Nadia
La primera luz del alba se filtra por las rendijas de las persianas, bañando la habitación en un tono azulado y tranquilo. Me despierto con una sensación de hormigueo en la piel y el peso reconfortante de las sábanas de seda rozando mis muslos, todavía sensibles por la intensidad de la tarde anterior.
A mi lado, Thiago duerme profundamente. Su respiración es lenta y pesada, el único momento en el que el Verdugo de Chicago baja la guardia por completo. Observo el tatuaje de su hombro, la cicatriz en su costado y la paz extraña que emana de su rostro cuando no tiene que cargar con el peso de su imperio.
Ayer él tomó el control. Ayer él me demostró con una rudeza necesaria que no soy un contrato. Pero hoy, mientras el silencio reina en la mansión, quiero ser yo quien marque el ritmo. Quiero recordarle —y recordarme a mí misma— que mi entrega no es pasiva, que soy dueña de este deseo tanto como él.
Con un movimiento felino y silencioso, me deshago de las sábanas. Me deslizo sobre él, horcajadas sobre sus caderas, sintiendo el calor que desprende su cuerpo. Thiago apenas se remueve, soltando un gruñido bajo en sueños, pero no se despierta. Sus manos, grandes y callosas, descansan inertes sobre el colchón.
Me muerdo el labio, observándolo. Bajo la luz tenue, me siento poderosa. Bajo mis manos al centro de su cuerpo, guiándolo con una lentitud deliberada. Cuando siento que estoy lista, me elevo ligeramente y me dejo caer, empalándome en él de una sola vez.
El impacto le arranca un gemido ronco de lo más profundo de la garganta. Sus ojos verdes se abren de golpe, desorientados por un segundo, hasta que se clavan en los míos. Sus pupilas se dilatan al instante al encontrarse conmigo sobre él, con el cabello desordenado cayendo sobre mis hombros y una expresión de absoluta determinación.
—Nadia... —su voz es un susurro quebrado, cargado de sueño y sorpresa.
Intenta subir las manos para agarrar mis caderas y tomar el mando, pero yo le sujeto las muñecas contra la cama, inmovilizándolo con una fuerza que lo deja mudo.
—No —le digo, con una sonrisa pequeña y desafiante—. Hoy mando yo.
Empiezo a moverme. No es el ritmo rudo de ayer, sino algo más sinuoso, más rítmico, una tortura lenta que lo obliga a arquear la espalda contra el colchón. Cierro los ojos, concentrándome en la sensación de plenitud, en la conexión eléctrica que nos une. Siento cómo sus músculos se tensan bajo mis piernas, cómo su respiración se vuelve errática, buscando desesperadamente un compás que yo le dosifico a mi antojo.
Thiago aprieta los dientes, sus venas marcándose en el cuello por el esfuerzo de no tomar el control. Sus manos luchan bajo las mías, queriendo guiarme, queriendo acelerar, pero yo sigo a mi ritmo, subiendo y bajando con una cadencia que lo tiene al borde del abismo.
—Maldita sea, nena... —gruñe él, con los ojos inyectados en deseo.
La fricción y el calor suben de tono. Siento que el clímax empieza a presionar en la base de mi columna, y acelero el movimiento, dejando que mis caderas golpeen contra las suyas con una urgencia que ya no puedo contener. Thiago suelta un rugido ahogado, rindiéndose por fin a mi iniciativa, dejando que sea yo quien nos lleve al límite.
Cuando el mundo estalla detrás de mis párpados, me inclino hacia delante, buscando su boca en un beso voraz mientras ambos nos desbordamos al unísono. Me derrumbo sobre su pecho, jadeando, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Thiago me rodea con sus brazos, apretándome contra él con una fuerza posesiva, ocultando su rostro en mi cuello mientras recupera el aliento.
—Si esto es lo que pasa cuando te enfadas conmigo —murmura contra mi piel, con una vibración que me recorre entera—, voy a tener que empezar a ocultarte secretos más a menudo.
