Nadia
El teléfono vibra sobre la mesa de noche con una insistencia que me taladra las sienes. Me quedo mirando la pantalla unos segundos, viendo el nombre: "Mamá". Un nudo de náuseas se me instala en el estómago. Después de la humillación de este mediodía con la amante de Thiago y la pelea en la habitación, lo último que necesito es escuchar la voz de la mujer que me entregó al lobo con un lazo de seda.
Finalmente, descuelgo.
—¿Nadia? ¡Cariño! ¡Ya estamos en casa! —la voz de mi madre suena vibrante, llena de una energía artificial que me resulta insoportable—. El vuelo de regreso fue una maravilla. El jet de Thiago es... bueno, simplemente otro nivel.
—Me alegro, mamá —respondo, mi voz suena plana, desprovista de cualquier rastro de afecto—. ¿Habéis llegado bien al Upper East Side?
—Oh, sí, sí. Y no te lo vas a creer, pero en el aeropuerto de Teterboro ya nos estaban esperando todos. ¡Fue una sorpresa preciosa! Julian estaba allí con un ramo de orquídeas para mí, y la novia de tu padre, esa chica rubia tan mona... ¿cómo se llama? Ah, sí, Tiffany... bueno, ella trajo champán. ¡Parecía que la celebración de la boda continuaba en Nueva York!
Cierro los ojos con fuerza, apretando el auricular contra mi oreja. Ahí está. La realidad de mi "familia". Mis padres, divorciados desde hace años pero unidos por el amor al estatus, celebrando sus propias vidas paralelas mientras yo estoy atrapada en una jaula en Chicago. Mi madre con su amante eterno, mi padre con su "trofeo" de turno. Todos felices, todos financiados indirectamente por el miedo que yo siento cada vez que escucho los pasos de Thiago en el pasillo.
—Nadia, de verdad, estamos tan emocionados con este matrimonio —continúa ella, ignorando mi silencio sepulcral—. Thiago es... es tan generoso, tan protector. Se nota que te adora. Ese brillo en sus ojos cuando te mira...
—¿Brillo, mamá? —suelto una carcajada amarga que se corta en seco—. Lo que viste fue el reflejo del acero, no amor.
—Ay, cariño, siempre tan dramática. Son los nervios del cambio de vida. Pero escúchame bien: Julian y yo ya estamos planeando una visita. Queremos ir a Chicago en un par de semanas para que nos hagáis un tour por la ciudad y ver vuestra nueva casa con calma. ¡Tengo tantas ganas de veros juntos de nuevo!
—No, mamá. Ahora no es un buen momento...
—¡Tonterías! Le diré a Thiago que nos organice el viaje. Él es tan eficiente... Bueno, te dejo, que Julian ha reservado en Le Bernardin para celebrar vuestra unión. ¡Te queremos, descansa mucho!
El tono de colgar suena como una bofetada. Dejo caer el teléfono sobre la cama y me abrazo a mí misma, sintiendo un frío que no tiene nada que ver con el aire acondicionado de la mansión.
Mis padres no solo no se han dado cuenta de mi infelicidad; han decidido ignorarla activamente. No les importa si mi marido tiene marcas de otra mujer en la espalda o si me inyectó un sedante para traerme aquí. Solo ven el jet privado, las cenas de lujo y la seguridad de que su hija está "bien colocada" con un hombre poderoso.
Estoy sola. Completamente sola en este nido de víboras. Ni siquiera en Nueva York, a mil kilómetros de distancia, hay alguien que quiera escuchar la verdad. Para ellos, soy la protagonista de un cuento de hadas; para Thiago, soy un problema que resolver; y para mí misma... ya no sé quién soy.
Me levanto y me miro al espejo. El maquillaje de la boda ha desaparecido, revelando las ojeras que Thiago notó y que mis padres ignoraron. Me pregunto cuánto tiempo podré aguantar este teatro antes de que las paredes de esta mansión terminen por asfixiarme del todo.
El eco de la llamada de mi madre todavía zumba en mis oídos cuando unos golpes suaves en la puerta me obligan a parpadear. No es el golpe autoritario de Thiago, ni el roce profesional del servicio. Es Izzy.
