Nadia
Entro en la mansión por la puerta de servicio, con el corazón martilleando contra mis costillas como un animal enjaulado. El frío del amanecer se me ha metido en los huesos, pero mi piel todavía quema por el contacto de Dante. Subo las escaleras en silencio, evitando cada escalón que sé que cruje, pero al llegar al rellano del segundo piso, una sombra me corta el paso.
—Llegas tarde para venir de una reunión con un editor, Nadia.
Me quedo helada. Izzy está apoyada contra la pared, envuelta en una bata de seda negra, con los brazos cruzados y una expresión que oscila entre la decepción y una curiosidad afilada. Sus ojos, tan parecidos a los de sus hermanos, me recorren de arriba abajo. Se detiene en mi cuello, donde la marca que Dante dejó se adivina bajo el cuello de mi chaqueta.
—Izzy... yo... —mi voz me traiciona, rompiéndose en un susurro.
—No me mientas. No a mí —dice ella, acercándose. Su voz no es de amenaza, sino de una extraña urgencia—. Sé que no estuviste en Naperville. Los guardias de la entrada dicen que tu coche no ha vuelto hasta ahora. ¿Estuviste con él? ¿Estuviste con Dante?
Entramos en mi habitación y cierro la puerta con llave. El silencio de la casa parece juzgarme. Me hundo en el borde de la cama, ocultando el rostro entre las manos. La adrenalina de la noche se ha evaporado, dejando paso a una verdad que ya no puedo contener.
—Sí —suelto, y las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas—. Estuve con él. Y me enseñó todo, Izzy. Los papeles de Fausto, las grabaciones... Lo que Thiago hizo para quedarse con el control.
Izzy se sienta a mi lado. Su rigidez desaparece y suspira, un sonido cargado de años de secretos familiares.
—Siempre lo supe, en el fondo —murmura ella—. Thiago es el orden, pero Dante era el corazón de esta familia. Por eso dolió tanto cuando se fue. Pero Nadia... jugar con los dos es un suicidio. Thiago te destruirá si se entera.
—No estoy jugando, Izzy —la miro a los ojos, y por primera vez lo digo en voz alta—. Me he enamorado de Dante. Sin querer, sin planearlo... pero lo que siento por él es real. No es un contrato, no es una deuda. Es... es todo.
Izzy me rodea con sus brazos, y por un momento, las dos somos solo dos mujeres atrapadas en una guerra de hombres. Pasamos el resto del día encerradas en mi habitación, lejos de los ojos de los guardias rasos que Thiago dejó a cargo. Le cuento la verdad sobre las niñas que Dante salvó, sobre por qué Fausto lo quería fuera. Ella llora conmigo, dándose cuenta de que el hermano al que odió por "traidor" fue el único que intentó mantener algo de decencia en este nido de víboras.
Al caer la tarde, uno de los hombres de seguridad toca a la puerta. Al no estar Marco ni Mateo para filtrar la información, el soldado simplemente cumple con informar las órdenes directas que llegan desde el otro lado del océano.
—Señora Valdés, perdón por molestarla —dice el hombre a través de la madera—. Acabamos de recibir el aviso desde el aeródromo privado. Los asuntos en Europa se han cerrado antes de lo previsto.
Siento un vuelco en el estómago que me marea.
—¿Cuándo? —pregunto, tratando de que no me tiemble la voz.
—El avión despega en una hora. El jefe vuelve mañana mismo por la mañana. Ha dado órdenes de que la casa esté lista para su llegada. Quiere verla en cuanto pise el suelo de Chicago.
El guardia se retira y el silencio vuelve a caer sobre nosotras, pero ahora es un silencio asfixiante. Izzy me agarra de la mano, apretando con fuerza. El tiempo se ha acabado. Thiago vuelve creyendo que su esposa lo espera con lealtad, sin saber que el rastro de su hermano todavía está caliente en mi piel.
—Tienes que ir —susurra Izzy con urgencia—. Ve esta noche al almacén. Dile que Thiago vuelve mañana. Si Dante tiene un plan para sacarte de aquí, tiene que ser ahora. Porque una vez que Thiago cruce esa puerta mañana, no te dejará escapar de su vista nunca más. Y Nadia... ten cuidado. Si él nota lo que sientes por Dante, no habrá rincón en el mundo donde puedas esconderte.
Dante
El sol de la tarde se cuela entre las copas de los pinos, proyectando sombras alargadas y afiladas como cuchillos sobre el suelo cubierto de agujas secas. El aire aquí, en este rincón olvidado del cinturón verde, huele a resina y a tierra húmeda. He aparcado la moto tras la cabaña abandonada, ocultándola de cualquier mirada indiscreta desde el camino forestal.
Tengo los nervios a flor de piel. Me paso una mano por la nuca, sintiendo la cicatriz que me recuerda por qué estoy aquí, por qué fui desterrado. Escucho el motor de un coche acercándose. Mi mano baja instintivamente a la culata de la pistola que llevo al cinto, pero relajo los hombros al reconocer el ronroneo del motor del pequeño coche de Izzy.
Nadia frena en seco en el claro del bosque, levantando una nube de polvo. Sale del coche antes de que el motor termine de apagarse y corre hacia mí. Tropieza con una raíz, pero la cazo al vuelo antes de que toque el suelo. La estampo contra mi pecho con una fuerza que le saca un pequeño jadeo.
