La esposa del verdugo

1 Eco de cuarenta segundos

Nadia

El chirrido del tren elevado, el famoso "L", sacude los cristales de mi pequeño apartamento en las afueras de Wicker Park. No es la zona glamurosa de la Gold Coast, ni el bullicio corporativo del Loop; es un rincón de ladrillo visto, grafitis artísticos y un olor constante a café tostado y lluvia reciente. Mi piso es un reflejo de mi vida: ordenado, silencioso y lleno de libros que rellenan los huecos que las personas dejaron vacíos.
​Me miro en el espejo del pasillo antes de salir hacia la editorial donde trabajo como correctora de estilo. Mi reflejo siempre me ha parecido una contradicción. Soy baja, lo que me obliga a mirar al mundo siempre desde abajo, dándome un aire de fragilidad que a veces detesto. Mi rostro es de facciones suaves, casi infantiles, con una piel de porcelana que se sonroja por cualquier cosa. Sin embargo, mi cuerpo cuenta otra historia.
​Tengo el estómago prieto y plano, resultado de olvidarme de comer cuando me sumerjo en un manuscrito, y mis pechos son pequeños, apenas una curva sutil bajo las blusas de seda que suelo llevar. Pero luego están mis caderas y mi trasero, una herencia genética de mi abuela italiana que parece no encajar con el resto de mi figura menuda. Es una curva pronunciada, grande y firme que me hace sentir incómoda en los vaqueros y que siempre atrae miradas que intento ignorar bajando la vista al suelo.
​Mi teléfono vibra en la encimera. Es mi madre. Miro el reloj: las 8:15 AM.
​—¿Dígame? —respondo, sabiendo exactamente cómo va a ir la llamada.
​—Nadia, cariño, ¿estás bien? Sí, yo también. Tu padre me ha dicho que Mark y él tienen un torneo de golf este fin de semana, así que no cuentes con nosotros para la cena. Págate algo rico con la tarjeta. Adiós.
​Click.
​Treinta y ocho segundos. He batido mi propio récord.
​Cierro los ojos un momento, sintiendo ese vacío familiar en el pecho. Mis padres son expertos en el arte de la ausencia. Se separaron cuando yo tenía diez años y, desde entonces, han competido por ver quién rehace su vida más rápido y con más éxito. Mi madre está casada con un inversor que apenas sabe mi nombre, y mi padre vive en una burbuja de lujo con una mujer que tiene apenas cinco años más que yo. Soy el residuo de un matrimonio fallido, una llamada de menos de un minuto que hacen para autoconvencerse de que todavía son padres.
​Por eso me mudé de Nueva York a Chicago. Quería que la distancia física coincidiera con la emocional. Aquí, nadie me conoce como "la hija de los Rossi". Aquí, soy solo Nadia, la chica que se pierde entre las páginas de los libros porque en ellos las personas no se despachan en cuarenta segundos.
La oficina de la editorial es un laberinto de cubículos grises y olor a tóner recalentado. Me hundo en mi silla, rodeada de manuscritos que esperan mis correcciones en rojo. A veces siento que mi vida es como uno de estos textos: llena de tachones, de frases a medio terminar y de una gramática impecable que esconde una falta absoluta de pasión.
​Cerca de las once, mi teléfono personal vibra sobre el escritorio. No es un número de Nueva York esta vez. Sonrío antes de descolgar.
​—¡Nadia! Dime que no estás enterrada en diccionarios todavía —la voz de Izzy estalla en mi oído, llena de una energía que yo nunca he logrado alcanzar.
​—Solo en un ensayo sobre la arquitectura neogótica, Izzy. Lo habitual —respondo, recostándome en el respaldo.
​Izzy es lo más parecido a una familia de verdad que tengo en esta ciudad. Nos conocimos hace un año en una cafetería y, a pesar de que ella se mueve en círculos que yo ni siquiera imagino —siempre con ropa de diseño y coches que cuestan más que mi carrera universitaria—, conectamos al instante. Ella es luz y ruido; yo soy sombra y silencio.
​—Olvida las catedrales. Esta noche voy a tu piso. Tú pones el vino, yo llevo la cena tailandesa de ese sitio que tanto te gusta y nos ponemos al día. Necesito quejarme de mi hermano y tú necesitas... bueno, necesitas dejar de ser una monja de biblioteca por unas horas.
​—¿Tu hermano otra vez? —me río suavemente. Izzy siempre habla de él con una mezcla de adoración y fastidio absoluto. Lo describe como un protector asfixiante, un hombre de negocios implacable que no la deja respirar—. ¿Qué ha hecho ahora el gran "empresario"?
