Nadia
Me despierto con la sensación de que el techo de la habitación se me cae encima. He pasado la noche en vela, escuchando el crujir de los muebles y el silencio sepulcral de una casa que no es la mía. A pesar del cansancio extremo, mis ojos se negaban a cerrarse, vigilando la puerta con una mezcla de terror y una extraña, humillante expectativa.
Pero la puerta nunca se abrió. Thiago no volvió.
A las ocho de la mañana, el sonido de la llave girando me hace saltar de la cama. Es Izzy. Entra con una sonrisa forzada y una bandeja de café, pero sus ojos evitan los míos.
—Buenos días, Nadia. He pensado que querrías bajar a desayunar al jardín. Hace un día despejado —dice, intentando fingir normalidad.
Me pongo una bata de seda color crema sobre el camisón, sintiéndome como un fantasma en su propio castillo. Bajo las escaleras en silencio, siguiendo a Izzy hasta el comedor de diario, donde los ventanales dan a un patio interior lleno de flores que parecen demasiado perfectas para ser reales.
Justo cuando me siento a la mesa y rodeo la taza de café con mis manos frías, la puerta principal de la mansión se abre con un estruendo.
Es él.
Thiago entra en el comedor con el paso pesado de quien no ha dormido y la mandíbula apretada. Se ha quitado la chaqueta del esmoquin y la lleva colgada de un dedo sobre el hombro. La camisa blanca está desabrochada por los tres primeros botones y las mangas están remangadas, revelando sus antebrazos fuertes y... algo más.
Se detiene frente a la mesa, ignorando la mirada de advertencia de su hermana. El olor a tabaco, alcohol caro y un perfume de mujer dulzón y barato emana de él como una neblina. Es una bofetada en pleno rostro.
Me fijo en su cuello y en la parte superior de su pecho, donde la piel bronceada está surcada por varios arañazos rojos, largos y frescos. Son marcas de uñas. Marcas de una pelea... o de un encuentro que nada tiene que ver con la castidad de una noche de bodas.
Siento una punzada de algo que no quiero identificar. No es celos —no puedo tener celos de un monstruo—, es puro asco y una indignación que me quema la garganta.
—Vaya —digo, y mi voz suena mucho más firme y afilada de lo que esperaba—. Veo que el "negocio" en el club ha sido muy productivo, Thiago.
Él me mira, sus ojos verdes inyectados en sangre fijándose en los míos. No intenta ocultarlo. No hay vergüenza en su expresión, solo una frialdad agotada.
—Ha sido una noche larga, Nadia —responde con voz ronca.
Me levanto lentamente, dejando la servilleta sobre la mesa con una elegancia que me sorprende a mí misma. Me acerco a él hasta que estoy a un paso, lo suficiente para ver de cerca las heridas en su piel. Izzy se queda petrificada, mirando del uno al otro.
—Deberías tener cuidado con la fauna que frecuentas —susurro, señalando con la mirada los arañazos de su pecho—. Dile a la gata de anoche que debería cortarse las uñas. Te ha dejado todo marcado. Es un poco antiestético para el gran Verdugo de Chicago, ¿no crees?
Thiago se tensa. Veo cómo el músculo de su mandíbula salta y sus ojos se oscurecen, reflejando una chispa de la furia que traía de la calle. Por un segundo, creo que va a gritarme, o peor, a tocarme.
—Nadia, basta —interviene Izzy con voz temblorosa—, Thiago ha tenido mucho trabajo y él no sería capaz de estar con otra persona habiéndose casado contigo.
—No, Izzy. Está bien —la corta él, sin apartar la vista de mí. Se inclina un poco hacia delante, invadiendo mi espacio con ese aroma a traición—. Tienes razón, esposa mía. Hay fieras que son difíciles de domesticar. Pero no te preocupes por mi estética; me he enfrentado a cosas mucho más peligrosas que unas uñas afiladas.
—No lo dudo —respondo, retrocediendo un paso con una sonrisa gélida—. Solo espero que la próxima vez seas más discreto. No por mí, me importa poco lo que hagas con tu vida, sino por el servicio. Sería una lástima que pensaran que su nuevo jefe no sabe controlar a sus... mascotas.
Me doy la vuelta y salgo del comedor con la cabeza alta, dejando a Thiago solo con su resaca y sus marcas de guerra. Al llegar a la escalera, tengo que apoyarme en el pasamanos porque las piernas me flaquean. El juego ha empezado, y me acabo de dar cuenta de que el odio es un combustible mucho más potente que el miedo.
