La esposa del verdugo

13 El santuario de las sombras

Nadia

El ambiente en la mansión se ha vuelto irrespirable. Thiago se ha encerrado en su despacho con una botella de whisky y el silencio de un hombre que sabe que su armadura tiene grietas. Izzy, por otro lado, es un manojo de nervios y determinación. Me busca en el jardín, lejos de los oídos de Marco y los guardias.
—Sé dónde está —me susurra, agarrándome del brazo—. Dante tiene un refugio en el antiguo distrito industrial. Si no voy ahora, Thiago reforzará la seguridad mañana y no volveré a verlo en años. Por favor, Nadia. Ayúdame.
No debería hacerlo. Mi contrato, mi seguridad y la poca paz que tengo con Thiago dependen de mi obediencia. Pero después de oír a Izzy, después de ver el dolor oculto tras la máscara del Verdugo, necesito la otra cara de la moneda.
Logramos salir usando una de las furgonetas de servicio, con Izzy escondida bajo unas mantas y yo al volante, fingiendo que necesitaba "aire y algo de la farmacia". Los guardias me dejaron pasar por respeto... o por miedo a Thiago si me molestaban.
El lugar es un almacén reformado, minimalista y frío, frente al río. Cuando entramos, el corazón me golpea las costillas. Dante está de pie junto a un ventanal, dándonos la espalda. Al girarse, el aire parece abandonar mis pulmones.
Si Thiago es una tormenta controlada, Dante es el huracán.
Es increíblemente hermoso, con los mismos rasgos afilados que su hermano, pero hay algo diferente. Es más corpulento, sus hombros son más anchos y su presencia llena la habitación de una manera casi asfixiante. Pero es su mirada lo que me detiene en seco: unos ojos que han visto cosas que harían temblar al mismísimo Verdugo. Su mirada no es fría como la de Thiago; es depredadora. Da un temor que nace en los huesos, el miedo a lo desconocido.
—Habéis tardado —dice con una voz de seda y acero.
Izzy corre a abrazarlo y él la rodea con una ternura que parece fuera de lugar en alguien con un aura tan peligrosa. Luego, sus ojos se clavan en mí. Camina hacia adelante, y cada paso es una lección de poder.
—Nadia —pronuncia mi nombre como si fuera un secreto—. Gracias por traerla. Mi hermano debe estar rompiendo los muebles de la mansión ahora mismo.
—Me ha contado lo que pasó con vuestro tío Fausto —suelto, tratando de que mi voz no tiemble ante su escrutinio—. Dice que los vendiste. Que el broche fue el pago.
Dante suelta una risotada oscura, acercándose tanto que puedo oler su tabaco caro y algo metálico, como el aceite de un arma. Me saca una cabeza y media, obligándome a mirar hacia arriba.
—Thiago siempre fue el hijo perfecto, el que seguía las reglas del sindicato —comienza Dante, bajando la voz—. Cuando nuestros padres murieron y Fausto tomó el control, él quería convertirnos en sus perros falderos. A Thiago lo moldeó como su ejecutor. A Izzy quería venderla al mejor postor de la Vieja Guardia para asegurar su alianza.
Se cruza de brazos, y la luz de la luna acentúa las cicatrices que asoman por sus puños.
—Yo me rebelé. No por poder, Nadia, sino porque Fausto iba a destruir lo que quedaba de nuestra humanidad. Robé ese broche de su caja fuerte porque era lo único que Fausto no podía corromper. Intenté quemar el sistema desde dentro, pero para hacerlo, tuve que ensuciarme las manos. Hice tratos con gente peligrosa para que Izzy estuviera a salvo.
—Thiago dice que lo dejaste solo —le interrumpo.
—Thiago eligió quedarse —espeta Dante, y por primera vez veo una chispa de dolor real en su mirada—. Le pedí que viniera conmigo, que rompiéramos con el legado de sangre de Fausto. Pero él prefirió la seguridad de la cadena de mando. Prefirió ser el Verdugo del consejo antes que ser el hermano de un proscrito. Me exiliaron porque yo era una amenaza para su orden establecido, y Thiago... Thiago fue quien firmó la orden de mi destierro para quedarse con la silla de Fausto.
