Nadia
La luz del sol de Chicago se filtra por las pesadas cortinas, dibujando líneas doradas sobre el edredón de seda. Me despierto con una sensación de ligereza que no recordaba haber sentido nunca. Estiro el cuerpo, notando cada músculo despertar tras la intensidad de la noche anterior, y una sonrisa involuntaria aparece en mis labios al recordar sus manos, su voz y esos ojos verdes cargados de una ternura que solo yo conozco.
El sonido del agua corriendo en el baño se detiene. Unos minutos después, Thiago sale envuelto en una toalla, con el pelo oscuro aún goteando sobre sus hombros anchos. Me quedo hipnotizada viéndolo vestirse; hay algo casi ritual en la forma en que se ajusta la camisa blanca y se abrocha el pantalón del traje.
—Buenos días, nena —dice, con esa voz ronca de la mañana que me hace vibrar el pecho.
—Buenos días —respondo, sintiendo un leve calor en las mejillas.
Me levanto y voy directa a la ducha. El agua caliente me ayuda a terminar de despertar, pero mi mente sigue anclada en el refugio de sus brazos. Al salir, decido que hoy no quiero nada de etiquetas ni vestidos rígidos. Me pongo unos leggings negros de algodón, un jersey de cachemir amplio color crema y recojo mi pelo en una coleta desordenada. Hoy trabajo desde casa; mi nuevo despacho en la editorial puede esperar un día mientras me sumerjo en los manuscritos desde la seguridad de la mansión.
Cuando salgo del vestidor, Thiago está terminando de colocarse el reloj. Antes de cruzar la puerta para bajar a desayunar con Izzy, Marco y los chicos, ambos nos detenemos un segundo. Nuestras miradas convergen, casi al unísono, en las sábanas revueltas.
Allí, sobre el blanco inmaculado del hilo, destaca una pequeña mancha de color carmesí. Es el testimonio mudo de mi entrega, el rastro de mi virginidad que Thiago tomó con una delicadeza que todavía me estremece. Esa mancha parece sellar nuestro destino de una forma mucho más real que el contrato que firmamos.
Thiago se gira hacia mí. Se acerca con dos zancadas lentas, me rodea la cintura con sus manos grandes y me atrae hacia él, dándome un beso profundo, lento, que sabe a café y a una promesa silenciosa. Al separarnos, el sentimiento me desborda. Es algo que me quema en la garganta y que ya no puedo —ni quiero— contener.
—Te amo, Thiago —susurro, mirándolo fijamente a los ojos.
El silencio que sigue es sepulcral.
Thiago se queda mudo. Su cuerpo se tensa bajo mis manos y su expresión se vuelve ilegible, como si sus circuitos internos se hubieran bloqueado de repente. Los segundos pasan y el pánico empieza a treparme por el estómago. Dios, lo he arruinado, pienso. He ido demasiado rápido.
—Lo siento —suelto de golpe, intentando apartarme, aunque él no me suelta—. No quería... no quería hacerte sentir presionado. Sé que esto es complicado y que nuestro acuerdo era otro. Me ha salido solo, no tienes que decir nada, de verdad. Olvida que lo he dicho.
Intento bajar la mirada, avergonzada por haberme expuesto tanto, pero Thiago me sujeta la barbilla, obligándome a reencontrarme con el verde intenso de sus ojos.
—Deja de pedirme perdón, Nadia —dice por fin, y su voz suena más suave que nunca—. No me he quedado mudo porque me sienta presionado.
—¿Entonces? —pregunto, con el corazón en un puño.
—Me he quedado mudo porque soy un idiota —suelta una pequeña risa seca, negando con la cabeza—. Llevo días queriendo decirte lo mismo, pero me obligaba a callar para no presionarte a ti. Pensaba que, después de cómo empezó todo esto, era imposible que sintieras lo mismo. No quería asustarte con mis demonios ahora que me lo has dado todo.
Me pega más a su pecho, escondiendo su rostro en el hueco de mi cuello por un momento.
—Yo también te amo, Nadia. Más de lo que un hombre como yo debería permitirse.