—Estás loca, Nadia —le susurro al oído, apretándola contra mi cazadora de cuero—. Es de día, joder. Si te han seguido, estamos muertos los dos antes de que anochezca.
—No podía esperar —responde ella, hundiéndose en mi cuello, buscando mi calor como si fuera lo único real en su mundo de cristal—. Mañana vuelve. Mañana aterriza ese avión y tendré que mirarlo a la cara sabiendo que todo ha sido una puta mentira. No podía quedarme en esa casa ni un minuto más sin verte.
La separo un poco de mí para obligarla a mirarme. Tiene los ojos empañados y las mejillas encendidas por la carrera y el miedo. Me destroza verla así, atrapada entre el hombre que la compró y el hombre que la desea más que a su propia vida.
—Escúchame bien —le digo, sujetando su rostro entre mis manos rudas—. Sé que tienes miedo. Sé que pensar en que él te toque te revuelve las tripas. Pero necesito que aguantes un poco más. Solo un poco.
Pero la tensión acumulada, el miedo a lo que viene mañana y la necesidad visceral de poseerla antes de que el Verdugo regrese, me superan. No puedo esperar a entrar en la cabaña. No puedo esperar a que caiga la noche.
La empujo suavemente hacia su coche y la izo hasta sentarla sobre el capó metálico, todavía caliente por el viaje. El contraste entre el frío del metal y el calor de su piel es una chispa que enciende el polvorín que llevo dentro. Me hundo entre sus piernas con una voracidad hambrienta, reclamando cada centímetro de su ser con mis manos y mis labios. Nadia se arquea sobre el coche, gimiendo mi nombre en el silencio del bosque, mientras yo la poseo con una intensidad que nada tiene que ver con la ternura y todo con la posesión animal. Es un acto de guerra, un recordatorio de que, aunque mañana ella vuelva a la mansión, su cuerpo ya conoce a su verdadero dueño.
Cuando el primer asalto termina, el deseo no se aplaca. La bajo del capó y la guío hacia un claro donde la hierba crece alta y suave, amortiguando nuestra caída. Nos derrumbamos sobre el manto verde, rodeados de la naturaleza que parece juzgar nuestro pecado en silencio.
Aquí, entre la hierba y el olor a tierra húmeda, el encuentro se vuelve más lento, más profundo, más desesperado. La poseo de nuevo, pero esta vez no es una reclamación rápida; es una despedida tortuosa, una promesa de que no permitiré que su imperio de mentiras nos separe. Sus manos se clavan en mis hombros, arañándome la piel, mientras nuestros cuerpos se sincronizan en un ritmo salvaje y melancólico. En este rincón del bosque, suspendidos entre el pasado y el futuro incierto, Nadia no es la esposa de nadie. Es mía. Y juro por la sangre que nos traicionó que mañana será el principio del fin para el Verdugo.
La luz del atardecer se filtra entre las ramas, bañando su piel de un tono dorado mientras sus jadeos se mezclan con el susurro del viento en los pinos. La tengo debajo de mí, con la espalda hundida en la hierba húmeda y el cabello enredado con la tierra, pero nunca la he visto más hermosa. Ni más mía.
Me detengo un segundo, apoyado sobre mis codos, mirándola fijamente. Sus ojos están empañados, perdidos en el placer y en el miedo a lo que nos espera mañana. Siento un nudo en la garganta que no tiene nada que ver con la rabia que suelo llevar dentro. Es algo más profundo, algo que me debilita y me da fuerzas al mismo tiempo.
—Nadia —susurro, apartándole un mechón de la cara con una mano que me tiembla ligeramente.
Ella me mira, intentando recuperar el aliento, y en ese silencio sepulcral del bosque, las palabras que he tenido encerradas bajo llave durante años finalmente rompen las cadenas.
—Te amo. Joder, Nadia... te amo.
Se queda petrificada. Sus pupilas se dilatan y el tiempo parece detenerse en este claro del bosque. No es una frase que un hombre como yo diga a la ligera. No es algo que se diga en nuestro mundo si no estás dispuesto a morir por ello. Y yo, en este instante, sé que caminaría directo al infierno de Thiago solo por mantenerla a salvo.
—Dante... —balbucea ella, y una lágrima solitaria le resbala por la sien hasta perderse en la hierba.
—No es el momento, lo sé —continuo, y mi voz suena más rota de lo que me gustaría admitir—. Mañana él vuelve y todo se irá a la mierda. Pero necesito que lo sepas. Necesito que, cuando él te mire, cuando intente poseerte, recuerdes que hay un hombre ahí fuera que daría hasta su último aliento por ti. No eres un trofeo, ni un contrato. Eres mi puta vida.
La beso con una desesperación nueva, una que ya no busca solo el placer físico, sino sellar una promesa. Sus manos me agarran la cara con una fuerza asombrosa, atrayéndome hacia ella como si fuera su único salvavidas en mitad de un naufragio.
Nos quedamos ahí, abrazados sobre la tierra, sabiendo que acabamos de firmar nuestra sentencia de muerte o nuestro billete a la libertad. El Verdugo aterriza en unas horas, pero aquí, en este rincón olvidado del mundo, el exiliado acaba de ganar la única batalla que realmente importaba.
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Editado: 08.04.2026