Entra con una timidez que contrasta con la furia que, según he oído, acaba de descargar en el despacho de su hermano. Trae una tetera pequeña y dos tazas, un gesto de normalidad que me resulta casi doloroso en este entorno de traiciones.
—Nadia... yo... —comienza, dejando la bandeja en la mesa baja—. Quería pedirte perdón. De nuevo. Lo que pasó hoy con Kat en el comedor... y lo de anoche... no tengo palabras. No es así como se supone que debe ser esta familia.
Me abrazo a las rodillas en el sillón, observándola. Izzy parece genuinamente destrozada por el comportamiento de Thiago.
—Tus padres parecían muy felices en las fotos que he visto en el pasillo —digo en un susurro, tratando de encontrar un ancla de realidad—. ¿De verdad eran así?
—Se adoraban —dice Izzy, y sus ojos se iluminan con una nostalgia agridulce—. Papá era un hombre duro, sí, este mundo lo exige, pero cuando miraba a mamá... el mundo se detenía. Thiago creció viendo eso. Por eso no entiendo por qué se está comportando como un salvaje contigo. No es lo que nos enseñaron.
Izzy suspira y sirve el té. El vapor sube entre nosotras como una cortina de humo.
—A veces olvido que Thiago carga con todo esto solo desde que Dante se fue —suelta ella de repente, como si fuera un pensamiento en voz alta.
Me quedo helada. Levanto la vista rápidamente, clavando mis ojos en los suyos.
—¿Dante? —pregunto, sintiendo un escalofrío—. No sabía que tenías otro hermano. Thiago nunca... nadie ha mencionado a un tercer Valdés.
Izzy se tensa, dándose cuenta de que ha abierto una caja que suele estar sellada con acero. Se muerde el labio, pero decide que, después de lo de hoy, me debe la verdad.
—Dante Valdés —dice, y el nombre suena rudo, pesado, como el metal chocando contra el suelo—. Él es el mayor. Debería haber sido el heredero, el que llevara el anillo del Verdugo. Pero Dante y Thiago son... diferentes. En todos los aspectos imaginables.
—¿A qué te refieres? —mi curiosidad lucha contra mi miedo.
—Thiago tiene códigos, Nadia. Aunque ahora no lo parezca, él cree en el orden, en la lealtad, en mantener el imperio a flote para protegernos. Dante... Dante es el caos puro. Le gustaba la violencia por la violencia. No quería gobernar Chicago, quería verla arder. Chocaron tantas veces que la mansión parecía una zona de guerra.
Izzy toma un sorbo de té, con la mirada perdida en el jardín.
—Cuando papá murió, la ruptura fue definitiva. Dante quería masacrar a las familias rivales en una noche roja; Thiago quería diplomacia y control. Al final, se alejaron de la peor manera posible. Dante se marchó, se llevó a una parte de los hombres más sanguinarios y juró que nunca volvería mientras Thiago estuviera al mando. Thiago se quedó conmigo, se hizo cargo de todo... se convirtió en este hombre de piedra para que yo pudiera seguir teniendo un hogar.
Me quedo en silencio, procesando la información. Thiago no es solo un asesino por elección; es el hermano que se quedó a recoger los pedazos mientras el primogénito, el verdadero monstruo, desaparecía en las sombras.
—¿Dónde está Dante ahora? —pregunto, sintiendo que el tablero de ajedrez en el que estoy atrapada acaba de hacerse mucho más grande.
—Nadie lo sabe con certeza. Algunos dicen que está en la costa, otros que ha montado su propio infierno en el sur. Thiago ha prohibido pronunciar su nombre en esta casa. Para él, Dante está muerto.
Dejo la taza sobre la mesa. La revelación de Izzy no hace que Thiago sea un santo, pero añade una capa de oscuridad que no esperaba. Él no solo lucha contra la Vieja Guardia o la policía; lucha contra el fantasma de un hermano que representa todo lo que él intenta no ser... aunque anoche, en los brazos de Kat, se pareciera más a ese Dante que describe Izzy de lo que le gustaría admitir.
—Tu familia es un pozo sin fondo, Izzy —digo, recostándome en el asiento—. Y yo acabo de caer en él sin paracaídas.
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Editado: 08.04.2026