía: firme, elegante, segura.
Sintió un nudo de celos tan primario que le avergonzó.

—Déjemela —dijo con voz neutra.

Alain vaciló.

—Monsieur…

—He dicho que me la deje.

El mayordomo asintió y se retiró.

Lucien sostuvo la carta unos segundos antes de romper el sello.
El papel olía a tinta nueva y perfume cítrico.
Leyó despacio, en silencio.

A la señorita Duvall:
El próximo sábado se celebrará la gala benéfica de invierno en el Hotel L’Hiver.
Sería un honor contar con su presencia como invitada de mi familia.
Con estima,
—Damien Arnaud.”

Lucien cerró el puño.
El aire del establo se volvió más denso.

No era solo una invitación.
Era una declaración.
Un desafío.

Guardó la carta en el bolsillo y salió del establo con paso firme.

La camisa abierta al cuello dejaba ver el pulso en su garganta.

El aire helado lo golpeó, pero no lo detuvo.

*****

Eloise estaba en la biblioteca, leyendo sin concentración alguna, cuando lo vio entrar.

Lucien cruzó la estancia con la carta en la mano.

No saludó.

La dejó sobre la mesa, frente a ella, con un gesto seco.

—Parece que tienes una agenda más activa de lo que imaginaba —dijo con voz baja, controlada.

Eloise leyó el sello y alzó la vista.

—¿Abriste mi correspondencia?

—Evité que llegara a malas manos.

—Es una invitación, no una conspiración.

—Es una provocación —corrigió él—. Y Damien sabe perfectamente lo que hace.

Eloise se levantó, el vestido marfil cayendo como un suspiro.

—No tengo por qué justificarme contigo.

—Sí lo tienes —replicó él, avanzando un paso—. Porque mientras vivas bajo este techo, todo lo que hagas afecta mi nombre.

—Entonces preocúpate por el tuyo —dijo ella, firme—, no por el mío.

Lucien apretó la mandíbula.

El silencio entre ambos era un hilo tenso a punto de romperse.




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