Nadia
Me miro en el espejo del vestidor mientras me ajusto la americana de lino. Mis ojos todavía guardan el rastro de la falta de sueño, pero no es por la angustia de los días anteriores. Es por él.
Aún no puedo creer lo que pasó anoche. Estábamos allí, en nuestra cama, el aire cargado de una electricidad que amenazaba con consumirlo todo, y entonces se lo dije. Esperaba que Thiago, el hombre que toma lo que quiere cuando quiere, simplemente ignorara mi confesión y siguiera adelante. Pero se detuvo. Se quedó de piedra, me miró como si fuera una pieza de cristal antiguo que temiera romper y me dijo que no era el momento. Que tenía que pensarlo bien, que quería que estuviera segura de si realmente quería que fuera él, un hombre con las manos manchadas, quien fuera el primero.
Ese gesto de contención me dolió y me reconfortó a partes iguales. Me demostró una caballerosidad que su armadura de tipo duro cubano suele ocultar. Y aunque me muerda la lengua antes de admitirlo en voz alta, sé que mis sentimientos están mutando. Ya no es solo miedo o desafío; hay algo más profundo, algo que se siente peligrosamente como afecto.
—Señora, el coche está listo —la voz de Marco me devuelve a la realidad desde el pasillo.
Bajo las escaleras y lo encuentro allí, impecable, con su expresión de piedra y ese bulto bajo la chaqueta que me recuerda que, aunque hoy vaya a trabajar, sigo siendo el objetivo más valioso de Chicago.
Cruzar la puerta de la editorial después de una semana se siente como entrar en una dimensión paralela. El murmullo habitual de las teclas y las discusiones sobre fuentes tipográficas se corta en seco cuando entro escoltada por Marco. Las miradas de mis compañeros oscilan entre la curiosidad y un pánico mal disimulado.
—¡Nadia! ¡Nuestra estrella! —Miller aparece casi corriendo, con una sonrisa tan amplia que parece dolerle.
—Hola, señor Miller. He venido para...
—Olvida lo que tenías antes, querida —me interrumpe, guiándome hacia la zona de las oficinas principales—. Tienes un nuevo despacho. El más grande de esta planta, con vistas al río.
Me quedo sin habla cuando abre la puerta. Es el doble de grande que mi cubículo anterior. Muebles de diseño, luz natural a raudales y una placa en la puerta que reza: Jefa de Corrección y Redacción.
—Señor Miller, esto no es necesario —le digo, sintiendo un nudo de incomodidad—. Yo estaba bien en mi puesto. No quiero tratos de favor por... por mi matrimonio.
—¡Tonterías! —insiste él, gesticulando con las manos—. Es un puesto que te mereces. Además, este cargo permite teletrabajar mayoritariamente, lo cual sé que es conveniente para tu... nueva logística familiar. Pero espera a ver esto.
Me señala una pila de manuscritos sobre la mesa. No son las novelas de bolsillo baratas o los manuales técnicos que solía corregir. Son obras de autores de renombre, manuscritos que cualquier editor mataría por tocar.
—Estos libros... —susurro, pasando la mano por el papel de alta calidad—. No tienen nada que ver con lo que hacíamos antes. Son mucho mejores.
—Lo mejor para la mejor —dice Miller con un guiño servil.
Sé perfectamente que esto es obra de Thiago. Ha movido hilos, ha inyectado dinero o simplemente ha dejado caer su nombre para que mi carrera despegue de forma meteórica. Me siento dividida: una parte de mí odia que mi éxito esté ligado a su poder, pero la otra, la que ama la literatura, no puede evitar emocionarse al tener estos textos entre las manos.
Me siento en mi silla de cuero nueva y miro a Marco, que se ha apostado junto a la puerta del despacho como una gárgola silenciosa. Suspiro y abro el primer manuscrito. Thiago me ha dado la jaula más hermosa del mundo, y lo peor es que estoy empezando a querer al carcelero.
Todavía estoy asimilando el olor a papel nuevo y el silencio reverencial de mi nuevo despacho cuando el teléfono vibra sobre la mesa de caoba. Al ver el nombre de Thiago en la pantalla, mi corazón da un vuelco que me molesta reconocer.
No es una orden. No es una advertencia de seguridad. Es un mensaje.
Thiago: ¿Cómo va el primer día en tu nuevo reino, nena? Espero que Miller se esté portando bien. Si no, dímelo y tendré que recordarle quién manda en Chicago. Disfruta de esos libros, sé cuánto te gustan. Te espero para cenar. ❤️
Me quedo mirando la pequeña flor roja al final de la frase. Ese corazón parece una mancha de sangre en la pantalla, pero se siente como algo mucho más cálido. Es extraño ver este lado de él; el hombre que anoche me protegió de sus propios impulsos es el mismo que ahora me escribe con una ternura que me desarma.
