Nadia
Después del intercambio de mensajes con Thiago, entro en mi despacho con una sonrisa que intento disimular frente a mis compañeros. Los celos de mi "león cubano" me han dejado un cosquilleo eléctrico en el cuerpo, una mezcla de diversión y la inquietante sospecha de que me gusta que sea tan posesivo.
Me obligo a concentrarme. El manuscrito que tengo sobre la mesa es una joya de la narrativa contemporánea, y sumergirme en sus páginas es el único momento del día en el que el apellido Valdés deja de pesarme en los hombros. Paso la mañana tachando, sugiriendo y puliendo adjetivos, casi olvidando que Marco está apostado en la puerta como una estatua de granito.
Alrededor de las dos de la tarde, el hambre empieza a reclamar su espacio.
—Señora —Marco da un paso al frente, ajustándose la corbata—. Hoy no vamos a pedir comida a domicilio. Hay un pequeño lugar a tres manzanas, un restaurante familiar que frecuentaba el padre de Thiago. He ido a buscar algo que dice que le va a encantar.
—¿Thiago te ha dicho qué pedir? —pregunto, arqueando una ceja.
—Él conoce sus gustos mejor de lo que usted cree, señora —responde Marco con una sombra de sonrisa antes de desaparecer por el pasillo.
Veinte minutos después, Marco regresa con unas bolsas de papel que desprenden un aroma embriagador: especias, carne asada y algo dulce que no reconozco. Aparto los manuscritos con cuidado y preparamos nuestra ya habitual mesa de juntas.
—Espero que le guste el Ropa Vieja y el arroz con gris —dice Marco mientras sirve las raciones en platos de porcelana que Miller, en su afán de complacerme, ha dejado en el mueble bar del despacho—. Es la receta original de la Habana Vieja.
Me llevo el primer bocado a la boca y cierro los ojos al instante. La carne está tan tierna que se deshace, impregnada de un sofrito de pimientos y cebolla que me transporta a un lugar donde el sol siempre brilla.
—¡Dios mío, Marco! —exclamo, saboreando el matiz del comino y el laurel—. Está riquísima. Deberías decirle a Thiago que, si alguna vez se cansa de los muelles, debería abrir un restaurante.
Marco suelta una risotada, la primera que escucho realmente franca.
—Se lo diré, pero dudo que acepte el cambio de carrera. Él prefiere las armas a las sartenes, aunque sabe apreciar lo bueno. Dice que un hombre que no sabe comer bien, no sabe mandar bien.
Comemos en un ambiente mucho más relajado que el de ayer. Me doy cuenta de que estos momentos de normalidad, compartiendo una comida con el "hermano" de mi marido en un despacho de lujo, se están convirtiendo en mi parte favorita del día.
—Él la llamó tres veces mientras yo iba a por la comida —añade Marco de repente, mirándome de reojo—. Solo para asegurarse de que ya no estaba con los "compañeros" del desayuno. Estaba de un humor de perros, pero se calmó cuando le dije que usted ya estaba encerrada trabajando.
Siento que las mejillas me arden. Thiago Valdés, el hombre que hace temblar a la Vieja Guardia, pendiente de mis horarios de oficina como un adolescente enamorado. Es absurdo, es peligroso... y es malditamente halagador.
—Es un exagerado —murmuro, aunque tomo un trozo de plátano frito con un entusiasmo renovado—. Pero dile que la comida ha sido un acierto.
La tarde transcurre entre manuscritos y el aroma residual de la deliciosa comida cubana que Marco trajo. Alrededor de las cinco, necesito despejarme y comentar un par de puntos sobre la cubierta de un libro con Elena, una compañera de la planta de diseño.
—Vuelvo en diez minutos, Marco —le digo, levantándome del sillón—. Solo bajo una planta.
Marco se levanta instantáneamente, ajustándose la chaqueta. Su mirada de águila barre el pasillo.
—La acompaño hasta el ascensor, señora. Y la esperaré aquí cuando suba. Mis órdenes son no dejarla sola en zonas comunes.
Suspiro, pero ya no discuto. Acepto la "jaula de cristal" con resignación. Caminamos por el pasillo central de la editorial. Noto cómo las cabezas se giran a nuestro paso. Marco impone respeto, y mi nuevo estatus de "Señora Valdés" genera una mezcla de reverencia y temor que me incomoda profundamente.
Llegamos al ascensor. Marco presiona el botón de bajada y se queda apostado junto a la puerta, como una gárgola de seguridad. Las puertas metálicas se abren y, para mi desgracia, la cabina no está vacía.
Dentro está Sergio.
Sergio es el arquetipo de editor frustrado que compensa su falta de talento con un exceso de confianza y un perfume barato que inunda el pasillo. Siempre ha tenido fijación conmigo, dedicándome sonrisas babosas y piropos de mal gusto que yo siempre he ignorado. Desde la boda, había mantenido las distancias, pero hoy, al verme sola (o eso cree él, pues Marco se queda fuera), ve su oportunidad.
