La esposa del verdugo

17 El despertar

Nadia

El peso de la realidad me golpea antes incluso de abrir los ojos. La luz grisácea de la mañana de Chicago se filtra por las cortinas de seda, pero el aire en la habitación se siente pesado, cargado de una presencia que hace que se me erice el vello de la nuca.
Abro los ojos y el corazón se me detiene. Thiago está sentado en el borde de la cama, impecable en su traje oscuro, observándome con una fijeza que me hiela la sangre. No hay rastro del hombre que se despidió hace días; sus ojos verdes están inyectados en sangre y tienen un brillo errático, peligroso.
—Bienvenida al mundo real, Nadia —dice con una voz ronca que me hace estremecer.
Antes de que pueda reaccionar, se inclina sobre mí. Su cuerpo es una barrera de músculo y autoridad que me aplasta contra el colchón. Se lanza a besarme con una urgencia que no tiene nada de afecto; es una reclamación. Sus labios presionan los míos con fuerza, casi castigándome, y es entonces cuando lo percibo.
Un rastro agrio, denso. Huele a alcohol. No es el aroma sutil de una copa social; es el olor de una noche de excesos que se le ha pegado a la piel. Me aparto con un gesto de asco, empujando sus hombros.
—Thiago, para... Hueles a alcohol —le digo, con la voz temblorosa pero cargada de desprecio—. ¿Has estado bebiendo?
Él suelta una risa seca, desprovista de humor, y se pasa una mano por la mandíbula tensa.
—El viaje ha sido largo, Nadia. Muy largo. Y los socios en Europa no son precisamente abstemios —se escuda, aunque sus ojos me dicen que hay algo más que no me está contando—. He vuelto a casa. He vuelto a mi mujer. ¿No vas a darme una mejor bienvenida?
Se vuelve a acercar, buscando mi cuello. El recuerdo de Dante en el bosque, de sus manos suaves y su "te amo" susurrado entre la hierba, me quema por dentro. No puedo dejar que este hombre me toque. No ahora que sé quién es realmente.
—No me apetece, Thiago. Por favor... estoy cansada y tú no estás en condiciones —intento zafarme, girando la cara.
Pero mi rechazo parece prender una mecha en él. Su expresión se endurece al instante. La inseguridad que traía de Europa, alimentada por las palabras de su tío Fausto sobre no dejarse manejar por una mujer, estalla en este dormitorio.
—¿Que no te apetece? —repite, y su voz es un susurro letal—. He cruzado el océano para estar contigo. Te he dado un nombre, seguridad y una vida que no mereces. No estás en posición de que "no te apetezca".
Antes de que pueda gritar, me agarra las muñecas con una sola mano, inmovilizándolas sobre mi cabeza contra el cabecero de la cama. El pánico me nubla la vista. Intento forcejear, pero él es demasiado fuerte, demasiado pesado.
—Thiago, suéltame, me haces daño —le suplico, pero él ya no escucha.
Sin mediar palabra, con una frialdad mecánica que me rompe el alma, se deshace de su ropa y me despoja de la mía. Me ignora, ignora mi resistencia y el vacío en mi mirada. Siento el dolor agudo cuando me penetra sin preparación, sin cariño, solo con el deseo bruto de reafirmar que soy su propiedad.
Cierro los ojos con fuerza, apretando los dientes para no gritar. Mientras él se mueve sobre mí, solo puedo pensar en Dante. Rezo para que mi cuerpo no traicione mi corazón, mientras el hombre que dice ser mi marido me utiliza para calmar sus propios demonios, sin saber que cada embestida solo me aleja más de él y me empuja definitivamente hacia los brazos del hermano al que tanto odia.
El peso de su cuerpo se retira finalmente, dejándome una sensación de vacío y una punzada de dolor que se extiende por mis caderas. Me quedo inmóvil sobre las sábanas revueltas, mirando al techo sin parpadear, sintiendo cómo el aire de la habitación recupera poco a poco su temperatura gélida.
Thiago se incorpora con una calma que me aterroriza. Se ajusta la camisa desabrochada y se pasa una mano por el pelo, como si acabara de terminar una transacción comercial rutinaria. Se queda un momento en silencio, observando mi figura derrotada sobre el colchón, y entonces, con una voz que pretende ser suave pero que suena a sentencia, suelta las palabras que terminan de romperme.
—Te amo, Nadia. Solo quería que recordaras a quién perteneces. No vuelvas a darme la espalda.
Se da la vuelta y camina hacia el cuarto de baño. Escucho el clic de la puerta al cerrarse y, segundos después, el sonido monótono del agua de la ducha golpeando los azulejos. Es un sonido limpio, aséptico, que contrasta con la suciedad que siento trepando por mi piel.
En cuanto estoy sola, el nudo de mi garganta estalla. Me acurruco sobre el colchón, encogiendo las piernas hasta pegar las rodillas al pecho, intentando hacerme lo más pequeña posible. Me abrazo a mí misma, buscando desesperadamente el calor de mis propios brazos, mientras las lágrimas empiezan a brotar sin control.
Lloro en silencio, ahogando los sollozos contra la almohada para que él no pueda oírme por encima del ruido del agua. No es solo el dolor físico de la penetración forzada lo que me desgarra; es la profanación de lo que sentí ayer en el bosque.
Ayer, Dante me dijo "te amo" y sentí que nacía. Hoy, Thiago ha dicho las mismas palabras y he sentido que moría un poco más.
Cada vez que cierro los ojos, veo el rostro de Dante entre la hierba, su tacto firme pero lleno de una devoción que Thiago nunca entenderá. Me siento manchada, traicionada por mi propio destino. El Verdugo ha vuelto para reclamar su trono y su cama, pero mientras sus lágrimas mojan la seda de las sábanas, sé que no hay vuelta atrás. Él puede poseer mi cuerpo por la fuerza, puede encerrarme en esta mansión y puede decir que me ama mil veces, pero mi alma se quedó en aquella cabaña, en manos del hombre que me enseñó lo que es la libertad.
—Sácame de aquí, Dante... —susurro para mis adentros, con la voz rota—. Por favor, sácame de aquí antes de que termine por desaparecer.

Thiago




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