Marco me observa desde la puerta con una ceja alzada, probablemente intuyendo por qué sonrío como una idiota frente al teléfono. Trato de recuperar mi compostura de "Jefa de Redacción", pero mis dedos ya están volando sobre el teclado.
Nadia: El "reino" es excesivo, Thiago, pero los manuscritos son increíbles. Casi me haces olvidar que eres un mafioso manipulador... casi. Gracias por esto, de verdad. Nos vemos en la cena. Yo también tengo ganas de verte. 😊
Bloqueo el teléfono y lo aprieto contra mi pecho un segundo. Es una locura. Hace una semana quería escapar de él a toda costa y ahora estoy contando las horas para volver a esa mansión.
—¿Todo bien, señora? —pregunta Marco con su voz ronca.
—Todo perfecto, Marco —respondo, abriendo el primer manuscrito con una energía renovada—. Vamos a trabajar.
El resto de la mañana vuela. Corrijo párrafos, anoto sugerencias en los márgenes y por primera vez en mucho tiempo, siento que mi cerebro vuelve a funcionar al cien por cien. Sin embargo, cada vez que la puerta se abre o escucho un ruido fuerte, busco instintivamente la mirada de Marco, recordando que mi nueva vida de éxito editorial viene con un precio: la sombra de los Valdés nunca me dejará caminar sola.
El reloj marca las doce y media y el hambre empieza a ganarle la partida a la literatura. No quiero bajar a la cafetería de la editorial; no tengo ganas de enfrentarme a los susurros en los pasillos ni a las reverencias de Miller. Además, dejar a Marco plantado en la puerta mientras yo como me parece una crueldad innecesaria.
—Marco —lo llamo, levantando la vista del manuscrito—. No pienso bajar. Voy a pedir algo de ese restaurante tailandés que hay a la vuelta. ¿Qué te apetece? Pide para los dos.
Él me mira sorprendido, parpadeando tras su máscara de profesionalismo.
—Señora, yo puedo comer más tarde. Mi deber es estar atento...
—Tu deber ahora mismo es hacerme compañía —lo interrumpo con una sonrisa suave—. No me gusta comer sola y este despacho es demasiado grande para una sola persona. Siéntate. Es una orden de la "Jefa".
Veinte minutos después, estamos los dos sentados en la mesa de juntas de mi despacho, con botes de fideos humeantes entre nosotros. Marco se quita la chaqueta, revelando la funda de su arma, pero sus movimientos son más relajados. La comida parece romper el hielo de cristal que siempre nos separa.
—Está muy bueno —admite él, manejando los palillos con una destreza que no esperaba.
—Dime una cosa, Marco —le pregunto, observándolo con curiosidad—. ¿Cuánto tiempo llevas con Thiago? Te sigue como si fueras su propia sombra.
Él deja los palillos un momento y su mirada se vuelve nostálgica, perdiendo esa dureza de escolta.
—Toda la vida, Nadia. Mi padre fue el jefe de seguridad de su padre, el viejo Valdés. Thiago y yo crecimos corriendo por los mismos pasillos de la mansión. Para mí, él no es solo mi jefe; es mi hermano. Sangre de otra sangre, como decimos nosotros.
Me quedo en silencio, procesando la profundidad de ese vínculo. Eso explica por qué Thiago confía en él para protegerme a mí.
—Hacía mucho tiempo que no lo veía así —continúa Marco, mirándome fijamente—. Thiago es un hombre que carga con el peso de todo un imperio sobre sus hombros. Había perdido la alegría, se había convertido en una máquina de trabajar y de castigar. Pero desde que tú llegaste... está recuperando algo que creí muerto. Tiene un brillo distinto.
Siento un calor extraño trepando por mi cuello.
—No creo que yo sea la razón de su alegría, Marco. Al principio solo quería matarme.
—El amor y el odio caminan por la misma acera en esta familia —sentencia él con una media sonrisa. Luego, su rostro se ensombrece un poco—. Lo pasó muy mal con lo de Dante. Fue una herida abierta que casi destruye a la familia. Pero, créeme, que Dante se marchara fue lo mejor para todos. Aquel hombre... no tiene alma. Thiago tuvo que elegir entre su hermano y su gente. Eligió protegernos.
Bajo la mirada hacia mis fideos, recordando lo que Izzy me contó. Dante, el caos; Thiago, el orden. Me doy cuenta de que Thiago no solo me rescató de mi propia vida mediocre; él también se está rescatando a sí mismo a través de este matrimonio, aunque ninguno de los dos se atreva a decir las palabras correctas.
—Gracias por contármelo, Marco —digo sinceramente.
—No se lo diga a él —me pide con un guiño cómplice—. Se supone que soy el tipo duro que no habla.
Me río, y por un momento, en este despacho rodeada de libros y bajo la vigilancia de un amigo leal, siento que mi vida en Chicago está empezando a tener un sentido que nunca imaginé.
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Editado: 08.04.2026