Siento que el aire vuelve a mis pulmones con una fuerza renovada. No hay contratos, no hay deudas, no hay mafias en este momento. Solo somos nosotros dos, confesándonos lo que el mundo entero ya sospechaba.
—Ahora bajemos —me dice con un guiño, recuperando su máscara de mando pero sin soltar mi mano—. O Marco subirá a buscarnos y no quiero que vea que el gran Thiago Valdés tiene cara de haber ganado la lotería.
Perspectiva: Nadia Rossi
Bajamos las escaleras de la mano y, aunque intento mantener una expresión profesional, siento que tengo un letrero luminoso en la frente que grita lo feliz que soy. Thiago ha recuperado ese andar seguro de jefe, pero la forma en que me aprieta los dedos me recuerda que lo que ha pasado en nuestra habitación ha sido el cambio más real de nuestras vidas.
Al entrar al comedor, el ambiente es animado. Izzy está sirviendo café y Marco repasa unos informes junto a un par de escoltas. En cuanto ponemos un pie en la estancia, el silencio se hace por un segundo, roto solo por el tintineo de una cucharilla.
Izzy nos recorre con la mirada, deteniéndose en nuestra unión de manos y en el brillo inusual de mis ojos. Una sonrisa pícara cruza su rostro.
—Vaya, vaya... —suelta Izzy, dejando la cafetera—. No hace falta ser adivina para ver que anoche fue una noche especial. Se os nota en la cara desde aquí hasta el muelle.
El comentario provoca una oleada de risas contenidas. Marco baja el informe y oculta una sonrisa tras su taza de café, mientras Thiago suelta una carcajada ronca, sin molestarse en negarlo. Siento que mis mejillas arden, pero por primera vez, no me importa que lo sepan.
—Desayuna y cállate, Izzy —responde Thiago con tono jocoso, aunque me atrae más hacia su costado.
El desayuno transcurre entre bromas y una normalidad asombrosa. Al terminar, el equipo empieza a movilizarse. Thiago se ajusta la funda de la pistola bajo la americana y Marco se coloca en posición, comprobando su auricular.
Me acerco a Marco antes de que crucen la puerta.
—Marco —lo llamo con una sonrisa—, he de decirte que hoy voy a echar de menos nuestra "comida de oficina". Ese restaurante que me descubriste ayer va a ser difícil de superar comiendo sola aquí.
Marco se ríe, relajando esa postura de piedra que suele tener en público.
—Yo también la echaré de menos, señora. Créame que su compañía es infinitamente mejor que la de los estirados hombres de negocios que vamos a tener que visitar hoy con el jefe. Prefiero mil veces hablar de libros con usted que escuchar a esos tipos hablar de porcentajes y rutas de envío.
En ese momento, Thiago se acerca a nosotros, poniéndome una mano en la cintura y mirando a su amigo con una mezcla de diversión y posesividad.
—Oye, oye... ¿qué es esto? —dice Thiago entre risas—. Me estás robando a mi mejor hombre, Nadia. Entre los mensajes de ayer y vuestras citas gastronómicas, me voy a quedar sin jefe de seguridad. Marco, deja de ligar con mi mujer y vamos a trabajar.
Él se inclina, me da un beso profundo que me deja sin aliento delante de todos y se marcha.
Confidencias en el salón
Cuando la puerta principal se cierra, me quedo en el salón suspirando. Izzy se cruza de brazos y me espera con una ceja alzada.
—Vale, Rossi —dice ella, arrastrándome hacia el sofá—. Ahora que los hombres se han ido a jugar a los soldados... cuéntamelo todo.
Me siento a su lado, sintiendo cómo el peso de la noche anterior me inunda de nuevo.
—Izzy... ha sido... —hago una pausa, buscando la palabra—. Ha sido mucho más que sexo. Thiago ha sido tan cuidadoso, tan... él. Y le he dicho que le amo.
Izzy abre los ojos de par en par, dejando escapar un grito ahogado de emoción.
—¿Se lo has dicho? ¡Nadia! ¿Y qué ha hecho él? No me digas que se ha quedado congelado.