Me río entre dientes, todavía temblando, y le doy un mordisco juguetón en el lóbulo de la oreja. La sombra de Kat y la Vieja Guardia se siente a kilómetros de distancia. En esta cama, bajo esta luz, no hay más contrato que el que acabamos de firmar con nuestra propia piel.
Bajamos al comedor envueltos en una burbuja de falsa calma. Todavía siento el calor de la piel de Thiago contra la mía y la vibración de su risa en mi oído, pero en cuanto cruzamos el umbral, el aire se vuelve pesado. Izzy está sentada a la mesa, jugueteando con una taza de café fría, y Marco revisa su teléfono con una expresión inusualmente tensa.
Nos sentamos en silencio, pero Izzy no aguanta ni cinco minutos. Deja caer la cuchara con un tintineo metálico que resuena en toda la estancia.
—Dante ha llamado —suelta de golpe, mirando fijamente a Thiago.
El tenedor de Thiago se detiene a mitad de camino. Sus ojos verdes se oscurecen al instante, transformándose en cristales de hielo.
—¿Y qué quiere ese animal? —la voz de Thiago es un gruñido bajo.
—Quiere venir. Quiere visitarme —responde Izzy, y hay una nota de súplica oculta tras su firmeza—. Dice que soy su hermana pequeña, que hace meses que no hablamos en persona y que tiene derecho a ver cómo estoy.
—No. —La negativa de Thiago es tajante, definitiva—. Ese psicópata no pondrá un pie en esta casa mientras yo respire. No dejaré que use el pretexto de "verte" para entrar en mi santuario y buscar una debilidad. Conozco a mi hermano; si quiere entrar aquí, no es por amor fraternal.
Izzy se levanta de un salto, su silla arrastrándose ruidosamente por el suelo. Su rostro está encendido de rabia.
—¡Es mi hermano, Thiago! —grita ella—. ¡Igual que tú! Estoy harta de vivir en medio de vuestra guerra. Él también es mi sangre y tengo derecho a verlo sin que tú actúes como si fueras nuestro dueño. ¡Solo quiere ver a su hermana pequeña!
—Es una rata que solo busca información, Izzy —responde Thiago, levantándose también, su imponente figura proyectando una sombra amenazante sobre ella—. Y no voy a permitir que te use como caballo de Troya.
Miro a Izzy y veo su desesperación. Aunque sé que la relación entre los hermanos es volcánica, Dante nunca me ha puesto una mano encima ni me ha hecho nada personalmente, así que me cuesta entender este nivel de paranoia extrema. Siento que el control de Thiago está asfixiando a Izzy innecesariamente.
—Thiago... —intervengo con suavidad, poniendo una mano sobre su brazo—. Quizás Izzy tiene razón. Es su hermano. Si es una visita controlada, con Marco y los hombres aquí, en el jardín... no tiene por qué pasar nada. Dante no me ha hecho nada a mí, ni ha roto ninguna regla contigo directamente. Impedir que se vean solo va a hacer que ella lo busque a tus espaldas.
Thiago se queda rígido. Lentamente, gira la cabeza para mirarme. La ternura que había en sus ojos hace una hora en la cama ha desaparecido por completo, reemplazada por una frialdad cruel que me corta la respiración. Se suelta de mi agarre con un movimiento brusco, como si mi contacto le molestara.
—No te confundas, Nadia —dice con una voz gélida que me hiela la sangre—. Que te haya dejado llevar las riendas esta mañana en el dormitorio no significa que tengas voz ni voto en cómo manejo mi imperio o la seguridad de mi familia.
Me quedo muda, sintiendo el impacto de sus palabras como una bofetada física delante de Izzy y Marco.
