Nadia
El sueño es un campo de minas. En mi mente, sigo gritándole a la pantalla del teléfono, sintiendo el veneno de las palabras de Dante quemándome las entrañas. ¿Un trofeo? ¿Cómo se atreve a decirme eso después de lo que he arriesgado? La oscuridad de la habitación me oprime, y el silencio de la mansión es tan denso que puedo oír el tic-tac del reloj en el pasillo como si fuera una bomba de relojería.
De repente, el sonido metálico del pestillo al girar me saca del letargo. Me quedo paralizada, con el corazón martilleando contra las costillas. No es la hora de las patrullas.
La puerta se abre y una silueta recorta la luz tenue del corredor. Es él. Thiago.
Se mueve con una pesadez que delata que no ha dormido, pero no hay vacilación en sus pasos. No dice una palabra. Se quita la americana y la tira al suelo con un desprecio absoluto, mientras el olor a alcohol y a tabaco caro inunda el espacio antes siquiera de que llegue a la cama. El colchón se hunde bajo su peso y, antes de que pueda articular una protesta o fingir que sigo dormida, siento la presión de su cuerpo aplastándome.
Se posiciona encima de mí, anclando mis hombros con sus antebrazos. Sus ojos, en la penumbra, son dos pozos de una fijeza aterradora.
—Nadia… —susurra, y su aliento me quema la mejilla. No es un saludo, es una sentencia.
No hay preliminares, no hay besos, ni siquiera ese "te amo" hipócrita de la mañana. Simplemente se deshace de su ropa con movimientos bruscos y mecánicos, y comienza a moverse contra mí, buscando un alivio que no es deseo, sino pura ansiedad de guerra. Siento la frialdad de su hebilla contra mi vientre y la aspereza de sus manos sujetando las mías, no con la fuerza bruta de la otra vez, pero con una firmeza que me impide cualquier escape.
Cierro los ojos con fuerza, apretando los dientes para no gritar. Cada movimiento suyo es una invasión, un recordatorio de que, legalmente, ante el mundo de los Valdés, sigo siendo su propiedad. Mientras él intenta exorcizar sus miedos a través de mi cuerpo, mi mente vuela desesperada al mensaje de Dante.
“¿Prefieres la honestidad de las manos de Thiago?”, me había escrito.
El dolor físico se mezcla con la humillación de saber que Dante tenía razón en su crueldad. Aquí estoy, bajo el hombre que me asfixia, mientras el hombre que dice amarme está ahí fuera, esperando a que el suelo se tiña de sangre para decidir si "merezco" la libertad.
Me obligo a disociar, a convertirme en piedra. Thiago jadea sobre mi cuello, moviéndose con un ritmo frenético, desesperado, como si supiera que esta es la última noche que su cama tendrá mi calor. Y yo, atrapada bajo el Verdugo, lloro lágrimas invisibles que se pierden en la almohada, odiando a Thiago por lo que me hace, pero odiando aún más a Dante por no estar aquí para evitarlo.
El primer estallido me hace saltar el corazón en el pecho. No es un portazo, es una explosión controlada, seguida inmediatamente por el tableteo seco y rítmico de ráfagas de subfusil que desgarran el silencio de la madrugada. Los gritos de los guardias de la planta baja suben por la escalera como un eco de pesadilla.
—Thiago… —balbuceo, intentando zafarme, con el pánico nublándome la vista—. ¡Están aquí! ¡Thiago, para!
Pero él no se detiene. Es como si el sonido de la muerte en el piso inferior hubiera encendido un interruptor de locura en su cerebro. Sus dedos se clavan en mis caderas con una fuerza que me dejará moratones, y su respiración es un gruñido animal, sordo al caos.
—No te muevas —ruge contra mi nuca.
Con un movimiento brusco y violento, me agarra de la cintura y me da la vuelta, obligándome a hincar las rodillas en el colchón. Me presiona boca abajo, aplastando mi rostro contra la almohada hasta que el aire me falta. Siento el frío del metal de su reloj contra mi piel mientras me sujeta por el pelo para mantenerme inmóvil.
Y sigue.
Se mueve dentro de mí con una ferocidad suicida, ignorando el escándalo de los cristales saltando en mil pedazos y el sonido de las botas pesadas subiendo por la gran escalera de mármol. Los disparos suenan cada vez más cerca, ahora en el pasillo, seguidos de impactos sordos contra las puertas. La mansión está cayendo, su imperio se está desangrando habitación por habitación, y él ha decidido que su última resistencia será mi cuerpo.