—Se quedó mudo un momento —confieso, riendo ante el recuerdo de su cara de shock—, pero luego me dijo que él sentía lo mismo. Que tenía miedo de asustarme. Izzy, nunca lo había visto así. Sin la armadura.
Nos quedamos hablando durante un buen rato. Le cuento cómo fue el encuentro, la delicadeza con la que me trató y cómo esa pequeña mancha de sangre en la cama parece haber sellado mi destino. Ahora, mientras me preparo para trabajar desde el salón, sé que ya no soy una invitada. Soy la mujer de Thiago Valdés, y por primera vez, no tengo miedo del futuro.
Izzy finalmente se retira a organizar unas cosas de la casa, dejándome a solas con mis manuscritos en el gran salón. Intento concentrarme en la trama de la novela que tengo entre manos, pero mis ojos se desvían constantemente hacia mi teléfono. Apenas han pasado dos horas desde que se marcharon, pero la casa se siente inmensamente grande sin su presencia.
De repente, la pantalla se ilumina. Es un mensaje de Thiago.
Thiago: Estoy en mitad de la reunión más aburrida de la historia de Chicago. Santana lleva cuarenta minutos hablando de fletes marítimos y yo solo puedo pensar en lo que dejamos esta mañana en nuestra cama... y en esa mancha de sangre que marcaba mi propiedad.
Siento un vuelco en el corazón. Me muerdo el labio inferior, incapaz de contener la sonrisa, y dejo el bolígrafo a un lado para contestar.
Nadia: Vaya, el gran jefe Valdés se distrae en sus reuniones. ¿Qué diría la Vieja Guardia si supiera que su líder prefiere pensar en sábanas revueltas? Por cierto, Marco tenía razón esta mañana: se está mucho mejor aquí con mis libros que escuchando a esos señores de negocios.
La respuesta llega casi al instante. Me lo imagino bajo la mesa de juntas, con esa expresión seria que pone para intimidar a todos mientras Marco está a su lado, seguramente dándose cuenta de que su jefe no está prestando atención a los fletes.
Thiago: La Vieja Guardia puede irse al infierno. Marco me está mirando de reojo porque sabe que no estoy escuchando ni una palabra de lo que dice Santana. Le he dicho que tenía razón sobre tu compañía, pero también le he advertido que si sigue dándote la razón en todo, lo mandaré a vigilar los muelles bajo la lluvia. Me has dejado desarmado hoy, nena. Sigo dándole vueltas a lo que me dijiste antes de bajar.
Me quedo mirando el mensaje un buen rato. La vulnerabilidad de Thiago es mi parte favorita de él.
Nadia: Bueno, alguien tenía que bajarle los humos al Verdugo. No te sientas tan especial, solo dije la verdad. Pero confieso que trabajar desde el sofá se hace raro sin tenerte cerca recordándome que soy "tuya" cada cinco minutos. ¿A qué hora vuelves?
Thiago: Pronto. Demasiado pronto para mis enemigos y demasiado tarde para lo que quiero hacerte cuando te tenga delante. Me gusta que me eches de menos, Rossi. Marco dice que ya es hora de cerrar el trato y largarnos de aquí para volver a casa. Él también prefiere tu compañía a la de estos estirados. Te amo.
Bloqueo el teléfono y lo aprieto contra mi pecho, suspirando. Esa última frase todavía me parece un sueño. El intercambio de mensajes ha dejado una electricidad residual en mi cuerpo.
Me levanto para ir a la cocina a por un vaso de agua, sintiendo que, aunque estemos separados por negocios peligrosos, nunca he estado tan conectada a él. Thiago Valdés me ha dado su corazón, y yo pienso cuidarlo con la misma ferocidad con la que él cuida su imperio.
El mediodía cae sobre la mansión con una calma engañosa. Izzy y yo nos sentamos a la mesa del comedor para una comida ligera; el ambiente es distendido, todavía impregnado de las confidencias sobre Thiago y la extraña sensación de hogar que estamos construyendo. Estoy saboreando una ensalada cuando, de repente, la paz se quiebra de forma violenta.