Se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio personal de una forma que Thiago nunca se atrevería sin permiso.
—Él te tiene en esa mansión porque tiene miedo, Nadia. Miedo de que, si descubres que hay un mundo fuera de sus muros donde no eres una "pieza", le dejes solo con sus fantasmas. Él no te protege de mí; te protege de la verdad. Porque la verdad es que el Verdugo es solo un niño asustado que eligió el poder sobre la familia.
Me quedo helada. La versión de Dante encaja con las piezas sueltas que Thiago nunca quiso unir. Miro a este hombre, tan imponente y aterrador, y me doy cuenta de que estoy en medio de una guerra de dos reyes, y yo soy el único premio que ambos parecen querer disputarse.
—¿Por qué me cuentas esto? —susurro.
Dante alarga una mano y, con una lentitud que me eriza la piel, me aparta un mechón de pelo. Sus dedos están fríos.
—Porque un contrato de un año es una sentencia de muerte en este mundo, preciosa. Y porque quiero que sepas que, si alguna vez decides que ya has tenido suficiente de la oscuridad de mi hermano, yo soy el único que sabe cómo quemar Chicago para sacarte de allí.
Izzy se aferra a la chaqueta de cuero de Dante, con los ojos suplicantes. El parecido entre los dos bajo la luz cruda del almacén es asombroso, pero mientras Izzy emana una fragilidad desesperada, Dante parece una montaña de granito inamovible.
—Déjame quedarme, Dante —le ruega ella—. No puedo volver allí, no después de lo que Thiago dijo. No quiero vivir en una casa donde la verdad se entierra bajo el suelo.
Dante le acaricia el rostro con una mano grande, pero su mirada sigue fija en la mía, como si estuviera leyéndome el alma.
—Aún no es el momento, pequeña —dice él con esa voz que retumba en el pecho—. Si te quedas ahora, Thiago quemará la ciudad entera para encontrarte y eso nos expondría a todos. Vuelve con él. Mantén la cabeza baja. Pronto, las piezas del tablero se moverán y tú estarás donde perteneces.
Se gira hacia mí. Su presencia es tan abrumadora que instintivamente doy un paso atrás, pero él acorta la distancia. Saca un teléfono encriptado de su bolsillo, un dispositivo delgado y negro que parece una sombra.
—Te enviaré un mensaje, Nadia. Tengo documentos, registros de las cuentas que Fausto manejaba y que mi hermano heredó sin rechistar. Pruebas de que el "honor" del que presume Thiago fue comprado con la sangre de nuestro legado. Cuando las tenga listas, nos veremos. Sola.
Siento un escalofrío. Aceptar esto es traicionar a mi marido, al hombre con el que compartí mi cuerpo esta mañana. Pero la duda es una semilla que Dante ha plantado con maestría. Saco mi propio teléfono con manos temblorosas y guardo el número que él me dicta, ocultándolo bajo un nombre genérico en mi agenda. Al hacerlo, siento que acabo de firmar un contrato mucho más peligroso que el de la boda.
—No me hagas arrepentirme de esto, Dante —susurro.
—Soy un hombre de palabra, preciosa. Algo que mi hermano olvidó hace tres años —responde él con una sonrisa gélida.
El camino de vuelta a la mansión es un silencio sepulcral. Izzy va apoyada contra la ventanilla, limpiándose las lágrimas, mientras yo trato de controlar el temblor de mis manos sobre el volante. Al cruzar la puerta principal, Marco nos espera con una expresión de piedra. Sus ojos recorren la furgoneta y luego se clavan en nosotras.
—El señor Valdés ha preguntado por ustedes tres veces —dice Marco, su tono es neutral pero hay una advertencia implícita—. Estaba a punto de enviar una unidad de búsqueda.