—Eres una civil que ha tenido la suerte de no morir en un callejón porque me servías para un trato —continúa él, acercándose a mí hasta que su sombra me envuelve, su mirada llena de un desprecio calculado—. No tienes ni la menor idea de quién es realmente Dante Valdés ni de cómo funciona este mundo por muy "tranquilo" que te parezca ahora. Así que guarda tus consejos de "reunión familiar" para tus novelas. Aquí, tú solo escuchas y obedeces. ¿Te ha quedado claro, o tengo que recordarte que solo eres una pieza en mi tablero?
El silencio que sigue es sepulcral. Izzy me mira con horror y Marco desvía la vista al suelo, incómodo. Siento las lágrimas quemándome los ojos, pero me obligo a no bajar la cabeza. El hombre que me amaba apasionadamente hace un momento ha muerto, dejando en su lugar al Verdugo: un hombre capaz de ser tan rudo y despiadado con las palabras como lo es con sus peores enemigos.
La humillación me quema la garganta, pero el dolor se transforma rápidamente en una rabia líquida que me obliga a ponerme en pie. No soy una de sus propiedades. No soy un mueble de esta mansión al que se le puede dar cuerda para el sexo y luego mandar a callar en la mesa.
—¡No vuelvas a hablarme así, Thiago Valdés! —grito, golpeando la mesa con la palma de la mano, haciendo que los cubiertos salten—. No soy una pieza de tu tablero y no soy una de tus empleadas. Si crees que por haberme entregado a ti anoche ahora tienes derecho a tratarme como a una esclava sin opinión, estás muy equivocado. ¡Izzy tiene derecho a ver a su familia y tú no eres Dios para decidir quién vive y quién muere en sus sentimientos!
Thiago se tensa, sus ojos verdes echando chispas, su mandíbula tan apretada que parece que va a estallar. Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con esa aura amenazante que usa para que el mundo se arrodille.
—Nadia, cállate ahora mismo si no quieres que...
—Vaya, vaya... pero qué fierecilla.
Una voz profunda, cargada de un sarcasmo arrastrado y una seguridad que rivaliza con la de Thiago, resuena desde el pasillo. El efecto es instantáneo: Marco desenfunda su arma en un movimiento borroso, Thiago se gira con la velocidad de un depredador y Izzy suelta un jadeo ahogado.
En el umbral del comedor, apoyado en el marco de la puerta con una elegancia peligrosa, está él. Dante Valdés.
Es el vivo reflejo de Thiago, pero con una oscuridad que parece más volátil, menos controlada. Sus ojos recorren la estancia con diversión fría hasta detenerse en mí.
—Y yo que pensaba que la elegida sería Kat... —dice Dante, soltando una risa corta mientras camina hacia nosotros con total impunidad, ignorando el arma de Marco—. Pero veo que el Verdugo tiene gustos más refinados de lo que imaginaba. Una mujer con agallas. Me gusta.
Thiago se interpone entre él y yo, su cuerpo vibrando de furia contenida.
—¿Cómo coño has entrado aquí, Dante? Sal de mi casa antes de que te saque en una bolsa.
Dante ni siquiera parpadea. Se detiene a dos pasos de su hermano, manteniendo la mirada, y luego desvía la vista hacia Izzy, que lo mira con los ojos empañados.
—He entrado porque tus hombres saben que disparar al otro hermano Valdés significa una guerra civil que ni la Vieja Guardia podría detener —responde Dante, volviendo a su tono gélido—. Y escucha bien, Thiago: no me importa tu santuario, ni tus contratos, ni tu mal humor. He venido a ver a mi hermana pequeña. Y vendré a verla siempre que ella quiera.
Dante me mira de reojo, con una sonrisa torcida que me pone los pelos de punta.
—Y tú, preciosa... sigue gritándole. Alguien tiene que recordarle que no es el dueño del aire que respiramos.
La tensión en la sala es tan alta que parece que el aire va a estallar en llamas. Thiago está a un segundo de saltar sobre su propio hermano, y yo estoy en medio de una guerra.