—¡Nadia! ¡Vaya suerte la mía! —exclama, saliendo del ascensor y bloqueándome el paso con una sonrisa de suficiencia—. Estás radiante hoy. Ese despacho nuevo te sienta de maravilla. Aunque, sinceramente, prefiero verte así, "en libertad", lejos de tu... escolta personal.
Ignoro su comentario y trato de esquivarlo para entrar en el ascensor, pero él se mueve, poniéndose de nuevo en mi camino. Marco, desde fuera, da un paso al frente, con la mano yendo instintivamente a su chaqueta, pero yo le hago una leve señal para que espere. Puedo lidiar con Sergio.
—Sergio, por favor. Tengo prisa —digo con voz gélida.
—Venga, Nadia. No seas así. Ahora que eres una "mujer casada", pareces más inalcanzable, y eso solo te hace más... apetecible. Ese vestidito de lino te queda... buf. Resalta unas curvas que antes pasaban desapercibidas. ¿Tu "maridito" cubano sabe apreciar lo que tiene en casa, o está demasiado ocupado con sus... "negocios"? Porque yo sí sabría cómo...
Estoy a punto de soltarle una bofetada que resonará en toda la planta cuando una voz profunda, cargada de un acento caribeño que conozco demasiado bien, corta el aire como un látigo.
—Aprecia cada milímetro, imbécil. Y tú estás a un segundo de perder la lengua que usas para saborear sus curvas.
Me giro, con el corazón dándome un vuelco. En el umbral de la entrada de la planta, recortado contra la luz del pasillo, está Thiago.
Viste un traje negro impecable, pero su expresión es pura violencia contenida. Sus ojos oscuros están fijos en Sergio con una intensidad asesina. No es el hombre juguetón de los mensajes de esta mañana; es el Verdugo, el jefe de la familia Valdés, defendiendo lo que es suyo.
Sergio se queda lívido. La sonrisa se le borra de la cara, reemplazada por un terror puro y visceral. Retrocede dos pasos, chocando contra la pared del ascensor.
—Señor... Señor Valdés. Yo... yo solo estaba... saludando a Nadia —balbucea, con la voz temblorosa.
Thiago camina hacia nosotros con una lentitud aterradora. Marco se aparta, cuadrándose con respeto. Thiago se detiene a escasos centímetros de Sergio, invadiendo su espacio personal con su imponente presencia cubana.
—No vuelvas a dirigirle la palabra —dice Thiago, y su voz es un susurro mortalmente tajante—. No vuelvas a mirarla. No vuelvas a pensar en ella. Si vuelvo a escuchar que tu boca de alcantarilla pronuncia su nombre con esa falta de respeto, te prometo que desearás no haber nacido. Ella es una Valdés. Y tú no eres más que polvo en su zapato. ¿Está claro?
Sergio asiente frenéticamente, incapaz de articular palabra. Thiago se gira hacia mí, y su expresión se suaviza imperceptiblemente. Me toma de la mano, con una posesividad que me hace temblar, y me saca del ascensor.
—Nos vamos a casa, mi vida —dice, mirándome a los ojos—. Parece que en esta oficina hay demasiados mosquitos que necesitan una lección de modales.
Me arrastra hacia la salida, pasando por delante de un Miller que observa la escena desde su despacho con el rostro pálido como la cera. Salgo de la editorial de la mano del "monstruo cubano", y por primera vez, no siento miedo por mí, sino un extraño y oscuro orgullo por el hombre que acaba de marcar su territorio con una ferocidad que me asusta y me fascina a partes iguales.
El trayecto en el coche es extrañamente silencioso. Thiago mantiene su mano sobre la mía, apretándola con una fuerza que delata que todavía está procesando la rabia por lo de Sergio. Sin embargo, al cruzar las puertas de la mansión, el aire cambia. Es como si el monstruo cubano se quedara en el umbral y diera paso al hombre que, poco a poco, estoy empezando a conocer.
Pasamos lo que queda de tarde en el gran salón y el jardín trasero. Para mi sorpresa, Thiago no se encierra en su despacho. Se queda con nosotros. Están Marco, Izzy y varios de los chicos de la escolta, esos hombres que normalmente parecen estatuas de piedra pero que, en la intimidad de la casa, se relajan.
—¡Venga, Thiago! ¡No me digas que el jefe se está haciendo viejo para una partida de cartas! —exclama uno de los guardias más jóvenes, provocando una carcajada general.
Me siento en uno de los sofás exteriores, observando la escena con una fascinación creciente. Thiago se quita la chaqueta del traje, se remanga la camisa blanca y se sienta con ellos. Hay risas, bromas sobre quién es mejor tirador y anécdotas de la infancia en Cuba que me hacen ver a estos hombres como una verdadera familia, no solo como una organización criminal.
