Nadia
No sé cómo mis piernas me han traído hasta aquí. El trayecto desde el club hasta mi apartamento en Wicker Park es una mancha borrosa de luces de neón, bocinas y el sonido de mis propios pulmones silbando por el esfuerzo. He subido las escaleras de dos en dos, tropezando con el bajo de mi vestido, con el terror pegado a mi nuca como un aliento helado.
Entro en mi salón y cierro la puerta de golpe. Echo el cerrojo, la cadena y el pestillo de seguridad. Mis manos tiemblan tanto que el tintineo de las llaves parece un estallido en el silencio sepulcral de la casa.
Voy ventana por ventana, bajando las persianas con movimientos espasmódicos. El clac-clac-clac del plástico al caer me hace saltar. Necesito oscuridad. Necesito que el mundo exterior, ese donde los hombres mueren con un agujero en la frente en callejones húmedos, se quede fuera.
Me hundo en el suelo, abrazándome las rodillas. Cierro los ojos, pero la imagen está grabada en mis párpados: el destello del arma, el rostro impasible de Thiago Valdés —el hermano de mi mejor amiga— y la forma en que la vida se escapó de aquel hombre en un segundo. La frialdad. La eficiencia. La falta total de duda.
Mi teléfono vibra en el bolso. El susto me arranca un grito ahogado. Lo saco con dedos torpes. Es Izzy.
—¡Nadia! ¡Nadia, contesta, por favor! —su voz llega cargada de un pánico puro, casi histérico—. Te perdí de vista cuando saliste corriendo hacia los baños... ¡Te he buscado por todo el club! ¿Dónde estás?
—En casa... —mi voz es un hilo quebradizo—. Estoy en casa, Izzy.
Escucho un suspiro tembloroso al otro lado.
—Gracias a Dios. He visto a Marco movilizando a los de seguridad, algo ha pasado en el callejón y Thiago ha salido de su oficina como un demonio. Nadia, he visto tu cara antes de que salieras disparada por la puerta de emergencia. Estabas blanca. ¿Qué has visto?
Se me corta la respiración. Izzy estaba allí, buscándome, mientras yo presenciaba el horror.
—No puedo hablar de eso por teléfono, Izzy. No puedo... —sollozo, apretando el móvil contra mi oreja.
—Escúchame bien. Voy para allá ahora mismo. He cogido un taxi, estaré ahí en diez minutos. No le abras a nadie, ¿me oyes? Mi hermano ha vuelto a entrar al club hecho una furia preguntando por "la civil". No sé qué sabe, pero está fuera de control.
—¿Vienes con alguien? —el pánico me cierra la garganta—. Izzy, por favor, dime que no viene él. No puedo verlo, no después de...
—Vengo sola, Nadia. Te lo prometo. Él cree que me he ido a casa en el coche de Marco, pero me he escapado por la otra salida. Confía en mí. Llego enseguida.
Cuelga. Me quedo mirando la pantalla del móvil hasta que se apaga. Confío en Izzy. Ella es la única persona que no me juzga, la única que me ha dado una amistad real en esta ciudad. No me entregaría a su hermano, por mucho que sea su sangre.
Me quedo en la penumbra, escuchando el crujir de la madera de mi viejo piso. Cada sombra en el pasillo me parece la figura imponente de Thiago. Solo me queda esperar a que el sonido de los pasos de Izzy en el rellano me devuelva un poco de la cordura que he perdido esta noche.
Escucho unos pasos apresurados en el rellano y mi corazón da un vuelco de esperanza. Es ella. Tiene que ser ella. Me levanto del suelo, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano, y me acerco a la puerta con los dedos temblando sobre el cerrojo.
—¿Izzy? —susurro, pegando la frente a la madera fría.
—Soy yo, Nadia. Ábreme, por favor —su voz suena quebrada, extraña, como si estuviera conteniendo un sollozo.
Giro la llave, retiro la cadena y abro la puerta con la urgencia de quien busca refugio en una tormenta. Pero el aire se me escapa de los pulmones en un grito sordo que se queda atrapado en mi garganta.
Izzy está allí, sí. Tiene los ojos rojos y las mejillas bañadas en lágrimas. Pero detrás de ella, llenando el pasillo con una presencia que parece devorar todo el oxígeno, está Thiago. Su traje impecable contrasta con la oscuridad del pasillo, y sus ojos verdes, fríos como el hielo del Michigan, se clavan en los míos. A su lado, Marco mantiene una expresión de piedra, vigilando los extremos del corredor.
Doy un paso atrás, tropezando con mis propios pies. El horror me recorre la espina dorsal.
—Izzy... ¿qué has hecho? —mi voz es un lamento roto—. Me dijiste... me juraste que vendrías sola.
Mi amiga rompe a llorar de verdad, cubriéndose la boca con una mano mientras Thiago entra en mi apartamento sin pedir permiso, obligándome a retroceder hasta el centro del salón.
—Lo siento, Nadia... lo siento muchísimo —balbucea Izzy entre sollozos—. Pero me interceptaron en el taxi. Thiago lo sabía todo... sabía que venía aquí. Me dijo que si no le abría la puerta, echaría la casa abajo. Lo he hecho por ti, de verdad. Si hubieras intentado huir, si hubieras desaparecido... habría sido mucho peor. Él no se detiene, Nadia. No se detiene nunca.
La traición me quema más que el miedo. Miro a Izzy, la única persona en la que confiaba, y veo cómo se rinde ante el poder de su sangre. Me siento pequeña, acorralada en mi propio santuario, ahora profanado por el hombre que hace una hora apretó un gatillo sin pestañear.
Marco cierra la puerta a nuestras espaldas y se queda allí, como una estatua de seguridad. El silencio en el apartamento es tan denso que puedo oír el tic-tac del reloj de la cocina.
Thiago se toma su tiempo. Se quita los guantes de cuero negro, dedo a dedo, y los deja sobre mi mesa de comedor, justo encima del manuscrito que estaba corrigiendo esta mañana. Su mirada recorre mi salón, mis libros, mis persianas bajadas, y finalmente regresa a mí. Se acerca lentamente, acortando la distancia hasta que puedo oler el aroma de su perfume caro mezclado con el olor metálico de la pólvora que todavía parece emanar de su piel.
—Sal de aquí, Isabella —dice Thiago. Su voz es un murmullo bajo, una vibración que me hace vibrar los huesos—. Marco, llévala al coche.
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Editado: 08.04.2026