—Necesitábamos aire, Marco —respondo, tratando de que mi voz suene firme, como la de la mujer que hoy mismo desafió a Thiago en la mesa—. Izzy estaba muy alterada y pensamos que un paseo en coche la calmaría. No hemos salido de la zona de seguridad.
Marco asiente lentamente, aunque sé que no me cree del todo. Nos escolta hacia el interior, donde el silencio de la mansión se siente ahora como el de una tumba. Subo las escaleras sintiendo el peso del teléfono en mi bolsillo. He entrado en un juego de sombras entre dos hermanos que son como el fuego y el hielo, y sé que, si Thiago descubre que tengo el número del hombre al que más teme, no habrá "aire" suficiente en Chicago para salvarme de su furia.
Thiago está al final del pasillo, apoyado contra la pared frente a nuestro dormitorio. Sus ojos verdes están inyectados en sangre y la botella de whisky que sostenía antes ya no está, pero su olor lo envuelve todo.
—¿Habéis terminado de "tomar el aire"? —pregunta, y su voz es un susurro peligroso que me hace desear no haber salido nunca de esa habitación.
La mandíbula de Thiago está tan tensa que parece que sus dientes van a estallar. No dice nada más en el pasillo; simplemente abre la puerta de nuestro dormitorio y me hace una señal con la cabeza para que entre. En cuanto cruzo el umbral, el sonido del portazo resuena en toda la planta como un disparo.
Me giro para intentar explicarle algo, cualquier mentira que sostenga nuestra frágil tregua, pero no tengo tiempo. Thiago me agarra del brazo con una fuerza que me deja sin aliento y, de un movimiento brusco y cargado de una posesividad animal, me lanza sobre la cama.
Caigo de espaldas sobre el edredón, hundiéndome en la seda, y antes de que pueda incorporarme, el peso de su cuerpo cae sobre el mío, inmovilizándome. Sus ojos verdes no tienen ni rastro de la ternura de esta mañana; son dos pozos de sospecha y deseo violento.
—¿Crees que soy idiota, Nadia? —ruge contra mi boca, su aliento oliendo a whisky y a una furia que me hace temblar—. ¿Crees que no huelo el rastro de mi hermano en ti? ¿Crees que no sé que has estado en su terreno?
—Thiago, solo fuimos a... —intento decir, pero él me corta con un beso que no es un beso, es un reclamo.
Me muerde el labio inferior hasta que el sabor metálico de la sangre inunda mi boca. Sus manos suben por mis muslos, desgarrando las medias con una impaciencia ruda, buscando mi piel como si necesitara borrar cualquier rastro que Dante pudiera haber dejado con solo mirarme.
—Eres mía —sentencia él, su voz vibrando en mi pecho mientras se deshace de su ropa con movimientos erráticos y peligrosos—. Por contrato, por ley y por sangre. Y si tengo que recordártelo cada noche para que no vuelvas a buscar la sombra de ese traidor, lo haré.
No hay preliminares, no hay dulzura. Thiago me posee con una intensidad desesperada, una embestida de poder que busca reclamar cada rincón de mi cuerpo. Sus manos se clavan en mis caderas, dejando marcas que sé que mañana serán moratones, un mapa de su inseguridad convertido en lujuria.
Cierro los ojos, aferrándome a sus hombros, sintiendo el choque de nuestros cuerpos en el silencio de la habitación. Mientras él se pierde en el ritmo frenético de su propia rabia, yo no puedo dejar de pensar en el teléfono que he escondido, en el número de Dante guardado en mi agenda y en la verdad que amenaza con destruir al hombre que ahora me sujeta como si fuera su única ancla en el mundo.
Thiago se corre con un gruñido que suena a derrota, derrumbándose sobre mí, su respiración agitada quemándome el cuello. Me abraza con una fuerza asfixiante, como si temiera que, si me suelta, me desvaneceré en la oscuridad que su hermano acaba de abrir entre nosotros. En este momento, rodeada de su aroma y su sudor, me doy cuenta de que he empezado a jugar a dos bandas, y que el precio de este juego será mucho más alto de lo que cualquiera de los dos Valdés puede pagar.




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