Nadia
Han pasado tres días que han parecido tres siglos. Tres días en los que la mansión se ha transformado en un búnker asfixiante, donde el aire vibra con una tensión que se puede cortar con un cuchillo. Thiago está fuera de sí; se encierra en su despacho, grita por teléfono y me mira como si fuera un trofeo que teme que le roben en cualquier descuido. Sus "te amo" suenan ahora a amenazas, y sus tocamientos, aunque no ha vuelto a forzarme desde aquella mañana, me hacen sentir que camino sobre cristales rotos.
Esta tarde, por fin, ha salido. Se ha marchado con una escolta doble a una reunión desesperada en el centro, dejando la seguridad de la casa a cargo de hombres que parecen más nerviosos que él.
Aprovecho el momento. Me pongo un abrigo ligero y salgo a los jardines, caminando hacia la zona más frondosa, cerca del laberinto de setos donde las cámaras tienen un punto ciego que Izzy me mencionó una vez. El frío de Chicago me golpea la cara, pero es un alivio comparado con el calor sofocante de la habitación.
De repente, una sombra se mueve entre los robles. Mi corazón da un vuelco.
—No te muevas, Nadia.
Esa voz. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente, relajándose y tensándose a la vez. Dante sale de la penumbra, vestido de negro, fundiéndose con las sombras del atardecer. Se mueve con una agilidad que me recuerda que, mientras Thiago es un político del crimen, Dante es un depredador.
Me lanzo a sus brazos y él me rodea la cintura, ocultándonos tras el tronco de un árbol centenario. Me besa con una urgencia que me devuelve la vida, saboreándome como si no hubiera un mañana.
—Dante... estás loco —susurro contra sus labios, acariciando su mandíbula—. Si te encuentran aquí, Thiago te matará. Él... él está fuera de control.
—Él ya no controla nada, pequeña —me dice con una sonrisa fría que me estremece—. Escúchame bien, porque no tengo mucho tiempo. Todo está cayendo. He reunido a la Vieja Guardia Real; los linajes que tu suegro y Fausto pisotearon están ahora conmigo. He bloqueado sus cuentas en las Caimán y he cortado sus rutas de suministro.
Me mira a los ojos, y veo en ellos una determinación implacable.
—Thiago está intentando comprar lealtades con dinero que ya no tiene. Las familias Moretti y los clanes del puerto ya me han jurado bandera. Solo le queda Fausto y un puñado de mercenarios que huirán en cuanto oigan el primer disparo. El "Verdugo" se está quedando solo en su patíbulo.
—Tiene miedo, Dante —le confieso, bajando la voz—. Ha dicho que tiene que matarte. Fausto lo está presionando para que sea él quien apriete el gatillo.
Dante suelta una risa seca, carente de humor.
—Que lo intente. Mi hermano nunca tuvo el estómago para la guerra de verdad, solo para las ejecuciones de despacho. Pero esto no es un negocio, Nadia. Esto es por nosotros. Esto es por cada vez que te ha tocado sin tu consentimiento.
Me sujeta la nuca con fuerza, pegando su frente a la mía.
—Aguanta un poco más. Solo un día. Mañana, cuando el sol se ponga, esta casa ya no será su reino. Vendré a por ti, y no habrá muros ni guardias que me detengan. Prepárate, Nadia. El fin de los Valdés como los conoces está aquí.
Me da un último beso, uno que sabe a promesa y a pólvora, y desaparece entre los setos tan rápido como apareció. Me quedo sola en el jardín, con el corazón galopando y una esperanza salvaje ardiéndome en el pecho. La guerra ha llegado a la puerta de casa, y por primera vez, no tengo miedo de que el mundo arda.
Entro en la habitación de Izzy y cierro la puerta con un clic seco, apoyando la espalda contra la madera. Mis pulmones aún queman por el aire frío del jardín, pero mi mente está a mil revoluciones. Izzy se levanta del diván de un salto, dejando la copa de vino sobre la mesa supletoria. Tiene los ojos enrojecidos, como si llevara horas repasando los fantasmas de su familia.
—¿Lo has visto? —me susurra, acercándose tanto que puedo oler su perfume floral mezclado con el rastro del miedo—. ¿Está cerca?
—Está aquí, Izzy. En los límites de la propiedad —asiento, agarrándole las manos para detener su temblor—. Dante lo tiene todo. Ha movilizado a la Vieja Guardia Real.
Izzy palidece, hundiéndose de nuevo en el sofá. Se tapa la boca con una mano, procesando la magnitud de lo que eso significa en el código de honor de Chicago.
—La Guardia Real... los linajes puros —murmura ella, con la voz quebrada—. Los hombres que juraron lealtad a mi padre y que Fausto pisoteó para hacerse con el control. Dios mío, Nadia... Mi padre nunca habría permitido lo que Fausto hizo. Él respetaba las tradiciones, pero cuando murió, mi tío aprovechó el vacío para purgar a los antiguos y poner a sus propios peones. A Thiago entre ellos.