Izzy se sienta a mi lado, pasándome una copa de vino.
—Ves, Nadia —susurra con una sonrisa cómplice—. Te dije que debajo de todo ese acero hay un corazón que late. No permitía este ambiente desde que Dante se fue. Tú has traído la luz de vuelta a esta casa.
Cenamos todos juntos en la gran mesa del comedor, rompiendo el protocolo habitual. No hay jefes ni subordinados por una noche; solo un grupo de personas compartiendo historias. Thiago, sentado a mi lado, se asegura constantemente de que mi plato esté lleno y me mira de reojo con una suavidad que me desarma. Me cuenta historias de cómo Marco y él solían escaparse de niños para pescar en el Malecón, y por primera vez, me río con él de forma genuina, sin sombras de contratos ni miedos.
Al terminar la cena, los chicos se retiran a sus puestos de guardia o a sus cuartos entre risas y despedidas respetuosas. Marco se despide de mí con un asentimiento de cabeza que guarda el secreto de nuestro almuerzo.
Nos quedamos solos en el salón, con el eco de las risas aún flotando en el aire. Thiago se acerca a mí, me toma por la cintura y me atrae hacia él. Su olor a tabaco caro y a ese perfume amaderado me envuelve.
—Ha sido una buena tarde, ¿verdad? —me susurra al oído, su voz profunda y relajada.
—La mejor desde que llegué aquí, Thiago —admito, apoyando mi cabeza en su hombro—. Gracias por no ser el "jefe" por unas horas.
Él me besa la sien y me guía hacia las escaleras. Subimos a nuestra habitación en un silencio cómodo, pero cargado de la electricidad de lo que quedó pendiente la noche anterior. Mientras entramos y él cierra la puerta tras de nosotros, sé que la tregua ha terminado y que ahora empieza una batalla muy distinta: la de mis sentimientos contra mi razón.
La puerta de nuestra habitación se cierra, dejando fuera el eco de las risas con Izzy y los chicos. Aquí dentro, el aire cambia instantáneamente, volviéndose espeso y eléctrico. La complicidad de la cena se transforma en una tensión que me eriza la piel.
Thiago me observa mientras me deshago del vestido de lino. Mis manos tiemblan un poco, pero no me detengo. Me pongo mi mini pijama de seda negra, apenas un suspiro de tela que se ajusta a mis caderas y deja mis piernas al descubierto. Él, por su parte, se despoja del traje con una eficacia que me hipnotiza, quedándose solo en unos boxers de Tom Ford negros que se ajustan perfectamente a su cuerpo. Es un mapa de cicatrices y músculos definidos, una obra de arte tallada por la violencia de Chicago.
Nos deslizamos bajo las sábanas de hilo. El contacto de su piel caliente contra la mía me hace soltar un suspiro contenido. Thiago se inclina y empieza a besarme. Al principio es suave, casi una pregunta, pero pronto el beso se vuelve profundo, hambriento, cargado de esa posesividad que mostró en la oficina. Sus manos recorren mis muslos, subiendo por la seda del pijama, y yo me arqueo hacia él, deseando borrar la distancia que nos separa.
De repente, Thiago se detiene en seco.
Apoya la frente contra la mía, jadeando, y me sujeta las muñecas con delicadeza, alejándome un par de centímetros.
—Para, Nadia... —sujeta mi mirada con sus ojos oscuros, inyectados en deseo pero cargados de una determinación férrea—. Tenemos que parar.
Me quedo helada. Siento el rechazo como un latigazo y la frustración me sube por la garganta. Me safo de su agarre y me siento en la cama, cubriéndome con la sábana, con la voz cargada de un enfado que no puedo ocultar.
—¿Otra vez, Thiago? —le recrimino, y mi voz suena más aguda de lo normal—. Parece que no quieres acostarte conmigo. Primero me marcas frente a todo el mundo como si fuera tu propiedad y ahora, cuando estamos solos, me echas atrás como si te diera asco o como si no fuera suficiente para ti. ¿Qué clase de juego es este?
Thiago se incorpora también, pasando una mano por su cabello oscuro, visiblemente perturbado por mi reacción. Se acerca a mí, pero no intenta tocarme, respetando mi espacio.
—No digas estupideces, nena —dice, y su voz es un rugido bajo—. Desearte es poco. Llevo días conteniéndome para no arrancarte la ropa delante de todo el mundo. Pero esto... esto es distinto.
—¿Distinto por qué? —insisto, cruzándome de brazos—. Somos marido y mujer por contrato, ¿no? Se supone que esto es lo que toca.
