La esposa del verdugo

14 El peso del engaño

Nadia

El sol de la mañana se filtra por los ventanales de la habitación, pero no logra calentar el frío que siento en el pecho. Thiago duerme a mi lado, con un brazo rodeando mi cintura de forma posesiva, incluso en sueños. Cada vez que me muevo, su agarre se tensa. Anoche me reclamó con una furia desesperada, como si quisiera marcar su propiedad en mis huesos para que su hermano no encontrara ni un centímetro libre.
Siento el peso del teléfono de Dante bajo la almohada. Quema.
Cuando Thiago finalmente despierta, sus ojos verdes están nublados por el cansancio y el whisky de la noche anterior. Se sienta en el borde de la cama, frotándose la cara, y es entonces cuando suelto la mentira que he estado ensayando mentalmente desde que recibí el mensaje.
—Thiago... —mi voz suena extrañamente estable—. He recibido un correo de mi agente. Hay un editor interesado en mi próxima novela y quiere verme en persona. He reservado una noche en un hotel en Naperville. Es una reunión larga, quieren cenar y discutir los derechos de traducción.
Él se gira lentamente. Me observa durante unos segundos que se me hacen eternos, buscando cualquier grieta en mi expresión. El aire se detiene.
—¿Naperville? —pregunta con voz ronca.
—Sí. Está lo suficientemente cerca para ir en coche, pero lo suficientemente lejos para que no valga la pena volver tarde por la noche. Necesito este contrato, Thiago. Es mi carrera.
Para mi sorpresa, asiente. Se levanta y me da un beso rápido, casi distraído, en la frente.
—Está bien. De hecho, me viene bien que estés ocupada. He recibido una llamada de la Vieja Guardia hace una hora. Hay problemas con las rutas en los puertos del Adriático. Salgo para el aeropuerto en una hora; vuelo a Europa. Estaré fuera tres o cuatro días.
Siento una oleada de alivio tan fuerte que casi me marea, seguida inmediatamente por una punzada de culpa. Él confía en mí. A pesar de su paranoia con Dante, cree que su "esposa" está centrada en sus libros.
—Ten cuidado —le digo, y lo digo en serio. A pesar de todo, no quiero que nada le pase.
Veo desde el ventanal cómo el convoy de coches negros sale de la mansión. Thiago va en el asiento trasero del primer vehículo, seguramente revisando informes en su tablet, ajeno a que su "frágil civil" está a punto de encontrarse con el hombre que él más odia en el mundo.
Marco se queda a cargo de la seguridad de la casa, pero con Thiago en otro continente y mi "reunión de negocios" aprobada, tengo el camino libre.
Paso el resto del día como una autómata. Preparo una maleta pequeña, hablo con Izzy —quien me mira con sospecha pero no dice nada— y espero a que el reloj marque las diez de la noche.
Cuando salgo de la mansión al volante de mi coche, el corazón me late con una violencia sorda. No voy a Naperville. No hay ningún editor esperándome con un contrato. Voy al encuentro de una sombra que promete darme la luz sobre la familia Valdés.
Saco el teléfono negro del bolso y releo el mensaje de Dante. Mañana a medianoche. Sola.
He engañado al Verdugo. He traicionado la confianza del hombre que anoche me estrechaba contra su pecho. Y mientras conduzco hacia el distrito industrial, solo puedo pensar en una cosa: si Dante miente, he destruido mi matrimonio por nada; pero si dice la verdad, mi matrimonio ya estaba destruido mucho antes de que yo firmara aquel contrato.
El distrito industrial a medianoche es un cementerio de metal y hormigón. El GPS me marca una dirección que parece no existir, hasta que veo una luz parpadeante en el segundo piso de un antiguo almacén de textiles. Estaciono el coche a una manzana de distancia, con las manos aferradas al volante hasta que los nudillos se me vuelven blancos.
He mentido a mi marido. He enviado a Thiago a miles de kilómetros creyendo que su "esposa perfecta" está firmando contratos literarios, cuando en realidad estoy a punto de entrar en la boca del lobo.
Subo por una escalera de incendios oxidada que chirría bajo mis botas. Al llegar arriba, la puerta se abre antes de que pueda llamar. Dante Valdés está allí, iluminado solo por la luz de un ordenador portátil y el resplandor de la luna que entra por los cristales rotos.
—Puntual —dice, y su voz, aunque baja, tiene una resonancia que me hace vibrar los huesos—. Empezaba a pensar que el miedo a mi hermano te había vencido.
—No me hables de miedo, Dante. Enséñame lo que tienes —respondo, tratando de ocultar el temblor de mis manos cruzando los brazos sobre el pecho.
Él se aparta, invitándome a pasar. El espacio es austero: una mesa de metal, un par de sillas y una pared llena de monitores y carpetas. Dante se sienta y teclea una serie de códigos. Su espalda es ancha, imponente, mucho más robusta que la de Thiago, y emana una energía física que parece consumir el oxígeno de la habitación.
