La esposa del verdugo

20 Todo ha terminado

Nadia

El silencio en la habitación de Izzy es denso, cargado de un olor a pólvora que parece haberse filtrado por los poros de las paredes. Estoy sentada en el borde de la cama, envuelta en una manta que no logra quitarme el frío que nace desde mis entrañas. Izzy está a mi lado, sujetándome la mano con una fuerza desesperada, sus ojos fijos en la puerta como si esperara que el mismísimo diablo entrara por ella.
Pero no es el diablo quien entra.
El pomo gira y la figura de Dante recorta el umbral. Su aspecto es el de un ángel caído que acaba de atravesar el infierno: su camisa blanca está manchada de hollín y sangre ajena, y su rostro tiene una rigidez marmórea que me asusta. Sin embargo, en cuanto sus ojos encuentran los míos, esa máscara de hierro se agrieta por un segundo.
Se acerca a nosotras con pasos lentos, pesados, como si cargara con el mundo sobre los hombros. Se detiene frente a nosotras y exhala un suspiro que parece llevar años contenido en sus pulmones.
—Se ha acabado —dice, y su voz suena como el eco de una tumba—. La Vieja Guardia ha dictado sentencia.
Izzy se tensa a mi lado, apretándome los dedos hasta hacerme daño.
—¿Y bien? —pregunta ella con un hilo de voz—. ¿Qué han hecho con ellos?
Dante mira a su hermana y luego me mira a mí, con una intensidad que me obliga a sostenerle el juicio.
—Fausto no volverá —sentencia con una frialdad que me estremece—. La Guardia no ha tenido piedad con el regicida. Ha sido ejecutado como el traidor que era. Su nombre será borrado de la historia de los Valdés. Ya no hay nadie moviendo los hilos, Izzy. El cáncer de esta familia ha sido extirpado.
Siento un alivio amargo. El hombre que envenenó todo lo que tocaba ya no existe. Pero el vacío en mi pecho sigue ahí, palpitante, esperando el nombre que realmente me quita el sueño.
—¿Y Thiago? —susurro, y el nombre de mi captor me quema la lengua.
Dante se pone de cuclillas frente a mí, quedando a la altura de mis ojos. Me toma las manos, apartándolas de las de Izzy, y me obliga a sentir el calor de su piel, tratando de borrar el rastro de las manos de su hermano que aún siento sobre mí.
—A Thiago se le ha concedido la vida por respeto a la sangre de nuestro padre —explica Dante, y noto un rastro de dolor en su mandíbula apretada—. Pero ha sido despojado de todo. De su nombre, de su anillo, de su dinero y de su ciudad. Ha sido exiliado de Chicago para siempre. Si vuelve a poner un pie aquí, o si intenta acercarse a alguna de vosotras, la Guardia Real lo cazará como a un animal.
Me quedo sin aliento. Exiliado. Vivo, pero muerto para el mundo que tanto amaba.
—Se ha ido, Nadia —repite Dante, apretando mis manos—. No volverá a tocarte. No volverá a mirarte. Eres libre de él. La sombra del Verdugo se ha desvanecido con el amanecer.
Izzy rompe a llorar, ocultando el rostro en el hombro de su hermano, pero yo no puedo llorar. Miro a Dante y veo al Rey que ha reclamado su trono sobre las cenizas de su propia sangre. Me pregunto si el exilio de Thiago es suficiente para limpiar el asco que siento, o si las cadenas que me ataban a él se han roto solo para ser reemplazadas por la incertidumbre de lo que viene ahora.
Dante me mira, buscando una chispa de esa Nadia que conoció en el bosque, pero yo solo puedo ver al hombre que acaba de enviar a su hermano a la nada. El silencio regresa a la habitación, y mientras el sol empieza a filtrarse por las cortinas, me doy cuenta de que la guerra ha terminado, pero la reconstrucción de lo que somos apenas ha comenzado.

