La esposa del verdugo

8 Jaula de cristal

Nadia

Ha pasado una semana desde el día de la boda, siete días que se han sentido como un siglo encerrada en esta suntuosa prisión de mármol y seguridad privada. Mi rutina se ha reducido a desayunos silenciosos con Izzy, tardes en la piscina bajo la vigilancia de hombres armados y noches en vela escuchando los pasos de Thiago por el pasillo, preguntándome si cumplirá su promesa de no volver a tocar a otra... o si simplemente ha aprendido a ser más discreto.
Estoy en la biblioteca, intentando concentrarme en un manuscrito, cuando mi teléfono personal —el que Thiago me devolvió tras "limpiarlo"— rompe el silencio.
Es el Señor Miller, mi jefe en la editorial de Nueva York. Siento un vuelco en el corazón. Mi trabajo, mi verdadera vida, llamando a la puerta de este caos.
—¿Nadia? ¡Dichosos los ojos! O mejor dicho, ¡dichosa la oreja! —La voz de Miller suena inusualmente jovial, casi servil—. Vaya sorpresa nos has dado a todos, querida.
—Hola, señor Miller. Siento no haber llamado antes, las cosas han sido... precipitadas.
—¡Precipitadas dice! —Suelto un bufido contenido al oír su risita—. Tu marido, el señor Valdés, me llamó personalmente hace un par de días para informarme de la boda. Me envió una caja de puros cubanos y una nota que ha dejado a toda la oficina de piedra. Nadia, ¿por qué no me dijiste nunca que eras la pareja de Thiago Valdés?
Me quedo sin habla. Visualizo a Thiago en su despacho, moviendo los hilos de mi carrera profesional con la misma frialdad con la que mueve sus cargamentos.
—Eso cambia muchas cosas, Nadia —continúa Miller, y noto la codicia filtrándose en su tono—. Tener a alguien con tu... "influencia" en la editorial abre puertas que ni siquiera sabíamos que existían. Los inversores están encantados. Digamos que tu posición ha subido unos cuantos peldaños de la noche a mañana.
Bufo con amargura, apartando la vista de las estanterías de caoba. Para Miller, no soy una mujer atrapada; soy un activo financiero con un apellido poderoso.
—Me alegra que los inversores estén felices —digo con sarcasmo, aunque él no parece notarlo—. ¿Para qué me llamaba exactamente?
—Bueno, para saber cuándo piensas incorporarte, por supuesto. Tu baja por "asuntos personales" ya ha durado bastante y tenemos el lanzamiento de la temporada de otoño encima. ¿Cuándo vuelves a la oficina? ¿El lunes?
El aire se me escapa de los pulmones. No sé qué responder. Miro hacia la puerta de la biblioteca, sabiendo que fuera hay dos guardias cuya única misión es que yo no cruce el perímetro de la mansión sin permiso.
—Yo... todavía no estoy segura, señor Miller. Hay detalles logísticos que tengo que organizar aquí en Chicago.
—Bueno, no tardes mucho. Tu despacho te espera, y ahora más que nunca. Dale mis saludos a tu marido. Es un hombre... fascinante.
Cuelgo el teléfono y lo dejo caer sobre la mesa como si quemara. La pregunta de Miller se queda flotando en el aire como una sentencia: ¿Cuándo vuelves al trabajo? La realidad me golpea con una fuerza brutal. No sé si Thiago me dejará volver. No sé si el contrato que firmamos incluía mi libertad profesional o si pretende tenerme aquí, como un adorno más en su colección de objetos caros, esperando a que el año pase mientras mi carrera se deshace en cenizas.
Escucho pasos firmes acercándose. Reconozco ese ritmo. Es él.
Thiago entra en la biblioteca, todavía con la chaqueta puesta, oliendo a aire fresco y a ese poder oscuro que lo envuelve. Me mira de arriba abajo, deteniéndose en el teléfono que aún tengo en la mano.
—¿Problemas? —pregunta, arqueando una ceja.