​—Lo de siempre. Ser un dictador con traje a medida. Cree que porque paga las facturas de la mansión puede elegir hasta mis amistades. Por eso me encanta ir a tu piso; es el único sitio donde sé que sus gorilas no me están vigilando por el retrovisor.
​—Está bien, acepto el soborno tailandés —cedo, mirando la pila de papeles—. A las ocho en mi casa.
​—¡Perfecto! Prepárate, Rossi. Esta noche no se habla de libros.
​Cuelgo y vuelvo al trabajo con una pequeña chispa de ánimo. Izzy es mi único ancla en Chicago. Es la única persona que no me despacha en cuarenta segundos, aunque a veces me pregunte por qué una chica como ella, que parece tener el mundo a sus pies, busca refugio en mi pequeño y humilde apartamento de Wicker Park.

Thiago

​El humo de mi puro flota en el aire pesado de mi despacho en la mansión. A través del ventanal, el lago Míchigan ruge contra la orilla, un eco perfecto de la tormenta que siempre llevo por dentro. Sobre mi escritorio de caoba, los informes de los muelles de Chicago se amontonan. Dinero, traiciones, cargamentos que se pierden... el día a día de un hombre que no puede permitirse cerrar los ojos ni un segundo.
​La puerta se abre con un estrépito que ya conozco. No necesito mirar para saber quién es. Solo una persona en este mundo tiene el valor de interrumpirme sin llamar.
​—¡No puedes hacerme esto, Thiago! —grita Izzy, entrando como un torbellino de seda y perfume caro—. ¡Es la inauguración de The Vault! He estado esperando semanas. ¡Todos mis amigos van a estar allí!
​Dejo el puro en el cenicero de cristal y levanto la vista. Mi hermana está de pie, con las manos en las caderas y los ojos echando chispas. Es lo único puro que me queda, y por eso mismo, es lo que más me obsesiona proteger.
​—No vas a ir, Isabella —digo, y mi voz es un trueno bajo que suele hacer temblar a mis hombres, pero no a ella—. No es una fiesta de niños ricos. Russo y su gente estarán allí. Hay tensiones que no entiendes. Es peligroso.
​—¡Todo es peligroso para ti! —exclama, frustrada—. ¡Vivo en una jaula de oro!
​—Vives en una fortaleza que te mantiene viva —le corto, poniéndome de pie. Mi envergadura llena la estancia y veo cómo, por un segundo, ella retrocede—. Se acabó la discusión. No saldrás de esta propiedad esta noche si es para ir a ese club.
​Izzy me mantiene la mirada un segundo más, con la mandíbula apretada, antes de soltar un gruñido de indignación.
​—Está bien. Si no me dejas divertirme, al menos déjame respirar. Me voy a cenar a casa de Nadia. Ella no tiene nada que ver con tus "negocios", ni con tus guerras, ni con tus paranoias.
​Se gira y sale del despacho dando un portazo que hace vibrar los cuadros de la pared. Suspiro, pasándome una mano por el pelo rapado, sintiendo la punzada de agotamiento en la nuca.
​—Marco —llamo sin levantar la voz.
​Mi segundo entra al instante desde la antesala. Marco es mi sombra, el hombre que sabe lo que necesito antes de que yo mismo lo pida. Sus ojos fríos me dicen que ya ha escuchado la rabieta de mi hermana.
​—¿Qué sabemos de esa tal Nadia? —le pregunto, volviendo a sentarme.
​Marco saca una tableta y desliza el dedo por la pantalla.
—Nadia Rossi. Veinticinco años. Correctora de estilo en una editorial del centro. Se mudó de Nueva York hace un año. Vive sola en un apartamento modesto en Wicker Park.
​—¿Vínculos? —insisto, entrecerrando los ojos—. ¿Padres? ¿Contactos en la ciudad?
​—Limpia, Thiago —responde Marco con seguridad—. Sus padres son gente de dinero en Manhattan, pero están más interesados en sus divorcios y sus nuevas parejas que en su hija. Ella es... solitaria. No tiene antecedentes, ni deudas, ni amigos sospechosos. Es una civil corriente. Una ratoncito de biblioteca, según los informes de vigilancia.
​Me quedo mirando el humo del puro. Una civil. El tipo de persona que no debería cruzarse jamás en mi camino.