—Dante me lo ha contado —le digo, sentándome a su lado—. Fausto destronó uno a uno a los antiguos linajes para construir este imperio de cartón piedra. Pero no los aniquiló, solo los enfureció. Y ahora que Dante ha vuelto, todos esos hombres han salido de sus agujeros. Han bloqueado las rutas del puerto y las cuentas de Thiago en el extranjero. Los clanes que antes servían a tu hermano por miedo, ahora le dan la espalda porque prefieren la legitimidad de Dante.
Izzy suelta una risa amarga, cargada de una ironía dolorosa.
—Thiago se cree el heredero de un legado, pero solo es el títere de las ambiciones de Fausto. Mi tío lo ha usado para mantener el orden mientras él manejaba los hilos desde las sombras. Pero Dante... Dante es el único que recuerda las leyes de mi padre. Por eso lo exiliaron. No por traidor, sino porque era el único que podía desenmascarar a Fausto.
—Mañana se acaba, Izzy —le aseguro, apretándole los dedos con fuerza—. Dante dice que Thiago se está quedando solo. Que solo le queda Fausto y un puñado de mercenarios que no morirán por una causa perdida. Me ha dicho que aguantemos. Mañana, al caer el sol, vendrá a por nosotras.
Izzy me mira con una mezcla de esperanza y terror puro. Sabe que el rincón más peligroso de una fiera es aquel en el que se siente acorralada.
—Thiago no lo verá venir —susurra Izzy—. Él cree que la lealtad se compra con dinero, pero la Guardia Real solo entiende de sangre. Solo espero que cuando Dante cruce esa puerta, quede algo de esta familia que valga la pena salvar.
Nos quedamos en silencio, escuchando el lejano eco de los gritos de Thiago desde el despacho de abajo. El imperio construido sobre las mentiras de Fausto está a punto de colapsar, y las dos sabemos que, cuando los cimientos cedan, nada volverá a ser igual en la casa de los Valdés.
La mansión está en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el eco de los pasos de los guardias en el pasillo. Thiago se ha quedado en el despacho, probablemente ahogando su desesperación en whisky o intentando comprar una lealtad que ya no le pertenece. Yo estoy tumbada en la cama, con las sábanas de seda rodeándome como una mortaja, y la pantalla del móvil iluminando mi rostro en la oscuridad.
Mis dedos vuelan sobre el teclado. Necesito sentir a Dante, necesito que me diga que el plan sigue en marcha, que mañana seré libre.
— ¿Dante? No puedo dejar de pensar en lo que dijiste en el jardín. En que mañana todo termina. Dime que estás listo. Dime que me sacarás de aquí.
Pasan unos segundos que parecen horas. El corazón me da un vuelco cuando veo los tres puntos suspensivos. Su respuesta llega, fría y pragmática, como si estuviéramos hablando de una transacción de negocios.
— Todo está listo, Nadia. Mañana a esta hora la Guardia Real habrá tomado los puntos clave. Cuando todo acabe y el polvo se asiente, tú serás libre de decidir. Podrás elegir si quieres irte lejos de todo esto o si prefieres quedarte.
Me incorporo de golpe, con el móvil temblando en mi mano. ¿Elegir? ¿Irse o quedarse? Siento una oleada de calor que no tiene nada que ver con el deseo y sí con una furia ciega. Después de todo lo que hemos pasado, de los besos en el almacén, de la confesión de amor en el bosque bajo la lluvia y de haber arriesgado mi vida engañando a su hermano cada segundo de estos tres días... ¿ahora me ofrece una salida de cortesía?
¿Acaso cree que soy un paquete que se puede devolver? ¿Que mi amor por él es una opción que depende de quién gane la corona?
La rabia me nubla la vista. Tecleo con tanta fuerza que casi rompo la pantalla.
— ¿Elegir? ¿Me estás diciendo en serio que después de jugarme el cuello por ti, de entregarme a ti en mitad de un bosque y de decirme que me amas, ahora me das a elegir como si fuera una desconocida? ¡No soy una de tus propiedades que recuperas por "derecho de sangre", Dante Valdés! Si crees que me he arriesgado a que Thiago me mate solo para que me des permiso para "irme", es que no te has enterado de nada. O me sacas de aquí porque me quieres contigo, o no te molestes en venir mañana. ¡Vete al infierno con tu corona y tu Guardia Real!
Lanzo el móvil contra el pie de la cama y me cubro la cara con las manos, temblando de puro odio y desesperación. No quiero opciones. No quiero libertad si esa libertad significa que él no me necesita a su lado. Quiero que me reclame con la misma ferocidad con la que está reclamando Chicago.
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Editado: 08.04.2026