Primero es el sonido de unos neumáticos derrapando sobre la grava. Luego, el eco de gritos agudos y un forcejeo que rebotan en el vestíbulo de mármol. Los guardias parecen dudar debido al historial de la mujer que intenta entrar. Reconozco esa voz al instante.
—¡Quitadme las manos de encima! ¡Sabéis perfectamente quién soy! —brama ella.
Izzy se levanta de un salto, su rostro adoptando esa máscara de acero de los Valdés. Yo la sigo, sintiendo un nudo de ansiedad. Otra vez no. Al salir al vestíbulo, vemos a Kat entrando como una bala, con su melena platino y un vestido de seda rojo que parece fuego. Sus ojos destilan un veneno puro dirigido directamente a mí.
—Vaya, vaya... —suelta Kat, deteniéndose a pocos metros con una sonrisa de suficiencia—. Si es la "bibliotecaria". Veo que sigues aquí, Rossi.
Me recorre de arriba abajo con asco, deteniéndose en mi ropa cómoda de trabajo. Su risa es corta y seca.
—Das pena, nena. ¿De verdad crees que esto es real? ¿Que de repente el Verdugo de Chicago se ha vuelto un hombre de familia porque eres "especial"?
—Kat, vete de aquí ahora mismo —interviene Izzy, poniéndose delante de mí—. No tientes a tu suerte.
Pero Kat me ignora. Da un paso hacia adelante, esquivando a los guardias, y se clava frente a mí. Su perfume caro me marea.
—Escúchame bien, Rossi. Disfruta de tus mensajitos de amor mientras duren. Porque en cuanto se canse de jugar a las casitas, volverá a buscarme. Jamás sabrás darle a un hombre como Thiago lo que yo le doy. Él es un animal; necesita fuego, no una santita que no sabe nada de su mundo.
Siento el impacto de sus palabras, pero trato de mantener la calma. Sin embargo, Kat guarda un as bajo la manga que no me esperaba. Su sonrisa se vuelve cruel, casi compasiva.
—¿Te ha contado ya por qué te "salvó" de lo que viste aquella noche, o te ha dejado creer que fue por amor a primera vista? —pregunta inclinando la cabeza—. La Vieja Guardia le puso un ultimátum, Nadia. Le presionaron para que buscara una esposa ejemplar, alguien con una imagen limpia para calmar las aguas con el sindicato y la policía. Eras la pieza perfecta para su tablero, nada más.
Me quedo helada. El aire parece abandonar mis pulmones.
—No sabías nada, ¿verdad? —se ríe Kat, disfrutando de mi palidez—. No te salvó porque te quisiera; te salvó porque necesitaba un escudo de buena conducta para que la Vieja Guardia le dejara seguir siendo el rey. Eres un contrato de imagen, Rossi. Una transacción. En la cama puedes ser su novedad, pero en su vida solo eres el precio que tuvo que pagar para mantener su poder.
Me quedo muda, mirando a Izzy, que ha bajado la vista un segundo, confirmando mis peores temores con su silencio. La mancha de sangre de esta mañana, que me parecía un sello de amor, ahora se siente como el recibo de una compraventa.
Kat sonríe, saboreando mi destrucción. Se acerca un paso más, su perfume caro y floral envolviéndome como una mortaja.
—¿Ves, nena? —susurra, su voz llena de una falsa compasión que es más hiriente que cualquier grito—. No eres especial. Eres útil. Una pieza en su tablero para calmar a los viejos verdes del sindicato y a la policía. En cuanto el agua vuelva a su cauce y la Vieja Guardia esté contenta, este matrimonio de pacotilla se acabará. Y él volverá a mí, porque yo soy la única que conoce al verdadero Thiago Valdés, no a este disfraz de marido ejemplar que se ha puesto para ti. Jamás sabrás darle lo que yo le doy, porque tú solo eres el postre de domingo; yo soy la sangre que corre por sus venas cuando sale a la calle.