​—Que la siga un coche, pero a distancia —ordeno finalmente—. No quiero que Izzy se sienta vigilada, pero tampoco quiero sorpresas. Si esa chica es tan "limpia" como dices, no debería ser un problema que mi hermana pase la noche allí.
​—Entendido, jefe.
​Marco sale y me quedo de nuevo solo con el sonido del lago. Nadia Rossi. El nombre flota en mi mente un segundo antes de ser sepultado por los informes de los muelles.
El Audi A8 blindado se detiene frente a la entrada trasera de The Vault. No hay alfombra roja aquí, solo hormigón y la mirada atenta de mis hombres apostados en cada esquina. Marco baja primero, escaneando el callejón antes de abrirme la puerta. El aire huele a lluvia reciente y a la electricidad de la noche de Chicago.
​—Todo está tranquilo, jefe —dice Marco, ajustándose la chaqueta del traje—. La Vieja Guardia ya está dentro, en la zona VIP.
​Asiento y ajusto mis gemelos de oro. Llevo un traje de tres piezas negro, hecho a medida para ocultar la Glock en mi tobillo y la tensión en mi mandíbula. Salgo del coche y camino hacia la puerta de seguridad. El rugido del club empieza a vibrar en el suelo bajo mis pies.
​La inauguración de The Vault es un éxito absoluto. El club es un laberinto de luces de neón azules y rojas, jaulas de cristal con bailarinas y el sonido asfixiante del bajo. Cruzo la sala principal, y es como si el mar Rojo se abriera a mi paso. Risas forzadas, miradas de admiración y un miedo reverencial que me nutre.
​—Thiago, enhorabuena. Un lugar impresionante —me dice un concejal de la ciudad, estrechándome la mano con una palmada hipócrita en el hombro.
​—Gracias, Antonio. Solo lo mejor para Chicago —respondo con una sonrisa vacía.
​Saludo a banqueros, a jueces que he sobornado, a peces gordos del sindicato y a un par de actores de Hollywood que buscan su dosis de peligro. Fausto y la Vieja Guardia están en su rincón, observando con aprobación cómo su "Verdugo" mantiene el orden en este circo de exceso. Les doy un breve asentimiento y sigo caminando. Ya he cumplido con mi cuota de sociedad por esta noche.
​Me dirijo al ascensor privado que me lleva a la planta superior. Las puertas se abren y el estruendo del club se atenúa, reemplazado por un zumbido sordo y el zumbido del aire acondicionado. Es mi santuario. Mi nueva oficina.
​Es un espacio inmenso, minimalista, dominado por paredes enteras de cristal unidireccional. Desde aquí arriba, el club parece una maqueta, un hormiguero de cuerpos moviéndose al unísono. Puedo verlo todo, controlarlo todo, sin que nadie sepa que estoy observando. El trono perfecto para el dueño de las sombras.
​Me acerco al cristal, con un puro en la mano, contemplando mi reino. La tensión de la semana empieza a disolverse bajo el peso de mi poder.
​La puerta de seguridad de la oficina se abre con un click suave. No necesito girarme. Conozco ese perfume. Es Kat. Katerina, la mujer que usa mi apellido como un activo en su negocio inmobiliario y que sabe exactamente cómo apagar el fuego que siempre llevo por dentro.
​Lleva un vestido de seda rojo que se ciñe a sus curvas como una segunda piel. Camina hacia mí con pasos silenciosos y felinos, y se detiene a unos centímetros de mi espalda. Siento su calor, su respiración entrecortada.
​—Thiago... —murmura, y su voz es una caricia de peligro—. Enhorabuena por el club. Es... imponente. Como tú.
​Me giro lentamente. Kat me mira con unos ojos oscuros cargados de una lujuria que no se molesta en ocultar. No hay amor aquí, solo un trato mutuo de posesión y alivio. Ella sabe que soy un monstruo, y eso es lo que la excita.
​Se acerca más, invadiendo mi espacio personal. Sus manos, frías y suaves, suben por mi pecho, desabrochando los botones de mi chaleco con una lentitud tortuosa. Se detiene en la hebilla de mi cinturón, mirándome a los ojos con un desafío latente.
​—Necesitas relajarte, Verdugo —susurra, y antes de que pueda responder, se agacha con movimientos fluidos y felinos sobre la alfombra de piel que cubre el suelo de mi oficina.
​Se inclina hacia mí, y con una mano firme y posesiva, abre la cremallera de mi pantalón de traje, liberando mi dureza, que ya está tensa y hambrienta. Se la toma entre las manos, acariciándola con una familiaridad experta, antes de acercar su boca a ella.