Subo a la habitación y cierro la puerta con un golpe seco, pero la rabia no se queda fuera. Me hundo en el sillón orejero junto al ventanal y abro el primer libro que encuentro en la estantería de caoba; no sé ni de qué trata, las letras bailan ante mis ojos mientras mi mente proyecta una y otra vez la imagen de sus heridas.
Pocos minutos después, la puerta se abre. Thiago entra con paso pesado, ignorando mi presencia como si yo fuera un mueble más de la estancia. Se mueve con una eficiencia sombría, arrojando la camisa blanca, ahora hecha un jirones de tela sucia, directamente al suelo.
—¿No tienes un probador privado en esta mansión de cincuenta habitaciones? —suelto sin levantar la vista del libro, aunque mis dedos aprietan las páginas con fuerza.
—Esta es mi suite, Nadia. Acostúmbrate —responde él con voz ronca, sin detenerse.
Escucho el sonido metálico de su cinturón al desabrocharse. Por el rabillo del ojo, veo cómo se despoja de los pantalones de vestir. Intento mantener la vista fija en el papel, pero la curiosidad es un impulso traicionero. Levanto la mirada justo cuando se queda solo en ropa interior, dándome la espalda antes de entrar al baño.
Se me corta la respiración.
No son solo los arañazos del cuello. Su espalda es un mapa de violencia. Hay marcas de uñas que bajan por sus omoplatos, profundas y rojas, pero lo que me hiela la sangre son las cicatrices antiguas que se mezclan con las nuevas: marcas de balas, surcos de cortes que debieron ser mortales. Es el cuerpo de un hombre que vive y respira muerte.
—Eres un animal —la palabra sale de mi boca antes de que pueda frenarla.
Thiago se detiene en el umbral del baño y se gira lentamente. Su torso está al descubierto, y ahí las marcas de la noche anterior son aún más evidentes. Arañazos que cruzan sus costillas, marcas de dientes en el hombro... un festín de lujuria salvaje que ocurrió mientras yo temblaba de miedo en esta cama.
—¿Te molesta la vista, esposa mía? —pregunta él con una sonrisa cruel, dando un paso hacia mí. Su desnudez no parece incomodarlo; la usa como un arma.
—Me da asco —cierro el libro de golpe y me pongo de pie, enfrentándolo—. Me da asco que me hables de "protección" y de "familia" mientras hueles a otra mujer. Me da asco que me hayas arrastrado a esta farsa para que ahora todos vean cómo te dejas marcar como un perro por una cualquiera.
—Esa "cualquiera", como tú la llamas, al menos no me mira como si fuera un virus —gruñe él, acortando la distancia hasta que puedo sentir el calor que emana de su piel, mezclado con el aroma a ron—. Ella sabe quién soy. No espera que sea un santo.
—¡Yo tampoco espero que seas un santo! ¡Sé perfectamente que eres un asesino! —le grito, señalando las marcas de su pecho—. Pero ten un poco de dignidad. Si vas a revolcarte con gatas callejeras, hazlo en un callejón, que es donde perteneces. No traigas sus restos a la habitación dónde me retienes.
Thiago me agarra de las muñecas con una rapidez que me asusta. Sus manos están calientes y sus ojos verdes brillan con una intensidad peligrosa.
—¿Quieres dignidad, Nadia? Dignidad es lo que te di en ese altar cuando tus padres te vendieron al mejor postor sin pestañear. Ellos sabían quién era yo, y aun así te empujaron a mis brazos porque mi dinero brilla más que su moral.
—¡No metas a mis padres en esto! —forcejeo, pero es inútil.
—¡Tus padres están ahora mismo desayunando en un hotel de cinco estrellas pagado con la sangre que esas marcas representan! —me ruge a escasos centímetros de la cara—. Así que no me hables de asco. Si quieres una vida limpia, vuelve a tus libros y deja de mirar lo que no puedes entender.
Me suelta con desprecio y se encamina al baño, cerrando la puerta con un estruendo que hace vibrar los cristales. Un segundo después, escucho el sonido del agua cayendo con fuerza.
Me desplomo en el sillón, temblando. No son celos, me repito a mí misma mientras las lágrimas de rabia me nublan la vista. Es el odio de saber que estoy atada a un hombre que es puro instinto y violencia, y que mi propia familia ha bendecido las cadenas que me sujetan a él.
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Editado: 08.04.2026