La esposa del verdugo

15 El pasado

Nadia

El teléfono vibra sobre la mesa de noche, rompiendo el silencio denso de la habitación. El nombre de Thiago parpadea en la pantalla, y por un segundo, el pánico me atenaza la garganta. ¿Lo sabe? ¿Ha visto el rastro de su hermano en mis ojos a través de la distancia?
—Hola, Thiago —digo, forzando una calma que no poseo.
—Nadia. Las cosas aquí se han complicado —su voz suena pastosa, algo distante, como si cargara con el peso de una noche demasiado larga—. El viaje se va a retrasar varios días más. Hay flecos en el contrato que la Vieja Guardia no quiere soltar.
—Entiendo. El negocio es lo primero, ¿no? —respondo, y me sorprende el veneno sutil en mi propio tono.
—Escúchame. Mateo va a volar hacia aquí esta tarde para traerme unos documentos que necesito. Pero no quiero que te preocupes. La casa está blindada. Marco tiene órdenes de no quitaros el ojo de encima. Dante no ha vuelto a aparecer por los radares, así que estáis seguras.
—Perfecto, Thiago. Que tengas buen viaje —corto la comunicación antes de que pueda decir algo más. "Seguras". Qué palabra tan vacía cuando el peligro ya ha entrado en la cama y la traición ya ha sido consumada.
Bajo al salón y encuentro a Mateo terminando de revisar unos papeles antes de salir hacia el aeropuerto. Se detiene un momento, mirándome con una expresión sombría.
—Thiago está tenso, Nadia. Fausto lo está presionando demasiado en Europa —comenta Mateo mientras cierra su maletín—. Dante siempre supo cómo lidiar mejor con esa presión, hasta que apareció aquella chica. Fue ella quien detonó todo. Dante perdió la cabeza por ella y eso fue lo que Fausto usó para quebrarlo antes del exilio.
Mi corazón da un vuelco. ¿Una chica? ¿Hubo alguien más antes de todo este caos? Mateo se marcha sin dar más detalles, dejándome con una punzada de celos y una curiosidad que me quema. Necesito respuestas. Necesito saber si soy solo otro peón en una guerra que empezó mucho antes de que yo llegara, o si Dante es tan peligroso como dicen.
Saco el teléfono negro que Dante me dio. Mis dedos vuelan sobre el teclado.
“Thiago se queda fuera. Mateo acaba de irse. He oído algo sobre una chica de tu pasado que lo cambió todo. Necesito verte esta noche. En el mismo sitio.”
Le doy a enviar y guardo el teléfono en el sujetador, sintiendo el frío del dispositivo contra mi piel. Esta noche volveré a cruzar la línea, no solo por la verdad sobre la familia Valdés, sino por el magnetismo de un hombre que parece ser el único capaz de hacerme sentir viva en medio de este nido de serpientes.
El almacén huele a lluvia y a hierro. Llego con los nervios a flor de piel, todavía escuchando la voz de Mateo en mi cabeza hablando de esa "chica" que fue el detonante de la caída de Dante. Subo las escaleras y lo encuentro allí, revisando unos mapas sobre la mesa de metal. Al verme, su mirada se intensifica, pero hay algo en mi postura que lo pone en guardia.
—Has venido pronto —dice Dante, dando un paso hacia mí. Su presencia sigue siendo un muro de fuerza que me deja sin aliento—. ¿Qué ha pasado? ¿Thiago ha llamado?
—Ha llamado —respondo, cruzándome de brazos—. Dice que se queda unos días más en Europa. Mateo ha ido a verle. Pero antes de irse, Mateo mencionó algo... una mujer. Dijo que hubo alguien por quien perdiste la cabeza, alguien que hizo que Fausto te quebrara.
Dante me observa en silencio. Sus ojos recorren mi rostro, deteniéndose en mis labios, y capta el matiz de mi voz. Una media sonrisa, cargada de una ironía amarga, tira de la comisura de su boca.
—¿Estás celosa, Nadia? —su voz baja un octava, volviéndose peligrosa—. ¿Es eso lo que te ha traído aquí con ese tono de sospecha?
—Solo quiero saber con quién me estoy acostando, Dante. No quiero ser otra "ficha" que detone un imperio.
Él suelta un suspiro pesado y se apoya contra la mesa, cerrando el ordenador. La luz de la luna acentúa las cicatrices de sus nudillos.
—No fue una amante, Nadia. Fue una niña —dice, y la dureza de su voz me deja helada—. Eran dos, en realidad. Una chica joven y su hermana pequeña. Fausto las había traído bajo engaño desde el este, prometiéndoles trabajo en sus hoteles. La realidad era que el convoy salía hacia Europa esa misma noche para entregarlas a una red de prostitución de la Vieja Guardia.
Se pasa una mano por el pelo, y por un momento, el monstruo que todos temen parece llevar el peso del mundo sobre sus hombros.
—Fausto me dio la orden de supervisar el transporte. Quería que yo fuera el que cerrara la puerta del camión. Fue su prueba final. Quería ver si yo era capaz de apagar mi conciencia para ser el heredero que él necesitaba: alguien sin alma, un espejo de su propia podredumbre.
—¿Y qué hiciste? —susurro, acercándome un paso más.
—Hice lo que nuestro padre hubiera hecho. Las liberé. Las saqué de la zona de carga a punta de pistola, les di dinero y las puse en un tren lejos de Chicago. Esa noche, Fausto supo que yo nunca sería como él. Supo que, a pesar de vivir en este fango, yo todavía tenía valores. Y en nuestro mundo, Nadia, tener valores es una sentencia de muerte.
Dante se levanta y camina hacia mí hasta que nuestros pechos casi se tocan. Me obliga a mirarlo, sujetando mi mentón con firmeza.
—Ese fue el "detonante". Fausto decidió que yo era demasiado parecido a mi padre, un hombre "blando" a sus ojos porque no permitía que se traficara con carne humana. Usó mi insubordinación para ponerme al consejo en contra, y Thiago... Thiago se quedó mirando mientras me despojaban de todo, porque él estaba demasiado ocupado convenciendo a Fausto de que él sí sería el ejecutor perfecto. Él no tuvo que liberar a ninguna niña, porque nunca se atrevió a abrir la puerta del camión.
Siento un nudo de angustia en el estómago. La imagen de Thiago, el hombre que me reclama con tanta posesividad, permitiendo que su hermano fuera destruido por tener moral, me revuelve las entrañas. Dante no es el sádico que Thiago describió; es el hombre que sacrificó su corona por no ser un monstruo.
—Thiago cree que te protegió —susurro, sintiendo cómo mis manos buscan instintivamente los brazos fuertes de Dante.
—Thiago se protege a sí mismo, Nadia. Siempre lo ha hecho —Dante me atrae hacia él, envolviéndome en su aroma a tabaco y libertad—. Pero tú ya no eres su secreto. Eres la única persona que conoce la verdad completa.
Lo miro a los ojos y, por primera vez, no siento temor, sino una admiración profunda y peligrosa. Me hundo en su abrazo, dándome cuenta de que mientras Thiago está en Europa intentando complacer a los lobos y compartiendo cama con extrañas para reafirmar su poder, yo estoy aquí, en brazos del hombre que prefirió el exilio antes que perder su alma.
—No me dejes volver a esa casa, Dante —le pido contra su pecho.
—Pronto, preciosa —promete él, besando mi coronilla—. Pero primero, tenemos que asegurarnos de que, cuando salgas de esa mansión, sea para ver cómo su imperio de mentiras arde hasta los cimientos.




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