—¡Precisamente por eso! —exclama él, acercándose por fin y tomándome del rostro con ambas manos para obligarme a mirarlo—. No es por mí, Nadia. Lo hago por ti. Me dijiste que nunca habías estado con nadie. Eso es algo que no puedo devolverte una vez que lo tome.
Suspira, y por un momento veo al hombre vulnerable que se esconde tras el líder de la mafia.
—Quiero que lo pienses bien. No quiero que mañana te despiertes y sientas que lo hiciste porque estabas confundida, o porque te sentiste obligada por este matrimonio de mierda. Quiero que, si me eliges a mí, sea porque tú lo quieres, sabiendo quién soy y lo que mis manos han hecho. No quiero ser el hombre que te robó tu primera vez; quiero ser el hombre al que se la entregaste de verdad.
Me quedo callada, sintiendo cómo mi enfado se evapora para ser reemplazado por un nudo en la garganta. Su honestidad me golpea más fuerte que cualquier desplante. Thiago Valdés, el hombre que Chicago teme, está protegiendo mi inocencia incluso de sí mismo.
—Thiago... —susurro, buscando su mano.
—Duerme, Nadia —me dice, dándome un beso casto en la frente y tumbándose a mi lado, aunque manteniéndose en su sitio—. Tienes toda la vida para arrepentirte de estar conmigo. No quiero que esto sea una de esas cosas.
Me tumbo de espaldas, mirando al techo, escuchando su respiración pesada a mi lado. Sé que tiene razón, pero también sé que, después de lo que acaba de hacer, mi decisión ya está más que tomada.
El silencio de la habitación es tan pesado que casi puedo oír el tic-tac de mi propio corazón. Thiago está ahí, a centímetros de mí, dándome la espalda en una muestra de autocontrol que me resulta dolorosa. Me quedo mirando el techo un segundo más, procesando sus palabras. Me ha dado una salida. Me ha dado la oportunidad de "salvarme" de él.
Pero no entiende que ya es tarde para salvarme.
Me doy la vuelta lentamente, haciendo que la seda del pijama roce las sábanas con un susurro, y me pongo de frente a él. Thiago se tensa, pero no se mueve. Me acerco hasta que mi pecho roza su brazo, obligándolo a sentir mi calor.
—Mírame, Thiago —le pido en un susurro.
Él suspira, una exhalación cargada de derrota, y se gira. Sus ojos verdes, intensos como la selva y brillantes bajo la tenue luz de la luna, me observan con una lucha interna feroz. Están nublados por un deseo que le quema, pero también por esa extraña nobleza que ha decidido mostrar esta noche.
—Nadia, te he dicho que...
—Sé lo que has dicho —lo interrumpo, poniendo mi mano sobre su mejilla, sintiendo la aspereza de su barba de pocas horas—. Pero te equivocas. No estoy confundida. Y no es por el contrato.
Me acerco un poco más, acortando el último espacio que nos separa.
—Quiero que seas tú porque, a pesar de todo, eres el único que me ha hecho sentir protegida en una ciudad que siempre me dio miedo. Quiero que seas tú porque anoche, cuando podías haber tomado lo que quisieras, elegiste cuidarme. Y quiero que seas tú... —hago una pausa, sintiendo un nudo en la garganta— porque aunque me juré a mí misma que nunca caería en esto, estoy empezando a tener sentimientos por ti que no puedo ignorar.
Él se queda de piedra. Sus pupilas se dilatan, devorando casi por completo el verde esmeralda de su iris, y veo cómo su mandíbula se aprieta. La confesión ha caído entre nosotros como una granada silenciosa.
—No soy un buen hombre, Nadia —gruñe él, aunque su mano sube instintivamente a mi cintura, atrayéndome más hacia él—. Mi mundo es oscuro. Solo puedo ofrecerte sombras.
—Entonces deja que yo sea tu luz —le respondo, mirándolo con una determinación que nunca supe que tenía—. No quiero a un santo, Thiago. Te quiero a ti. Con tus cicatrices, con tu pasado y con esos boxers de Tom Ford que te quedan tan malditamente bien.
Una pequeña y ronca carcajada se le escapa del pecho, rompiendo por fin la tensión agobiante. Me mira con una ternura que me corta la respiración, una mirada que no va dirigida a la "esposa ejemplar" de los Valdés, sino a la mujer que tiene delante.
—Me vas a destruir, nena —susurra contra mis labios—. Me vas a hacer débil.
—O quizás nos hagamos más fuertes juntos —le contesto justo antes de que sus labios reclamen los míos.
Esta vez no hay dudas. No hay frenos. El beso es lento, profundo y cargado de una promesa que va mucho más allá de un papel firmado. Thiago me envuelve en sus brazos con una delicadeza infinita, como si estuviera manejando el manuscrito más valioso del mundo. Mientras nos perdemos el uno en el otro, esos ojos verdes me aseguran que, por fin, esto es algo real.
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Editado: 08.04.2026