La esposa del verdugo

21 Un año después...

Nadia

El sol de la tarde entra por la ventana de mi salón, iluminando las partículas de polvo que flotan sobre mi escritorio. Mi apartamento es pequeño, sencillo y, sobre todo, silencioso. Después del caos de la mansión Valdés, este silencio es el lujo más grande que me he podido permitir.
He logrado lo que parecía imposible: alejarme de la gravedad de esa familia. Aunque Izzy sigue siendo una hermana para mí en el corazón, nuestras videollamadas y encuentros se han espaciado. Verla es recordar, y ahora mismo, mi prioridad es descubrir quién es Nadia sin un apellido de peso encima. He construido mi propio círculo de amigos, gente que no sabe qué significa la palabra "capo" y que solo me conoce como la mujer que disfruta de un buen café y de las caminatas sin rumbo por la ciudad.
Con Dante la situación es... compleja. Nos vemos de vez en cuando, pero no con la frecuencia que él desearía. Sé que me espera, sé que el trono de Chicago le resulta frío sin mí, y aunque nuestras citas suelen terminar con una intensidad eléctrica en mi cama, siempre dejo claro que, al salir el sol, vuelvo a ser solo mía. No quiero dar ningún paso hacia la Casa Valdés hasta que mis cimientos sean de acero y no de barro.
Mi teléfono vibra. Es un correo de confirmación de una transferencia internacional. Sonrío al ver el nombre del remitente: Thiago.
El camino de Thiago no fue fácil. Dante cumplió su palabra de dejarlo vivir, pero para él, su hermano ha muerto; no quiere saber nada de él, ni de su paradero, ni de sus remordimientos. Cuando se firmó el divorcio, Dante, en un arranque de generosidad y culpa, me entregó una suma astronómica de dinero. “Es lo que te pertenece por haber aguantado al Verdugo”, me dijo. Pero yo no quería ese dinero manchado de recuerdos.
Se lo envié todo a Thiago.
Él llegó a Nueva York con lo puesto. Mi padre, en un gesto de humanidad, le tendió la mano al principio, ayudándole a instalarse y dándole los contactos necesarios para que no terminara en un callejón. Con el capital que le envié, Thiago ha sabido redimirse a su manera. Hoy es un hombre de negocios respetado en la Gran Manzana, moviéndose en círculos legales, lejos de la pólvora. Hablamos a menudo; nuestras conversaciones son tranquilas, casi terapéuticas. Verlo reconstruirse desde las cenizas me ayuda a creer que yo también puedo terminar de hacerlo.
A veces, cuando cierro los ojos antes de dormir, todavía escucho el eco de los disparos en la mansión, pero luego recuerdo que Thiago está a salvo en Nueva York y que Dante está gobernando con la justicia que siempre prometió.
Mañana tengo una cita con Dante. Sé que me mirará con esa mezcla de adoración y paciencia, esperando que finalmente acepte volver a su lado. Pero mientras apago la luz de mi modesto salón, me doy cuenta de que todavía disfruto demasiado de mi propia compañía. Antes de ser la mujer de un rey, o la exmujer de un verdugo, estoy aprendiendo a ser simplemente Nadia. Y por ahora, eso es más que suficiente.