Es una profanación absoluta. Cada embestida es un desafío a la muerte, un intento desesperado de Thiago por demostrar que, aunque pierda la corona, todavía posee el centro de mi mundo.
—¡Es él! —grita Thiago, y por primera vez escucho el miedo real quebrándole la voz mientras se mueve frenéticamente—. ¡Es el bastardo de mi hermano! ¡Que mire! ¡Que entre y nos vea!
Cierro los ojos con fuerza, hundiendo las uñas en las sábanas de seda. El olor a pólvora empieza a filtrarse por debajo de la puerta del dormitorio, mezclándose con el sudor de Thiago y el aroma metálico de la sangre que corre fuera.
Escucho una voz potente, una voz que reconozco incluso entre el estruendo de la guerra. Es Dante. Está dando órdenes justo al otro lado de nuestra puerta. La madera cruje bajo un golpe tremendo, y yo solo puedo rezar para que el mundo se acabe antes de que la puerta ceda y nos encuentren así, en el acto final de posesión del Verdugo.
Dante
La puerta no cede al primer golpe, así que la reviento de una patada que hace saltar las bisagras de cuajo. Entro con la Beretta en alto, el cañón todavía caliente y el olor a pólvora impregnado en mi ropa como una segunda piel. Mis hombres se despliegan a mis espaldas, pero les ordeno detenerse con un gesto seco de la mano.
El silencio que sigue al estruendo de la puerta es más violento que los disparos del pasillo.
La imagen me golpea con la fuerza de un mazo. La habitación está en penumbra, solo iluminada por las luces de emergencia rojas del corredor. Veo a Thiago sobre ella, de espaldas a mí, moviéndose con una desesperación animal que me revuelve las tripas. Veo a Nadia aplastada contra el colchón, boca abajo, con las manos aferradas a las sábanas y el rostro hundido en la almohada para ahogar sus propios gritos.
—¡Suéltala! —mi voz no es humana. Es un rugido que nace de lo más profundo de mi linaje, cargado con toda la rabia de los años de exilio y la furia de los mensajes de esta noche.
Thiago se queda rígido. No se aparta de inmediato, sino que se toma un segundo eterno para hundirse una última vez en ella, en un acto de desafío final, antes de girar la cabeza hacia mí. Su rostro es una máscara de sudor y locura; tiene los ojos desorbitados y una sonrisa rota que me hiela la sangre.
—Llegas tarde, hermano —jadea Thiago, sin soltarla, manteniendo su peso sobre ella como si fuera un escudo o un trofeo—. Siempre llegas tarde. ¿Vienes por tu corona o por lo que queda de tu mujer?
Martilleo el arma. El sonido del metal encajando es un aviso de muerte que resuena en toda la estancia. Nadia suelta un sollozo ahogado, intentando cubrirse, intentando desaparecer entre las sábanas revueltas. Verla así, humillada bajo el cuerpo del hombre al que acabo de arrebatarle el mundo, me rompe algo por dentro que ya no tiene arreglo.
—He dicho que la sueltes —repito, y esta vez mi voz es un susurro letal—. Apártate de ella ahora mismo o te juro por la memoria de nuestro padre que no llegarás vivo al amanecer para ver cómo te quito todo lo demás.
Thiago suelta una carcajada histérica, pero nota el frío del cañón de mi arma apuntando directamente a su nuca. Lentamente, con una parsimonia que busca torturarme, se retira de ella. Se levanta de la cama, desnudo y cubierto de sudor, exponiéndose a mi juicio con una arrogancia suicida.
Nadia se ovilla al instante, dándonos la espalda, ocultando su rostro entre los brazos mientras tiembla de forma incontrolable. No me mira. Sé que no puede mirarme. Los mensajes crueles de hace unas horas flotan entre nosotros como cenizas de una guerra que ella acaba de perder en su propia piel.
—Mírala, Dante —sisea Thiago, señalando la cama con un gesto despreciable—. Mírala bien. Es tuya. Toda tuya. Pero cada vez que la toques, vas a sentir mi rastro. Vas a recordar que, mientras tú jugabas a ser el Rey en las sombras, el Verdugo se la follaba escuchando tus disparos.