Mis ojos se llenan de lágrimas de rabia y humillación, pero me niego a dejar que caigan. Me obligo a sostenerle la mirada a Kat, aunque por dentro me esté desmoronando.
—Puede que tengas razón en cómo empezó esto, Kat —digo, mi voz temblando ligeramente pero cobrando fuerza con cada palabra—. Pero lo que pasó anoche... lo que pasó esta mañana... eso no fue un contrato. Y este anillo en mi dedo —levanto la mano, mostrándole el diamante que brilla con frialdad bajo la luz— dice que, sea por la razón que sea, ahora soy yo la que está a su lado. No tú.
Kat suelta una carcajada estridente, llena de incredulidad.
—¿Anoche? ¿Esta mañana? Dios, eres más patética de lo que pensaba. ¿Crees que follar contigo cambia algo? Es solo carne, nena. Una novedad. Un entretenimiento hasta que se canse de jugar a las casitas. No seas ilusa.
Izzy finalmente reacciona, dando un paso al frente y agarrando a Kat por el brazo con fuerza.
—¡Ya basta, Kat! Fuera de aquí. Ahora.
Kat se zafa del agarre de Izzy con un movimiento brusco, su sonrisa cruel sin desaparecer.
—Me voy, Izzy. Ya he dicho lo que tenía que decir. Y tú, disfruta de tu falsa felicidad mientras dure. El invierno siempre llega a Chicago, y tú no estás preparada para el frío.
Se gira sobre sus talones, dispuesta a marchar, con la arrogancia de quien cree haber ganado la batalla. Pero no llega a dar ni dos pasos.
El sonido metálico de un cierre centralizado y el portazo de un coche resuenan en el exterior. Los guardias del vestíbulo se tensan al unísono, poniéndose en posición de firmes. Kat se detiene en seco, su sonrisa congelándose en su rostro platino.
La puerta principal se abre de par en par con un estruendo, como si fuera empujada por una fuerza de la naturaleza. Y ahí está él.
Thiago Valdés entra en el vestíbulo como una tormenta. Su americana está desabrochada, su corbata aflojada y su rostro... Dios, su rostro. Sus ojos verdes, que esta mañana me miraban con tanta ternura, ahora son dos pozos de pura furia homicida. Marco entra tras él, con la pistola ya en la mano, recorriendo la estancia con la mirada.
El Verdugo de Chicago ha vuelto a casa.
Thiago se detiene, su mirada clavándose primero en Kat, que retrocede un paso, perdiendo toda su arrogancia en un segundo, y luego en mí. Al ver mis lágrimas contenidas y mi palidez, su expresión se vuelve aún más aterradora.
—¿Qué coño está pasando aquí? —brama Thiago, y su voz es un trueno que hace temblar las lámparas de araña.
El aire en el vestíbulo se congela. La presencia de Thiago es tan imponente que parece desplazar el oxígeno de la habitación. Sus ojos verdes escanean la escena con una rapidez letal, pasando de las lágrimas que luchan por salir de mis ojos a la postura defensiva de Izzy, y finalmente se clavan en Kat, que ha perdido toda su altanería en un segundo.
—Thiago, mi amor... —comienza Kat, forzando una sonrisa temblorosa y tratando de dar un paso hacia él—, solo venía a saludar y a ver cómo iba todo en la "casita de muñecas"...
—Cierra la boca —el tono de Thiago es tan bajo y peligroso que un escalofrío me recorre la columna. No la mira con deseo, ni siquiera con molestia; la mira como si fuera un insecto que está a punto de aplastar bajo su bota—. Te advertí que no volvieras a pisar esta propiedad. Te advertí que no te acercaras a mi mujer.
—¡Ella no es para ti, Thiago! —estalla Kat, desesperada, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Sabes por qué lo hiciste! Dile la verdad, dile que la Vieja Guardia te puso una pistola en la nuca para que buscaras una cara bonita y limpia. ¡Dile que es solo un contrato de imagen!