​El contraste entre el frío de su boca y el calor de mi propia sangre es un latigazo de placer puro que me hace contener el aliento. Kat me chupa con una intensidad depredadora, con una habilidad que me borra de un plumazo los informes, las tensiones con la Vieja Guardia y la rabieta de Izzy. Siento cómo mi control empieza a desmoronarse, cómo el monstruo que llevo dentro ruge de satisfacción bajo su lengua experta.
​Cierro los ojos, apoyando la cabeza contra el cristal de mi oficina, mientras Kat sigue absorbiendo mi dureza, mi rabia y mi poder, recordándome quién manda aquí, y por qué soy el Verdugo que nadie se atreve a desafiar.
Apoyo una mano en el ventanal de cristal, sintiendo el contraste del frío exterior contra la palma de mi mano mientras el calor de la boca de Kat me consume. La observo desde arriba, viendo cómo su melena oscura cae sobre mis muslos, moviéndose con un ritmo hipnótico y experto. Ella sabe exactamente cuánta presión aplicar, cómo usar su lengua para llevarme al borde sin dejarme caer todavía.
​Suelto un gruñido ronco y la agarro del pelo, no con delicadeza, sino con la urgencia de quien necesita anclarse a algo real. La obligo a levantarse. Sus ojos están empañados por la lujuria y sus labios, rojos y brillantes, se curvan en una sonrisa de triunfo.
​—Hoy estás especialmente tenso, Thiago —jadea contra mi cuello mientras la empujo hacia mi escritorio de caoba.
​No respondo. No hay espacio para las palabras en mi cabeza ahora mismo. De un movimiento brusco, despejo la superficie del escritorio, mandando al suelo una carpeta de informes que no valen nada comparados con la necesidad que me quema las entrañas. La alzo por la cintura y la siento sobre la madera fría.
​Kat suelta un grito ahogado de sorpresa que se convierte en un gemido cuando le subo el vestido de seda roja hasta las caderas. No lleva ropa interior. Nunca la lleva cuando viene a verme a alguno de mis club.
​Me deshago de mi pantalón con impaciencia y me abro paso entre sus muslos. Sus piernas se envuelven alrededor de mi cintura, apretándome, reclamándome. Me hundo en ella de una sola estocada profunda, arrancándole un gemido que queda amortiguado contra mi hombro. Está mojada, caliente y estrecha, el refugio perfecto para el monstruo que Marco y Fausto alimentan durante el día.
​Comienzo a embestirla con una fuerza bruta, rítmica, casi violenta. Cada golpe de mis caderas contra las suyas resuena en el silencio de la oficina, compitiendo con el eco sordo del bajo que sube desde la pista de baile. Mis manos se clavan en sus muslos, marcando su piel pálida, mientras ella echa la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, perdida en el placer que le proporciono.
​La veo a través del reflejo del cristal. El Verdugo y su amante, una mancha de carne y seda roja contra el skyline nocturno de Chicago. Me pierdo en la sensación, en el control absoluto que ejerzo sobre su cuerpo y sobre el mío. Kat empieza a temblar, sus uñas se clavan en mis hombros musculosos y sus espasmos me envuelven, apretándome hasta que mi propio control estalla.
​Me corro dentro de ella con un rugido ahogado, sintiendo cómo la tensión de la semana se drena de mi cuerpo junto con mi simiente. Me quedo unos segundos apoyado sobre ella, respirando con dificultad, el sudor mezclándose entre nuestros cuerpos.
​Me separo con lentitud, reajustando mi ropa con una frialdad mecánica. Kat se queda en el escritorio, recomponiéndose el vestido, con el pecho subiendo y bajando y una mirada de satisfacción felina.
​—Siempre tan intenso, Thiago —murmura, pasándose la mano por el pelo—. Me encanta cuando dejas de ser el empresario y te conviertes en el animal.
​No respondo. Me acerco al mueble bar, me sirvo un whisky doble y me giro hacia el ventanal. El club sigue girando abajo, ajeno a lo que acaba de pasar sobre sus cabezas. Kat se levanta, se arregla el vestido y me lanza un beso al aire antes de salir por la puerta privada.
​Vuelvo a estar solo. El silencio regresa a la oficina, pero el olor de ella y del sexo permanece en el aire. Bebo un trago largo, sintiendo el quemazón del alcohol en la garganta.
​—Marco —llamo por el intercomunicador, mi voz ya recuperando su tono de mando habitual—. Sube. Tenemos que hablar de la seguridad del muelle sur. La noche acaba de empezar.




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