La esposa del verdugo

2 Refugio

Nadia

​El timbre de mi apartamento suena exactamente a las ocho y cinco. No necesito preguntar quién es. El ritmo frenético con el que llaman a la puerta solo puede pertenecer a una persona en todo Chicago.
​Abro y me encuentro con Izzy, que entra como un torbellino cargada con bolsas de papel que huelen a curry, albahaca tailandesa y jengibre. Lleva un conjunto de cachemira que probablemente cuesta tres meses de mi alquiler, pero se mueve por mi pequeña cocina como si fuera su propio santuario.
​—Dime que tienes vino blanco frío, Rossi, porque he tenido un día que ríete tú de las tragedias griegas —dice, dejando las bolsas sobre la encimera y dándome un abrazo rápido que huele a perfume caro y libertad.
​—En la nevera, Izzy. Como siempre —me río, sacando las copas de cristal barato que ella insiste en usar porque dice que "le dan carácter" a la bebida.
​Nos sentamos en el suelo, sobre la alfombra bereber que compré en un rastro, rodeadas de cuencos de cartón y palillos de madera. Es nuestro ritual. El único momento de la semana en el que el mundo exterior, con sus reglas y sus sombras, se queda al otro lado de la puerta.
​—Mi hermano es un neandertal —suelta ella tras el primer trago de vino, con los ojos echando chispas—. ¿Te lo puedes creer? Me ha prohibido ir a la inauguración de The Vault. Dice que es "peligroso". ¡Él es el que lo inauguraba! Se cree que soy una muñeca de porcelana que se va a romper si le da el aire de un club nocturno.
​—Bueno, al menos se preocupa, Izzy —le respondo, pinchando un trozo de pollo al curry—. A veces el exceso de protección es solo una forma torpe de amor.
​—Es una forma de control, Nadia. Vive obsesionado con la seguridad. A veces siento que cada paso que doy está siendo monitorizado por sus sombras. Es asfixiante. ¿Y tú? ¿Qué tal los "Queridísimos Padres"?
​Suspiro, dejando los palillos a un lado. La mención de mi familia siempre me deja un sabor amargo, más fuerte que cualquier especia tailandesa.
​—Treinta y ocho segundos —digo con una mueca—. Ese ha sido el récord de mi madre hoy. Me llamó para decirme que no cuentan conmigo para nada este fin de semana porque tienen un torneo de golf. Ni siquiera me preguntó cómo me iba en la editorial. Creo que si un día no cojo el teléfono, tardarían tres semanas en darse cuenta de que no estoy.
​Izzy me mira con una mezcla de pena y rabia. Ella, que lucha por escapar de unos brazos que la aprietan demasiado, no puede entender el frío de unos brazos que nunca se han cerrado a mi alrededor.
​—Somos un desastre, ¿verdad? —dice ella, empezando a reírse de repente—. Tú ignorada por unos narcisistas y yo custodiada por un dictador. Si nos juntamos, quizás hagamos una persona normal.
​—Lo dudo mucho —respondo, y la risa se me contagia.
​Pasamos las siguientes tres horas riendo hasta que nos duelen las costillas. Nos burlamos de las citas desastrosas que hemos tenido, de los autores pretenciosos que tengo que aguantar en la oficina y de las extravagancias de la alta sociedad que ella desprecia. Con Izzy, mi apartamento de Wicker Park no parece tan pequeño, ni mi vida tan gris. Ella es la hermana que elegí, la única persona que parece ver a la Nadia que hay detrás de los libros y las curvas que intento esconder.
​Cerca de la medianoche, Izzy mira su reloj de oro y suspira.
​—Tengo que irme. Si no llego antes de que el "Gran Señor" regrese del club, mandará un escuadrón de búsqueda a tu puerta y no quiero que asuste a tus vecinos.
​—Ve con cuidado, Izzy —le digo, acompañándola a la puerta.
​—Siempre, Rossi. Y no te quedes leyendo hasta las tres de la mañana, que te conozco.
​Me da un último beso en la mejilla y sale al pasillo. Escucho sus pasos alejarse y, de repente, el silencio vuelve a caer sobre mi salón como una losa. Recojo los restos de la cena, lavo las copas y me quedo mirando por la ventana hacia el horizonte de la ciudad.
El silencio que deja Izzy siempre se siente más pesado de lo habitual. Me quedo unos minutos mirando el salón vacío, con el eco de nuestras risas aún flotando entre las estanterías, antes de apagar las luces y dirigirme al dormitorio.
​Me desvisto con movimientos lentos, dejando la ropa sobre la silla. Al quedar frente al espejo, no puedo evitar observar mi propio cuerpo con una mezcla de extrañeza y resignación. Mi estómago está prieto y liso, y mis pechos son pequeños, coronados por pezones que se endurecen ligeramente con el roce del aire frío. Pero cuando me giro, la curva de mi trasero, grande y firme, destaca con una contundencia que siempre me ha hecho sentir demasiado expuesta.
​Me meto entre las sábanas de algodón, pero el sueño no llega. Mi mente está acelerada por el vino y las historias de Izzy sobre su hermano, ese hombre que parece dominarlo todo. Siento una inquietud extraña recorriéndome la piel, un hormigueo que nace en el vientre y se extiende hacia mis muslos.