El silencio que sigue a sus palabras es ensordecedor. Busco la mirada de Thiago, esperando una negación rotunda, una carcajada, algo que desmonte la mentira. Pero Thiago no se ríe. Sus mandíbulas se aprietan tanto que temo que se rompan y desvía la vista hacia mí por un breve segundo, una chispa de culpa cruzando sus pupilas esmeralda.
Ese segundo de duda me destruye más que cualquier grito.
—¿Es verdad? —mi voz sale pequeña, apenas un hilo de aire.
Thiago da un paso hacia mí, ignorando por completo a Kat.
—Nadia, escucha...
—¿Es verdad, Thiago? —insisto, retrocediendo un paso para evitar que me toque. Siento que si sus manos rozan mi piel ahora mismo, me romperé en mil pedazos—. ¿Me elegiste porque necesitabas una "esposa ejemplar" para que los viejos del sindicato te dejaran en paz? ¿Todo esto... —señalo la casa, el anillo, a nosotros— es una transacción comercial?
Thiago se detiene en seco. Su rostro es una máscara de piedra, pero veo el dolor en sus ojos. Marco, que está unos pasos por detrás, baja la cabeza, incapaz de mirarme.
—Al principio... —comienza Thiago, con la voz cargada de una honestidad brutal que me corta el aliento—, la presión de la Vieja Guardia era real. Necesitaba estabilidad, Nadia. Necesitaba una imagen que ellos respetaran.
Kat suelta una risa triunfal detrás de él.
—¿Lo ves, santita? Te lo dije.
Thiago se gira hacia ella con una lentitud aterradora.
—Marco —dice sin apartar la vista de Kat—. Saca a esta mujer de mi vista. Si vuelve a poner un pie en un radio de cinco kilómetros de Nadia, no me importa nuestro pasado: júrale que no verá el amanecer.
—¡Thiago, no puedes hacerme esto! —grita Kat mientras Marco la agarra del brazo con una fuerza que no admite réplicas y la arrastra hacia la salida.
La puerta principal se cierra con un estruendo, dejando un silencio sepulcral en el vestíbulo. Izzy nos mira a ambos, suspira con tristeza y se retira discretamente hacia la cocina, dejándonos solos entre las columnas de mármol.
Thiago vuelve a dar un paso hacia mí. Esta vez no retrocedo, pero me cruzo de brazos, interponiendo una barrera física entre los dos. Mi corazón late con una fuerza dolorosa, recordando la mancha de sangre en la cama, los mensajes de esta mañana, el "te amo" que nos susurramos hace apenas unas horas.
—Lo que dijo Kat sobre el motivo inicial es cierto, Nadia —admite él, y por primera vez lo veo vulnerable, casi derrotado—. Pero se equivoca en todo lo demás. Se equivoca en que eres una "transacción". Lo que pasó anoche... lo que siento cuando te miro... eso no tiene nada que ver con la Vieja Guardia.
—Me salvaste de lo que vi por un beneficio político —susurro, sintiendo que las lágrimas finalmente ruedan por mis mejillas—. Me usaste, Thiago. Hiciste que me entregara a ti sabiendo que nuestro matrimonio era un escudo de buena conducta.
—¡Te salvé porque no podía permitir que te pusieran una mano encima! —ruge él, acortando la distancia y tomándome de los hombros, obligándome a sentir su calor—. Sí, el contrato me servía, pero en el momento en que te vi mi corazón te eligió a ti porque eres la única que me hace querer ser algo más que un asesino.
Me mira fijamente, y en sus ojos verdes veo una lucha desesperada por no perderme.
—¿Cómo puedo creerte ahora? —le pregunto, hipando por el llanto—. ¿Cómo sé que tus besos no son parte del "contrato de imagen"?
Thiago se inclina, pegando su frente a la mía, y su aliento cálido me acaricia los labios.
—Porque si esto fuera solo por imagen, nena, ahora mismo estaría en esa reunión aburrida de negocios en lugar de haber quemado los neumáticos para llegar aquí en cuanto supe que Kat estaba cerca de ti. Porque un hombre no le entrega su alma a un "contrato". Y yo te entregué la mía anoche.
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Editado: 08.04.2026