Mi dedo se tensa en el gatillo. El mundo se reduce a ese pequeño espacio entre su frente y mi bala. Lorenzo da un paso adelante, advirtiendo mis intenciones.
—Señor, la Guardia Real espera... Fausto está intentando escapar por el ala este —me advierte mi segundo, intentando devolverme a la realidad de la batalla.
No aparto la vista de Thiago. Mi hermano, mi sangre, el hombre que ha convertido mi amor en un campo de batalla de carne y humillación. Miro a Nadia, rota sobre las sábanas que huelen a él, y la furia que sentía por sus mensajes se transforma en una piedad devastadora.
—Sacadlo de aquí —le ordeno a mis hombres sin bajar el arma—. Llevadlo al sótano. No quiero que muera todavía. Quiero que escuche desde su celda cómo reconstruyo todo lo que él ha destruido.
Dos hombres de la Guardia Real se abalanzan sobre Thiago, reduciéndolo con una violencia eficaz. Él no se resiste; sigue riendo, una risa seca y rota que se apaga mientras lo arrastran fuera del dormitorio.
Me quedo solo con ella. El silencio es ahora absoluto, solo roto por la respiración entrecortada de Nadia. Bajo el arma y me acerco a la cama con pasos lentos, sintiendo que el suelo quema.
—Nadia... —susurro, extendiendo una mano que no me atrevo a posar sobre su hombro.
Ella se encoge aún más ante el sonido de mi voz, un sollozo desgarrador escapando de su garganta. El Rey de Chicago ha recuperado su trono, pero mientras miro a la mujer que amo destrozada en la cama de su enemigo, sé que la victoria sabe exactamente igual que la ceniza.
Me detengo frente a la silla donde mi hermano está encadenado. El aire en el sótano es húmedo, cargado del olor a cemento frío y al sudor rancio del miedo. Thiago levanta la cabeza, y en sus ojos todavía queda un rastro de esa arrogancia ciega que lo ha llevado al abismo.
—¿En qué momento ocurrió, Thiago? —le pregunto, con una calma que me hiela la sangre—. ¿En qué momento dejaste que el veneno de Fausto te borrara la memoria? ¿Cuándo dejaste de ser mi hermano para convertirte en este monstruo que usa a una mujer como escudo de guerra?
Thiago suelta una carcajada seca, carente de toda gracia.
—¡Tú nos dejaste solos, Dante! —escupe, forcejeando con las cadenas—. Te fuiste, te exiliaron por tus "principios" y me dejaste aquí cargando con el peso de una corona que se nos caía encima. ¡Yo tuve que ensuciarme las manos para que este apellido siguiera significando algo! Mientras tú jugabas al héroe en el extranjero, yo era el Verdugo porque no había nadie más para sostener el hacha.
Me acerco un paso más, invadiendo su espacio, dejando que mi sombra lo cubra por completo.
—Te equivocas en todo, Thiago. A mí me criaron para ser el Rey. A mí me prepararon para llevar el peso del anillo de nuestro padre, y a ti para ser mi mano derecha, mi espada, el hombre que protegiera mi espalda. No te dejaron solo; te dejaron el camino libre para que Fausto te devorara la mente.
Él intenta abalanzarse hacia delante, pero el metal de las esposas suena con un tintineo violento.
—¡Fausto salvó el legado! —ruge—. Los antiguos linajes nos habrían aniquilado si él no hubiera tomado el control después de la muerte de papá. ¡Él protegió la casa Valdés!
—¡Fausto mató a nuestro padre, Thiago! —mi grito rebota en las paredes de hormigón, silenciando hasta su respiración—. Y no solo eso. Engañó a la Vieja Guardia. Los antiguos linajes jamás quisieron a Fausto; ellos leales eran a papá, y después lo habrían sido a mí. Fausto sabía que conmigo en el trono nunca podría manejar los hilos, así que me quitó de en medio y les dijo a ellos que yo era el traidor.
Thiago parpadea, confundido, como si estuviera tratando de enfocar una imagen borrosa.
—No... eso no es cierto. Él dijo que la Guardia Real se había vendido, que por eso tuvimos que purgarlos...
—¡Los purgó porque ellos sabían la verdad! —continuo, bajando la voz a un susurro letal—. Los antiguos linajes se negaron a arrodillarse ante un regicida como él. Fausto te usó como su perro de presa para eliminar a los hombres más leales que nuestra familia ha tenido jamás. Te puso una corona de ceniza sobre la cabeza y te llamó Rey para que tú hicieras el trabajo sucio mientras él se repartía el botín con los enemigos de papá. Has pasado años matando a los que habrían dado su vida por ti, Thiago.
