Nadia
El despertador suena con su insistencia habitual, pero hoy no me arrastra a la rutina de las luces fluorescentes y el café de máquina. Me permito un minuto extra entre las sábanas, disfrutando del silencio de mi apartamento. Hoy me toca teletrabajo, lo que significa que puedo cambiar la falda de tubo por unos leggins cómodos y el moño perfecto por una coleta deshecha.
Me instalo en la pequeña mesa de madera frente a la ventana de Wicker Park, con mi portátil y una taza de té humeante. El manuscrito que tengo entre manos es denso, una novela histórica sobre la prohibición en Chicago, y me sumerjo en las correcciones, tachando adjetivos innecesarios y puliendo diálogos. Hay algo terapéutico en poner orden en las palabras ajenas cuando la propia vida se siente como un borrador sin terminar.
Cerca de las once, mi teléfono empieza a vibrar, interrumpiendo el flujo de una frase sobre gánsteres de los años veinte. Es Izzy.
—Dime que no estás en pijama todavía, Rossi —su voz suena eléctrica, cargada de esa urgencia que siempre precede a un lío.
—Estoy trabajando, Izzy. Algunas personas tenemos que cumplir horarios, incluso desde casa —respondo con una sonrisa, apoyando el teléfono entre el hombro y la oreja.
—Olvida los horarios. Escucha: esta noche es el momento. Mi hermano no está en casa, Marco está ocupado con "asuntos de logística" y tengo dos pases VIP para The Vault. El club está en su apogeo y necesito que vengas conmigo.
Siento un nudo de duda en el estómago. El recuerdo de lo que Izzy me contó anoche —la sobreprotección de su hermano, el peligro latente— me hace retroceder instintivamente hacia mi zona de confort.
—No lo sé, Izzy... Ese sitio no es para mí. Además, tengo que terminar este capítulo y mañana Miller estará sobre mi cuello si no le envío el informe.
—Nadia, por favor. Llevas meses encerrada entre libros. Necesitas música alta, una copa que no sea vino barato y ver gente que no sea Julian intentando ligar contigo en el ascensor. Solo un par de horas. Si no te gusta, te pido un Uber y te devuelvo a tu cueva de papel.
—Izzy, de verdad, no creo que sea buena idea. Si tu hermano se entera...
—Mi hermano no se va a enterar. Estará encerrado en su despacho de cristal o haciendo lo que sea que hacen los hombres importantes a medianoche. Por una vez, Rossi, deja de ser la correctora y sé la protagonista. Di que sí.
Me quedo mirando la pantalla del portátil. Las palabras "ley seca" y "mafia" parecen burlarse de mí desde el documento de Word. Miro mis manos, manchadas ligeramente de tinta, y luego el vestido negro que cuelga detrás de la puerta del armario. Quizás Izzy tenga razón. Quizás estoy dejando que la vida me pase de largo mientras corrijo las comas de los demás.
—Está bien —susurro, sintiendo un extraño hormigueo de anticipación—. Iré. Pero si veo a un solo tipo con cara de pocos amigos, me largo.
—¡Esa es mi chica! Te recojo a las diez. Ponte ese vestido que resalta tus curvas, Nadia. Esta noche, Chicago es nuestra.
Cuelgo el teléfono y me quedo mirando el vacío. Mi corazón late un poco más rápido de lo normal.
Me paso el resto de la tarde con la mirada fija en el portátil, pero las palabras bailan ante mis ojos sin sentido. La invitación de Izzy zumba en mi cabeza como una abeja persistente. Finalmente, cierro la tapa del ordenador y me dirijo al baño.
Me tomo mi tiempo. Me doy una ducha caliente y uso ese gel de baño con aroma a vainilla que guardo para las ocasiones especiales. Al salir, me observo en el espejo empañado. Aplico un poco de máscara de pestañas para resaltar mis ojos castaños y un labial de un rojo sutil, casi mordido.
Me pongo el vestido que Izzy me obligó a comprar: un diseño de punto de seda negro, de cuello alto y manga larga, que parece recatado hasta que me giro y veo cómo se moldea a mis caderas y a mi trasero, marcando cada curva con una fidelidad que me hace tragar saliva. Me calzo unos tacones de aguja negros que me dan los centímetros de altura que la naturaleza me negó y me miro una última vez. No parezco la correctora de Wicker Park. Parezco... alguien que pertenece a la noche.
Izzy me recoge en un deportivo rugiente. Primero vamos a cenar a un restaurante de fusión asiática en el West Loop, un sitio con luces tenues y música chill-out donde el plato más barato cuesta lo que yo gano en tres días.
—Estás espectacular, Rossi —dice Izzy, brindando con un cóctel de color violeta—. Si mi hermano te viera ahora mismo, olvidaría todas sus estúpidas reglas sobre las "civiles".
—No creo que tu hermano se fije en alguien que se pasa el día buscando erratas en biografías de políticos —me río, aunque el comentario me deja una extraña calidez en el pecho.
Llegamos a The Vault pasadas las once. La cola rodea la manzana, pero Izzy camina hacia la puerta con una seguridad que asusta. El portero, un tipo que parece un armario empotrado con pinganillo, le dedica un asentimiento respetuoso y nos abre el cordón de terciopelo de inmediato.
Al entrar, el bajo de la música me golpea el pecho. El aire está cargado de perfume caro, alcohol de primera y esa vibración eléctrica que solo tienen los lugares donde el dinero y el peligro se dan la mano. Las luces azules y rojas bañan la pista de baile, creando sombras largas y distorsionadas.
Nos instalamos en una mesa alta cerca de la pista. Izzy pide una botella de champán y, en menos de diez minutos, la atención empieza a recaer sobre nosotras. O mejor dicho, sobre la combinación que formamos.
—Hola, preciosa. ¿Te han dicho alguna vez que tienes una mirada que invita al pecado? —un tipo con traje de lino y un reloj demasiado brillante se acerca a mí, invadiendo mi espacio.
—Muchas veces. Y siempre respondo que el pecado es una pérdida de tiempo —le digo con una sonrisa educada pero gélida, volviendo la cara hacia Izzy.
No es el único. A lo largo de la siguiente hora, al menos tres hombres más intentan su suerte. Uno intenta pasarme la mano por la cintura mientras bailamos, pero me escabullo con una agilidad que no sabía que tenía. Otro intenta invitarme a una zona privada, pero me limito a reír y a seguir moviéndome al ritmo de la música.
Bailo con Izzy, dejándome llevar por el estruendo. Me río, bebo el champán frío que raspa mi garganta y por primera vez en mucho tiempo, me siento ligera. Me siento libre de las expectativas de mis padres y de la monotonía de mi escritorio.
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Editado: 08.04.2026