—Mira esto —señala la pantalla.
Me acerco, quedando tan cerca de él que puedo sentir el calor de su cuerpo. En el monitor aparecen documentos escaneados con el sello oficial de la Vieja Guardia. Son informes de inteligencia de hace tres años.
—Thiago te dijo que yo vendí a la familia para salvar mi pellejo —suelta Dante con una amargura que corta—. La realidad es que nuestro tío Fausto ya había firmado nuestra sentencia de muerte. Había un plan para eliminarnos a los tres y absorber el territorio Valdés.
Pasa las páginas digitales. Veo fotos de reuniones secretas, grabaciones de audio donde la voz de Fausto suena nítida, negociando con carteles rivales.
—Yo no negocié con ellos para ser un traidor —continúa Dante, mirándome de frente, sus ojos oscuros clavándose en los míos—. Fui yo quien descubrió que Fausto había matado a nuestros padres. Cuando intenté enfrentarme a él, el consejo me dio un ultimátum: o aceptaba el exilio y cargaba con la culpa de la "traición" para que Fausto tuviera un chivo expiatorio, o nos mataban a los tres esa misma noche.
—¿Y Thiago? —pregunto, con la voz apenas audible.
Dante abre un archivo de audio. Es una grabación de hace tres años. Reconozco la voz de Thiago, más joven, pero igual de gélida.
"Acepto los términos del consejo. Si Dante se va y asume la responsabilidad de la emboscada en el puerto, yo tomaré el mando. Fausto dejará de ser una amenaza y la paz volverá a la familia. Firmaré lo que sea necesario."
El mundo parece girar a mi alrededor. El audio sigue: Thiago negociando con la Vieja Guardia, aceptando que su hermano fuera desterrado y tachado de criminal a cambio de heredar el trono y la seguridad de Izzy.
—Él no fue una víctima, Nadia —dice Dante, levantándose y rodeándome, atrapándome entre su cuerpo y la mesa—. Thiago eligió el orden sobre la lealtad. Eligió ser el Verdugo del consejo porque le gustaba el poder más de lo que le importaba su hermano. Me usó como el villano para que él pudiera ser el santo que salvó a Izzy.
Dante alarga la mano y toca el broche de lirio que, por alguna razón, he traído conmigo en el bolso.
—Ese broche no es un pago. Es la prueba de que yo fui el único que entró en el despacho de Fausto para recuperar lo que era de mamá mientras Thiago estrechaba la mano de los asesinos de nuestros padres para cerrar el trato.
Me quedo sin aire. Las pruebas están ahí: facturas, grabaciones, firmas. Thiago me ha estado ocultando que su "sacrificio" fue en realidad una ambición calculada, y que Dante, el hombre al que yo temía, es quien realmente se llevó las cicatrices para que ellos pudieran seguir viviendo en una mansión de cristal.
—¿Por qué me enseñas esto ahora? —susurro, mirando hacia arriba, a ese rostro que desprende un temor mucho más profundo que el de Thiago porque es real, sin máscaras.
—Porque Thiago está en Europa cerrando un trato que te pondrá en peligro —responde Dante, inclinándose hasta que sus labios rozan mi oído—. Y porque no voy a dejar que el Verdugo destruya a otra persona que me importa. Quédate conmigo esta noche, Nadia. Lee el resto. Y mañana, tú decides si vuelves a esa jaula de oro o si me ayudas a terminar lo que empecé hace tres años.
Miro la pantalla, luego a Dante, y finalmente pienso en Thiago, a miles de kilómetros, creyendo que su red de mentiras sigue intacta. El contrato de un año acaba de convertirse en papel mojado ante la magnitud de esta traición fraternal.
Las horas se desvanecen entre el zumbido del ordenador y el roce del papel antiguo. Cada documento que Dante desliza ante mis ojos es una puñalada a la imagen de "salvador" que yo tenía de Thiago. Las pruebas son irrefutables: depósitos bancarios, órdenes de traslado y correos donde mi marido negociaba el destierro de su propio hermano como quien liquida una mercancía defectuosa.
Me siento mareada, intoxicada por la verdad. El aire en el almacén es denso, cargado de polvo y de la presencia eléctrica de Dante, que no se ha separado de mi lado.
—¿Lo ves ahora? —suena su voz, una barítono profundo que parece retumbar en el suelo—. Él no es el héroe de tu cuento, Nadia. Él es el hombre que vendió mi sangre para comprar tu jaula.
Me giro bruscamente para replicar, para decir que no puede ser tan sencillo, pero me quedo sin palabras. Dante está mucho más cerca de lo que pensaba. Sus ojos oscuros, cargados de una tormenta de tres años de soledad y rabia, están fijos en los míos. Su respiración, cálida y con un deje de tabaco y peligro, choca contra mi rostro.
