Nadia
El sol de la mañana entra por el ventanal de la mansión con una crueldad insultante. Llevo horas sentada frente a un tocador de mármol, rodeada de mujeres que no conozco. Se mueven a mi alrededor con una eficiencia mecánica, peinando mi cabello en un recogido bajo y elegante, aplicando capas de maquillaje que pretenden ocultar la palidez de una mujer que no ha dormido.
—Está usted preciosa, signorina —murmura una de las modistas mientras ajusta los encajes.
No respondo. Mi reflejo me devuelve la imagen de una extraña. El vestido es una obra de arte de seda blanca, pero para mí pesa más que el plomo. Cada vez que el metal de una horquilla roza mi cuero cabelludo, recuerdo el pinchazo de la jeringuilla de Thiago en mi cuello.
—Nadia... —la voz de Izzy suena desde la puerta.
Las criadas se retiran, dejándonos solas. Izzy se acerca y me pone las manos sobre los hombros, mirándome a través del espejo.
—Estás... increíble. Mi hermano no va a poder quitarte los ojos de encima.
—¿Crees que me importa? —mi voz suena hueca—. Solo quiero que mis padres estén a salvo, Izzy.
Me estremezco al pensar en ellos. Mis padres, en su burbuja de lujo en el Upper East Side de Nueva York, rodeados de arte y filantropía, no tienen ni idea de que su única hija está a punto de casarse con el mayor criminal de Chicago para salvar el pellejo. Si supieran la verdad, moverían cielo y tierra con su fortuna para sacarme de aquí, y eso es precisamente lo que me aterra: que Thiago decida que son una molestia que debe ser "eliminada".
Él no ha enviado hombres a vigilar su casa, al menos no que yo sepa, y eso es casi peor. El silencio de Thiago respecto a ellos es su mayor amenaza. Mientras yo me porte bien, sus nombres no saldrán de su boca.
—No voy a pelear más, Izzy —digo, mirando mis manos entrelazadas sobre el regazo—. Dile a tu hermano que ganó. Voy a salir ahí fuera y voy a decir las palabras que quiere oír. Pero que no espere nada más de mí.
—Nadia, él solo quiere que la Vieja Guardia te vea como intocable... —intenta justificar Izzy.
—Él quiere un trofeo que no hable, Izzy. Y lo tendrá. Por la seguridad de mi familia en Nueva York, seré la mejor actriz de Chicago. No permitiré que sus manos manchadas de sangre lleguen hasta mi casa.
La modista regresa con el velo. Cuando lo colocan sobre mi cabeza, la realidad se vuelve borrosa. Me pongo de pie, sintiendo el crujido de la seda. Ya no soy Nadia Rossi, la editora independiente. Ahora soy una pieza en el tablero de los Valdés.
Escucho el sonido de los coches arrancando en el patio. El rugido de los motores parece el de bestias hambrientas. Me miro una última vez al espejo y me obligo a tragarme el nudo de mi garganta.
Caminaré hacia el monstruo y le daré mi mano. Que empiece la función.
Bajo las escaleras de mármol con el peso del vestido arrastrándose tras de mí como una mortaja de seda. Al llegar al gran vestíbulo, el aire se me escapa de los pulmones. Allí, junto a las enormes puertas de roble, están ellos. Mis padres, impecables, envueltos en ese aura de sofisticación de la Quinta Avenida que siempre me hizo sentir pequeña.
—¡Nadia! ¡Estás divina! —exclama mi madre, acercándose para besarme con cuidado.
—¿Papá? ¿Mamá? ¿Qué hacéis aquí? —mi voz es un hilo de incredulidad.
—Thiago envió un avión privado a Nueva York ayer por la tarde —responde mi padre, ajustándose los gemelos de oro mientras recorre con una mirada de aprobación las molduras bañadas en oro del techo—. Nos explicó que era una decisión impulsiva, un flechazo, pero que no podía casarse sin nosotros. Nadia... este hombre es una fuerza de la naturaleza. Su influencia aquí es... asombrosa.
Me acerco a ellos, aprovechando que Thiago aún no ha bajado. Necesito que me miren a los ojos. Que vean el terror.
—Escuchadme —susurro, agarrando el brazo de mi padre con desesperación—. No quiero hacer esto. Esta boda... es una locura. Tenéis que sacarme de aquí, por favor. Ni siquiera conocía a este hombre hace tres días...
Mi madre suelta una risita nerviosa y me acaricia el brazo, restándole importancia.
—Oh, cariño, son solo los nervios de la novia. Es normal tener dudas antes de un compromiso con un hombre de este calibre. Pero mira este despliegue, mira quién es él. Los Rossi siempre hemos valorado el poder, y Thiago Valdés emana autoridad.
—¡No es autoridad, papá! ¡Es peligro! —insisto, sintiendo que las paredes se me echan encima—. ¿No os parece raro? ¿Una boda de un día para otro? ¿Aviones privados? ¿Tantos guardias armados? ¡Preguntadme por qué me obligan!
Mi padre me mira con esa benevolencia condescendiente que tanto odio.
—Nadia, un hombre con sus raíces no pierde el tiempo. Es cubano, tiene esa pasión en la sangre, esa determinación de la que carecen los hombres de aquí. Nos ha tratado con una hospitalidad exquisita. No estropees tu gran día con estas niñerías.
Me quedo helada. Sus ojos no buscan mi miedo; están deslumbrados por la opulencia de los Valdés. La fortuna de mi familia en Nueva York es vasta, pero el despliegue de poder bruto y exótico de Thiago les ha nublado el juicio por completo. Ni siquiera se cuestionan por qué su hija tiene la mirada de alguien que va camino al patíbulo.
En ese momento, el sonido de unos pasos firmes y rítmicos resuena en la parte superior de la escalera. Levanto la vista y lo veo. Thiago.
Lleva un esmoquin negro que resalta su piel bronceada y sus facciones marcadas. Baja las escaleras con la arrogancia de un conquistador. Se sitúa a mi lado y me rodea la cintura con una mano firme, una posesión silenciosa que me quema.
—Veo que la familia está reunida —dice Thiago. Su acento cubano, suave pero peligroso, llena el vestíbulo—. Es hora de irnos. La catedral nos espera.
Mi padre le estrecha la mano con un entusiasmo que me da náuseas. Mi madre le sonríe, encantada por su carisma. Y yo... yo me hundo en el silencio. Mis propios padres me han entregado al lobo, seducidos por el brillo de sus colmillos.
—¿Lista, mi vida? —me susurra Thiago al oído, usando ese tono posesivo que me recuerda que, a partir de hoy, mi nombre le pertenece.
No respondo. Solo dejo que me guíe hacia el coche blindado, sabiendo que en esta guerra contra el clan Valdés, acabo de perder a mis únicos aliados.
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Editado: 08.04.2026