​Recuerdo el regalo que Izzy me dejó hace unos días en una bolsa de seda, escondido entre un libro de poemas y una caja de bombones. "Para que dejes de ser una monja de biblioteca por las noches, Rossi", me dijo con un guiño pícaro.
​Alargo la mano hacia el cajón de la mesita de noche y saco el pequeño objeto. Es de silicona suave, de un color rosa pálido, discreto y elegante. Lo enciendo y un zumbido casi imperceptible vibra contra la palma de mi mano.
​Cierro los ojos, imaginando que no estoy en este apartamento solitario de Wicker Park. Me deslizo bajo las mantas y separo las piernas, dejando que el juguete roce la piel sensible de mi entrepierna. Un escalofrío me recorre la columna. Empiezo con suavidad, trazando círculos lentos, sintiendo cómo el calor empieza a concentrarse allí abajo.
​Mis pensamientos se vuelven borrosos. Visualizo luces de neón, el rugido de una ciudad que no conozco y una mirada verde y oscura que me observa desde las sombras, tal como Izzy describe a su hermano. Me toco el pecho con la mano libre, sintiendo los latidos de mi corazón acelerarse. El juguete vibra con más intensidad contra mi clítoris, y yo arqueo la espalda, apretando los muslos contra el aire.
​La tensión crece, se vuelve una cuerda tirante que amenaza con romperse. Suelto un jadeo suave contra la almohada, sintiendo cómo mis músculos se contraen. El placer me golpea de repente, una ola cálida que me nubla la vista y me deja sin aliento. Mis dedos se clavan en las sábanas mientras el orgasmo me recorre, disolviendo por unos instantes la soledad, el desprecio de mis padres y la monotonía de mis días.
​Cuando el zumbido cesa y mi respiración vuelve a la normalidad, me quedo inmóvil en la oscuridad. Me siento relajada, pero también extrañamente alerta. Mañana tengo que ir a la oficina. Mañana volveré a ser la chica de los libros. Pero por ahora, en la penumbra de mi cuarto, el eco de ese placer es lo único que me pertenece de verdad.
La luz pálida de Chicago se filtra por la ventana del dormitorio, recordándome que mi momento de paz nocturna ha terminado. Me levanto con el cuerpo todavía perezoso, me doy una ducha rápida y trato de domar mi cabello antes de recogerlo en el moño bajo de siempre. Me pongo una falda de tubo gris que se ajusta a mis caderas —recordándome por qué prefiero los jerséis anchos— y una blusa de seda blanca abotonada hasta el cuello. Soy la viva imagen de la eficiencia editorial.
​Cuando llego a la oficina, el olor a café quemado y papel viejo me recibe como un abrazo familiar. Apenas dejo el bolso en mi cubículo, una sombra se proyecta sobre mi escritorio.
​—Vaya, Rossi. Ese color gris te sienta... profesional. Muy profesional.
​Ni siquiera necesito levantar la vista para saber que es Julian. Es uno de los editores junior, un tipo que se cree el protagonista de una comedia romántica de serie B. Siempre lleva demasiada gomina en el pelo y una sonrisa que me hace querer esconderme detrás de mi diccionario de la RAE.
​—Buenos días, Julian —respondo sin apartar la vista de la pantalla, abriendo mi correo—. Tengo tres manuscritos que corregir antes del mediodía.
​Él no se da por aludido. Se apoya en el borde de mi mesa, invadiendo mi espacio personal con ese perfume dulzón que marea.
​—Sabes, Nadia, he oído que han abierto un sitio nuevo, The Vault. Dicen que es exclusivo, oscuro... muy tu estilo, aunque no lo admitas. Deberíamos ir este viernes. Podríamos discutir ese contrato de la biografía del senador y luego... ver a dónde nos lleva la noche.
​Me obligo a no poner los ojos en blanco. Julian siempre intenta lo mismo: mezclar el trabajo con una invitación que claramente busca otra cosa. Sus ojos recorren mi figura, deteniéndose un segundo de más en el escote de mi blusa y luego bajando hacia donde la falda se tensa sobre mis muslos mientras estoy sentada. Me muevo incómoda en la silla.
​—Gracias, Julian, pero el viernes tengo planes con mis libros. Y el contrato del senador ya está cerrado.
​—Eres un hueso duro de roer, Rossi. Pero me gustan los retos —dice, guiñándome un ojo antes de enderezarse—. Algún día vas a dejar de corregir la vida de los demás y vas a empezar a vivir la tuya. Y ese día, espero ser el primero en la lista.
​Se marcha dándole un golpe juguetón a la pared de mi cubículo. Suelto un suspiro de alivio, frotándome las sienes. A veces desearía ser invisible, que mi cuerpo no fuera una invitación para hombres como Julian, que solo ven la superficie y no entienden que lo último que quiero es ser el "reto" de nadie.
​Media hora después, el interfono de mi mesa suena. Es el Señor Miller, el director de la oficina.
​—Rossi, a mi despacho. Ahora.
​Me levanto, alisándome la falda con nerviosismo. Miller rara vez llama a alguien a estas horas a menos que haya un incendio que apagar o un favor que pedir.




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