El comedor se ha convertido en una olla a presión. Marco sigue con la mano en el arma, pero Thiago le hace una señal imperceptible para que se retire, aunque su mandíbula sigue tan tensa que parece de granito. Dante, con una arrogancia que me pone los pelos de punta, aparta una de las sillas de caoba y se sienta a la mesa como si fuera el dueño legítimo de la casa.
—Huele de maravilla —dice Dante, mirando el plato de fruta y café con una sonrisa depredadora—. ¿Hay sitio para un hermano hambriento o la "esposa ejemplar" no ha previsto visitas inesperadas?
Izzy, temblando de emoción y miedo, se sienta a su lado, buscando su mano por debajo de la mesa. Yo me quedo de pie, sintiendo la mirada de Thiago quemándome la nuca. Sé que me odia ahora mismo por haber defendido esta "reunión familiar".
—Siéntate, Nadia —ordena Thiago. Su voz es un látigo.
Me siento frente a Dante. Durante la comida, el silencio es denso, roto solo por el choque de los cubiertos. Para mi sorpresa, Dante comienza a comportarse como un perfecto caballero. Me pregunta por mi trabajo, por los libros que me gustan, e incluso alaba la decoración de la casa con un tono suave y educado que choca frontalmente con la imagen de "psicópata" que Thiago me ha vendido.
—Sabes, Nadia —comenta Dante, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta de lino—, mi hermano siempre ha sido un poco... posesivo. Teme que si alguien más se acerca a lo que quiere, se dará cuenta de que su castillo está hecho de arena. Pero yo solo he venido a traerte algo. Una bienvenida oficial a la familia, ya que Thiago parece haber olvidado los modales.
Dante mete la mano en el bolsillo de su americana de seda y saca una pequeña caja de terciopelo azul, desgastada por el tiempo. La desliza por la mesa hacia mí.
Thiago, que no ha probado bocado, se queda lívido al ver la caja. Sus ojos verdes se dilatan y se pone de pie tan rápido que la silla cae hacia atrás con un estruendo.
—Ni se te ocurra tocar esa caja, Nadia —su voz es un rugido de pura agonía y furia.
—¿Por qué no, hermanito? —provoca Dante, divertido—. Es de la familia.
Ignoro la advertencia de Thiago por un segundo, movida por una curiosidad suicida, y abro la caja. Dentro hay un broche de oro antiguo con forma de lirio, con un pequeño zafiro en el centro. Es una pieza sencilla pero hermosa, que emana una historia que no conozco.
—Era de nuestra madre —susurra Izzy, con las lágrimas asomando en sus ojos—. El lirio de mamá... Pensé que se había perdido el día que...
—¡DANTE, FUERA DE MI CASA! —Thiago golpea la mesa con los dos puños, haciendo que las tazas vuelquen. Su rostro está transfigurado por el dolor—. ¡No tienes derecho a traer nada suyo aquí! ¡No después de lo que hiciste!
Dante se levanta con una calma insultante, mirándome directamente a los ojos.
—Quédatelo, Nadia. La verdadera reina de los Valdés debería llevarlo. Mi hermano prefiere vivir en el odio porque es lo único que sabe manejar, pero tú... tú pareces tener la luz que a él se le apagó hace mucho.
Se inclina hacia mí, ignorando a Thiago que está a punto de saltarle al cuello, y me susurra lo suficientemente alto para que todos lo oigan:
—Disfruta del broche. Y recuerda: si el Verdugo te aprieta demasiado el cuello, siempre hay otro hermano que sabe valorar la belleza sin necesidad de contratos.
Dante le da un beso en la frente a una Izzy sollozante y sale del comedor con el mismo aire de victoria con el que entró. El silencio que deja es absoluto, roto solo por la respiración agitada de Thiago, que me mira con una mezcla de desprecio y traición que me hiela la sangre. El broche pesa en mi mano como si estuviera hecho de plomo.
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Editado: 08.04.2026