Dante

Me quedo allí, de pie en el centro de la habitación, sintiendo el peso de la corona de hierro que acabo de heredar. Mis manos aún guardan el frío del acero y el calor de la sangre, pero nada me ha preparado para la reacción de las dos mujeres frente a mí. Esperaba alivio, quizás un silencio sepulcral, pero lo que recibo es una puñalada de realidad que no vi venir.
Izzy, mi pequeña hermana, levanta la vista con los ojos anegados en lágrimas. No hay triunfo en su mirada, solo un terror infantil que me desgarra.
—Dante… —su voz es un hilo quebradizo—. El exilio es una sentencia de muerte para alguien como él. Thiago no sabe vivir sin el nombre, sin la protección de la familia. Está solo, herido… y ahí fuera tiene mil enemigos que han esperado años para cobrar sus deudas. Lo van a despedazar, Dante. Por favor, dime que no lo has dejado a su suerte.
Me tenso. La compasión de Izzy es su mayor virtud, pero en este momento, me sabe a traición.
—Él eligió su bando, Izzy —respondo con voz ronca—. Se convirtió en el perro de Fausto. Lo que le pase fuera de estos muros ya no es responsabilidad de esta casa.
Me giro hacia Nadia, esperando encontrar en ella el fuego de la justicia, el odio legítimo de quien ha sido usada. Pero Nadia no me mira con sed de venganza. Sus ojos están fijos en un punto indeterminado del suelo, y cuando habla, sus palabras me golpean con más fuerza que cualquier bala de la Guardia Real.
—Izzy tiene razón —susurra Nadia, y el sonido de su voz me deja gélido—. No puedes simplemente lanzarlo a los lobos, Dante.
Me quedo mudo, mirándola como si fuera una extraña.
—¿De qué estás hablando? —mi voz sale más dura de lo que pretendía—. Nadia, él te… él te hizo pedazos anoche. Te usó para herirme mientras yo derribaba la puerta. Te marcó como si fueras un objeto. ¿Y ahora te preocupa su seguridad?
Nadia se levanta de la cama, envolviéndose en la manta como si fuera una armadura. Se acerca a mí, y por primera vez veo la profundidad de su cansancio.
—No es por él, Dante. Es por lo que queda de ti —dice ella, y su mano roza mi brazo con una suavidad dolorosa—. Si lo dejas morir en una cuneta a manos de cualquier mercenario, te convertirás en lo que él era. Serás el hermano que permitió el fratricidio por omisión. Thiago ha vivido en una mentira, ha sido un títere roto de Fausto. Está destruido, su mente se ha ido. Dejarlo solo ahí fuera es una crueldad que no le pertenece al hombre que conocí en el bosque.
Miro a las dos. Mi hermana, que aún ve al niño que la protegía, y la mujer que amo, que a pesar de las cicatrices que mi hermano le dejó en el alma, todavía tiene la decencia de preocuparse por su humanidad.
Es increíble. Me siento un monstruo entre dos mujeres que se niegan a soltar la mano del demonio que casi nos destruye. La furia que sentía por los mensajes de anoche, el odio visceral que me impulsó a entrar a sangre y fuego, todo empieza a disolverse bajo el peso de su piedad.
—Queréis que lo proteja —sentencio, mirando al techo para no dejar que vean mi debilidad—. Queréis que gaste recursos de la Guardia para vigilar a un hombre que me odia y que os ha hecho daño.
—Queremos que no seas un asesino de hermanos, Dante —sentencia Nadia con una firmeza que me desarma—. Queremos que seas el Rey que tu padre quería, no el que Fausto creó.
Cierro los ojos, apretando el puente de mi nariz. El exilio era la justicia de la Guardia, pero la protección... eso es una carga que solo yo puedo llevar.
—Está bien —gruño, rindiéndome ante ellas—. Daré órdenes para que una escolta encubierta lo siga hasta la frontera y le asegure una estancia segura en una de las casas de retiro en el norte. Estará vigilado, pero estará vivo. Pero que quede claro: para Chicago, Thiago Valdés ha muerto hoy.
Izzy se lanza a mis brazos, llorando de alivio. Nadia se queda a un paso, observándome con una mezcla de tristeza y orgullo. He ganado la ciudad, he ganado el trono, pero mientras abrazo a mi hermana, me doy cuenta de que la verdadera guerra no será contra los enemigos de fuera, sino contra la sombra de Thiago que estas dos mujeres se niegan a dejar morir.




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