Veo cómo el mundo de mi hermano se desmorona en tiempo real. La mandíbula le tiembla y el brillo de desafío en sus ojos se apaga, reemplazado por un vacío aterrador. Mira sus propias manos —las mismas que han ejecutado las órdenes de Fausto, las mismas que hace una hora reclamaban a Nadia— y empieza a ver la sangre que realmente las mancha.
—Papá... —balbucea, y su voz se quiebra—. Él me dijo que papá estaba débil, que los clanes lo estaban devorando...
—Papá murió protegiendo el honor que tú has pisoteado —concluyo, dándole la espalda—. Has vivido en una mentira diseñada por el hombre que más nos odia. No eres el Verdugo de Chicago por poder, Thiago. Eres el Verdugo porque Fausto necesitaba que tú fueras el culpable de todos sus crímenes.
Me alejo hacia la salida sin mirar atrás. Thiago se desploma contra el respaldo de la silla, sollozando en silencio, no por la pérdida de su imperio, sino por el peso insoportable de saber que ha sido el instrumento de destrucción del legado que juró proteger. El "Verdugo" ha muerto; solo queda un hombre roto dándose cuenta de que ha sacrificado su alma por el asesino de su padre.
El aire en la planta principal de la mansión ha cambiado. Ya no huele a la opulencia rancia de Thiago, sino al ozono de la pólvora y al cuero viejo. Subo las escaleras con paso firme, dejando atrás el llanto roto de mi hermano en el sótano. Al llegar a la gran doble puerta de caoba de la sala de juntas, dos hombres de la Vieja Guardia Real inclinan la cabeza en un gesto de respeto que no veía desde que era un adolescente.
—Traedlos —ordeno con voz gélida.
Entro en la sala. La gran mesa circular, donde mi padre solía sentarse a parlamentar con los jefes de los linajes antiguos, está ocupada de nuevo. Son hombres de pelo cano y cicatrices que no se hicieron en despachos; hombres que Fausto intentó purgar y que han vivido en las sombras esperando este momento. Al verme entrar, se ponen en pie al unísono. No soy solo Dante; soy la viva imagen del hombre al que juraron lealtad.
Minutos después, la puerta se abre de nuevo.
Mis hombres arrastran a Thiago, que camina como un espectro, con la mirada perdida en el suelo de mármol. Tras él, custodiado por cuatro soldados que no le quitan el cañón de la nuca, entra Fausto. Mi tío mantiene la barbilla alta, con esa arrogancia tóxica que siempre lo caracterizó, aunque el sudor le empapa la camisa de seda.
Los tiran en el centro del círculo, frente a la mesa.
—Caballeros de la Guardia —mi voz resuena en las vigas del techo—, aquí tenéis a los arquitectos de la ruina de nuestra casa. Uno, el regicida que movió los hilos desde la sombra, el hombre que vertió veneno en el oído de mi hermano y sangre en las manos de mi padre. El otro, el brazo ejecutor que prefirió creer una mentira cómoda antes que honrar el linaje que le dio el nombre.
Me siento en la cabecera, la silla que perteneció a mi padre, y apoyo las manos sobre el tablero de madera.
—Yo he recuperado la casa, pero el honor de la familia Valdés pertenece a la Guardia. Fausto os llamó traidores para justificar vuestra caza. Thiago os dio la espalda cuando más necesitabais un líder. Por eso, no seré yo quien dicte sentencia. La sangre derramada pide justicia, no venganza fraternal.
El más anciano de la mesa, el patriarca de los Moretti, se levanta con una lentitud solemne. Mira a Fausto con un desprecio que hace que mi tío, por primera vez, dé un paso atrás.
—Fausto Valdés —dice el anciano, y su voz suena como el juicio final—, has roto todas las leyes de la hospitalidad, de la sangre y del anillo. Has usado a un hijo contra su padre y a un hermano contra su hermano. Para ti, el código solo prevé un final. No habrá exilio, no habrá palabras.
Fausto intenta hablar, abre la boca para escupir una de sus manipulaciones, pero un guardia le propina un culatazo en las costillas que lo manda al suelo, de rodillas.