Estamos a escasos centímetros. La tensión es una cuerda tensada hasta el punto de ruptura. En mi mente brilla la imagen de Thiago en el avión, pero la rabia por su engaño y la atracción magnética que emana Dante me nublan el juicio. Sin saber por qué, movida por un impulso suicida de quemar los puentes que me atan a la mansión, acorto la distancia y lo beso.
Es un beso desesperado, hambriento. Dante suelta un gruñido gutural, una mezcla de sorpresa y triunfo, y me atrae hacia él con una fuerza que me deja sin aliento. Sus manos, más grandes y rudas que las de Thiago, se clavan en mi cintura y me elevan, sentándome de golpe sobre la mesa de metal, haciendo que los papeles de la traición vuelen por los aires.
El encuentro es salvaje, una colisión de dos personas que necesitan destruir algo para sentirse vivas. Dante no pide permiso; reclama. Sus labios se mueven contra los míos con una voracidad que me hace gemir, mientras sus manos arrancan los botones de mi blusa, ansioso por tocar la piel que su hermano ha intentado marcar como propiedad privada.
Me rodea con sus brazos, y siento la dureza de sus músculos, una fuerza física que supera con creces la de Thiago. Es como ser abrazada por una fuerza de la naturaleza. Me despoja de la ropa con movimientos erráticos, y cuando su piel entra en contacto con la mía, el contraste es eléctrico. Dante es fuego puro. Sus besos bajan por mi cuello, dejando marcas que no son de posesión, sino de liberación.
Se deshace de sus pantalones con una impaciencia febril y me penetra de un solo golpe, profundo y firme, arrancándome un grito que se pierde en las vigas del techo. El sexo es frenético, crudo, carente de la etiqueta de la mansión. Es un acto de rebelión. Cada embestida de Dante contra el metal de la mesa parece un martillazo contra el contrato de boda. Me sujeta de las muñecas, mirándome a los ojos mientras lo hace, obligándome a ver al hombre que Thiago intentó borrar.
Sus movimientos son potentes, rítmicos y despiadados, llevándome al límite en cuestión de minutos. El sudor brilla en su espalda ancha bajo la luz de la luna, y cuando el clímax nos alcanza, Dante entierra su rostro en mi hombro, apretándome contra él con una intensidad que me hace sentir, por primera vez, que no soy una pieza en un tablero, sino el centro de una guerra que acaba de volverse personal.
Nos quedamos allí, jadeando sobre los restos de los documentos de Fausto, rodeados de sombras. He cruzado la línea definitiva. He traicionado al Verdugo con el hombre que él mismo creó, y sé que, después de esto, ya no hay vuelta atrás para ninguno de los tres.
Al terminar, nos quedamos enredados en un silencio que solo rompe el siseo del viento contra las ventanas rotas del almacén. Dante tiene su frente apoyada contra la mía, su respiración aún errática golpeando mis labios. Siento el latido de su corazón contra mi pecho, una percusión salvaje y constante que parece querer sincronizarse con el mío.
Me estremezco, no de frío, sino de una realización que me hiela la sangre: jamás se había sentido así.
Con Thiago, el deseo siempre ha sido una transacción de poder, una danza de sombras donde él marcaba el ritmo y yo intentaba no perderme. Con él, me sentía protegida, sí, pero también pequeña, como un pájaro en una jaula de oro que agradece que le limpien las plumas. Pero lo que siento aquí, sobre esta mesa de metal fría y rodeada de la traición de los Valdés, es algo que no puedo describir con palabras.
Es una conexión eléctrica, casi violenta, que trasciende lo físico. Estar cerca de Dante es como estar cerca de un incendio forestal: sabes que te va a quemar, pero el calor es tan adictivo que prefieres arder a dar un paso atrás. Hay una fuerza en él, una honestidad bruta en su mirada que Thiago siempre camufló con trajes caros y silencios calculados.
Dante me sujeta el rostro con sus manos rudas, obligándome a mirarlo. Sus ojos oscuros brillan con una intensidad que me atraviesa, como si estuviera viendo a la mujer real, no a la "esposa del Verdugo" ni a la "escritora civil".
—No es solo el sexo, Nadia —susurra él, y su voz suena como el rugido lejano de un motor—. Lo sientes, ¿verdad? Sientes que aquí, entre estos escombros, hay más verdad que en toda esa mansión de mármol.
No puedo responder. Nudo en la garganta me impide hablar. Solo puedo asentir mientras me hundo de nuevo en su abrazo. Sé que mañana, cuando el sol salga, tendré que enfrentarme al hecho de que he traicionado al hombre que tiene mi contrato. Pero ahora mismo, mientras Dante me estrecha contra su cuerpo imponente, el resto del mundo —incluido Thiago a miles de kilómetros— me parece una mota de polvo insignificante.
He descubierto que la libertad no estaba en los libros, sino en el abismo de los ojos del hermano proscrito. Y el problema es que, una vez que has probado el abismo, ya no quieres volver a tierra firme.




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