—Era Miller —respondo, levantándome para enfrentarlo—. Quiere saber cuándo me incorporo a la oficina. Y la verdad, Thiago, me he dado cuenta de que yo tampoco tengo la respuesta. ¿Me vas a dejar volver a mi vida, o este matrimonio también incluye mi renuncia a todo lo que soy?
Me cruzo de brazos, sosteniéndole la mirada mientras el eco de la voz de Miller aún resuena en mi cabeza. El silencio en la biblioteca se vuelve denso, solo roto por el tictac de un reloj de pared que parece contar los segundos de mi libertad. Thiago se acerca a mi escritorio con esa parsimonia de depredador, dejando las llaves del coche sobre la madera con un sonido metálico.
—No voy a hacer que renuncies a tu trabajo, Nadia —dice, y su voz es tranquila, con ese rastro del Caribe que lo hace sonar tan seductor como peligroso—. No me interesa tener a una mujer marchitándose entre estas paredes sin nada que hacer más que odiarme. Sé que tu carrera es lo único que te queda de tu identidad en esta ciudad.
Suelto un suspiro de alivio que no puedo contener, pero la sospecha vuelve a mí de inmediato.
—He hablado con Miller ahora mismo —le digo, señalando el teléfono—. Estaba eufórico, Thiago. Demasiado. Me ha dicho que hablaste con él. ¿Qué le has dicho exactamente? Dime que no lo has amenazado. Conozco a ese hombre; es un arrogante de Chicago que solo respeta el éxito, pero no quiero que mi carrera se base en el miedo que te tengan a ti.
Thiago suelta una media sonrisa, una expresión oscura que no llega a sus ojos. Se apoya en el borde del escritorio, invadiendo mi espacio personal con su imponente presencia cubana.
—No lo he amenazado, mi vida. No ha hecho falta —responde, y hay un brillo de suficiencia en su mirada—. Pero tienes razón, es un arrogante. Me bastó con dejarle los puntos claros sobre quién es su empleada ahora. Le hice entender que no eres una simple editora a la que pueda explotar con horarios absurdos aquí en el centro.
—¿Y qué significa eso de "dejarle los puntos claros"? —pregunto, sintiendo que la sangre me hierve—. Es mi jefe, Thiago. Llevo años labrándome un nombre en esa editorial de Chicago.
—Significa que le di una advertencia sobre mí mujer —dice él, encogiéndose de hombros como si hablara del tiempo—. Le recordé que ahora eres una Valdés. Y que cualquier falta de respeto, cualquier presión innecesaria o cualquier descuido hacia tu seguridad, sería tomado como una ofensa personal hacia mí. Digamos que ahora tiene muy claro que su bienestar depende de lo feliz que tú estés en esa oficina.
Me quedo helada. No ha usado una pistola, pero ha usado su apellido, que en Chicago es mucho más letal que cualquier calibre. Ha marcado mi territorio profesional con su sombra.
—Has convertido mi trabajo en otra extensión de tu control —le recrimino, aunque una parte de mí sabe que Miller no se atreverá a presionarme nunca más—. No necesitaba que me "defendieras" de esa manera.
—En mi mundo, Nadia, la protección no es opcional —se levanta, quedando a pocos centímetros de mí—. Puedes volver a la oficina. Pero irás con mis hombres. Estarán en la puerta, en el parking, en cada rincón. Tu lugar está donde yo pueda asegurarme de que nadie te toque.
Se da la vuelta para salir, pero se detiene en el umbral, mirándome por encima del hombro con esa intensidad que me confunde.
—Y no te preocupes por Miller. Ahora es tu mayor admirador. El miedo es un motivador mucho más honesto que la admiración, ¿no crees?
Sale de la biblioteca dejándome con un sabor agridulce. Tengo mi trabajo de vuelta, sí, pero el precio ha sido aceptar que la marca de los Valdés ahora mancha incluso los pasillos de mi editorial.




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