El anciano gira entonces su mirada hacia Thiago, que sigue hundido en su propio infierno mental, ajeno a lo que ocurre a su alrededor.
—Y tú, Thiago... —el tono del patriarca cambia a una lástima punzante—. Fuiste el cachorro que dejamos atrás. Fuiste débil, y la debilidad en un Valdés es un pecado que se paga caro. Pero eres sangre de la sangre que amamos.
Miro a mi hermano. Por un segundo, el recuerdo de nosotros dos jugando en estos mismos pasillos cruza mi mente, pero la imagen de Nadia rota en la cama lo borra de inmediato. La sala queda en un silencio sepulcral, esperando el veredicto que marcará el inicio de mi reinado. La Vieja Guardia tiene el poder, pero sus ojos buscan mi aprobación final para sellar el destino de los hombres que convirtieron Chicago en un matadero.
La sala de juntas se sume en un silencio gélido, solo roto por el crujido de la madera bajo el peso de los hombres que han regresado de las sombras para reclamar su honor. El patriarca de los Moretti, con las manos apoyadas en la mesa, recorre con la mirada a los dos prisioneros.
Fausto intenta mantener una fachada de dignidad, pero el temblor de sus manos delata al cobarde que siempre fue. Thiago, en cambio, ni siquiera lucha; está arrodillado, con la mirada perdida en las vetas de la madera, como si ya estuviera muerto por dentro.
El anciano toma aire y su voz resuena como el metal chocando contra el mármol.
—Fausto Valdés —comienza el patriarca, y el resto de la Vieja Guardia se inclina hacia delante con odio mal disimulado—. Has cometido el pecado imperdonable de regicidio y fratricidio espiritual. Manipulaste la sangre para que se derramara entre sí y orquestaste la muerte del hombre al que juramos proteger. Para ti, el código no contempla la misericordia.
El anciano hace un gesto seco a los guardias.
—Sentencia: Muerte por traición. No habrá una bala rápida ni un entierro en el panteón familiar. Serás llevado a los muelles que tanto codiciaste, donde morirás sin nombre y tu cuerpo será entregado al lago. Tu recuerdo será borrado de los registros de la Guardia Real. A partir de este momento, dejas de existir en la historia de los Valdés.
Fausto abre la boca para suplicar, pero un golpe seco de un guardia le silencia para siempre las mentiras. Lo arrastran fuera de la sala, dejando el rastro de sus uñas arañando el suelo, hasta que sus gritos se pierden en el pasillo.
El patriarca se gira ahora hacia mi hermano. El tono de su voz cambia, volviéndose una mezcla de lástima profunda y severidad absoluta.
—Thiago… fuiste el cachorro que no supo ver al lobo en su propia casa. Permitiste que el nombre de tu padre fuera arrastrado por el fango y usaste el poder que no te correspondía para infligir dolor a los inocentes. Tu debilidad nos costó décadas de honor.
Thiago levanta la cabeza lentamente. No hay miedo en sus ojos, solo una súplica silenciosa de que todo termine.
—Sentencia: El Exilio de la Sangre. Eres un Valdés, y por respeto a la memoria de tu padre y al amor de tu hermano Dante, no verteremos tu sangre. Pero ya no tienes lugar en Chicago. Se te despoja de tu anillo, de tu nombre y de toda propiedad. Serás escoltado a la frontera y, si alguna vez vuelves a poner un pie en esta ciudad o intentas contactar con Nadia Rossi o tu hermana Izzy, la Guardia Real te dará caza como a un perro rabioso. Vivirás el resto de tus días sabiendo que fuiste el verdugo de tu propia gloria.
Thiago asiente una sola vez, una aceptación rota. Se levanta con dificultad, sin mirar a nadie, y permite que los hombres que antes le temían lo escolten hacia una vida de anonimato y culpa.
Me quedo solo frente a la Vieja Guardia. El anciano Moretti se acerca a mí y pone su mano nudosa sobre mi hombro.
—El trono está limpio, Dante —susurra—. Pero recuerda que una corona ganada sobre las cenizas de un hermano pesa más que cualquier otra.
Asiento, sintiendo el frío del anillo de mi padre en mi dedo. La guerra ha terminado, los traidores han sido juzgados, pero mientras subo las escaleras hacia Nadia, sé que el verdadero trabajo de reconstrucción no será en las calles, sino en los corazones que Fausto y Thiago dejaron destrozados.
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Editado: 08.04.2026