Dante

Me sirvo un vaso de whisky y me quedo observando las luces de Chicago desde el ventanal de mi despacho. Este despacho, que antes olía a la corrupción de Fausto y a la inestabilidad de Thiago, ahora destila el orden y la justicia que juré restaurar. La Guardia Real me respeta, los clanes enemigos han sido silenciados y la ciudad prospera bajo una mano firme pero justa. He cumplido mi promesa. Soy el Rey que mi padre quería.
Sin embargo, cuando el silencio de la noche se vuelve demasiado espeso, me doy cuenta de que mi corona está incompleta.
Ha pasado un año, y Nadia sigue siendo un fantasma que entra y sale de mi vida a su antojo. Nos vemos, salimos a cenar, y cuando la tengo entre mis brazos, la poseo con una desesperación que raya en lo salvaje. La hago el amor cada vez que puedo, volcando en ella cada gramo de mi devoción, intentando que mi piel borre definitivamente el rastro de la suya. Quiero que, al cerrar los ojos, solo pueda sentir mis manos, mi aroma, mi nombre.
Pero en cuanto se viste y regresa a su pequeño apartamento, la realidad me golpea de nuevo. Thiago sigue siendo una sombra entre nosotros.
No puedo entenderlo. Me hierve la sangre cada vez que me entero de que han vuelto a hablar. ¿Cómo puede seguir pendiente de él después de todo? ¿Cómo puede preocuparse por el destino de un hombre que casi le arrebata el alma? Solo hay una explicación que mi orgullo se niega a aceptar, pero que mi instinto me grita constantemente: hay sentimientos de por medio. Por mucho que ella diga que necesita encontrarse a sí misma, sé que una parte de su corazón sigue anclada en la tragedia que vivió con mi hermano.
Mis hombres, a pesar de mis órdenes de ignorar su existencia, me mantienen informado. Sé que Thiago ha sabido moverse en Nueva York. Sé que ha pasado de ser un hombre roto a un hombre de negocios gracias al capital que Nadia le entregó. Mi dinero. El dinero que yo le di para que ella fuera libre, terminó sirviendo para financiar la redención del hombre que más odio. La ironía es una herida que no deja de sangrar.
A veces, mientras la veo dormir después de estar juntos, me pregunto si algún día aceptará ser mi compañera de vida. Si alguna vez dejará de ver en mí el reflejo del apellido que tanto daño le hizo. Pero en lo más profundo de mi ser, en ese rincón oscuro donde no llega el brillo del poder, lo dudo.
Temo que Nadia nunca sea capaz de separar mi luz de la oscuridad de Thiago. Temo que, para ella, siempre seamos dos caras de la misma moneda. He ganado una guerra, he recuperado un imperio y he limpiado mi linaje, pero mientras ella siga mirando hacia Nueva York con compasión, yo seguiré siendo un rey solo, esperando a una mujer que quizás ya se ha ido para siempre, aunque su cuerpo siga regresando a mi cama de vez en cuando.

Thiago

Me ajusto los puños de la camisa frente al ventanal de mi oficina en Manhattan. El skyline de Nueva York no tiene la historia de sangre de Chicago, y eso es precisamente lo que me permite respirar. Aquí no soy el "Verdugo", ni la sombra de un hermano perfecto. Aquí soy simplemente Thiago, un hombre de negocios que ha sabido convertir el capital en éxito legítimo. Y para ser sincero, me va de maravilla; he descubierto que mi ambición funciona mucho mejor cuando no hay un arma de por medio.
Pero sé perfectamente a quién le debo esta segunda vida. Estaré agradecido a Nadia hasta mi último aliento. No solo por el dinero, sino por haberme visto como un hombre cuando yo me sentía un despojo.
Es medianoche. Busco su nombre y marco. Ella responde al segundo tono.
—¿Interrumpo algo, Nadia? —pregunto, con la voz relajada.
—Solo a mis propios pensamientos, Thiago —responde ella, y noto por su tono que está en la cama, relajada—. ¿Cómo ha ido el cierre del contrato en la zona portuaria?
Hablamos unos minutos de mis negocios, de cómo he logrado levantar mi empresa. Ella me escucha con orgullo, pero pronto, la confianza que hemos reconstruido este año empieza a derivar hacia un terreno más peligroso. El aire a través del auricular se vuelve pesado, eléctrico.
—Me va bien, pero a veces esta oficina se siente demasiado grande —le digo, bajando el tono—. No creo que Nueva York me haya hecho olvidar cómo reaccionaba tu cuerpo cuando te susurraba al oído.
Escucho su respiración entrecortarse al otro lado.
—Thiago... no deberías decir eso —dice ella, aunque no cuelga. Hay una sonrisa en su voz que me da alas—. Dante cree que el sexo es la respuesta a todas mis dudas, que puede borrarte a base de intensidad.
—¿Y puede? —pregunto, con una seguridad que me nace del instinto.
—Él es... un Rey. Pero tú siempre fuiste el incendio —responde ella, y sus palabras son como una caricia húmeda—. A veces, cuando cierro los ojos, no es su justicia lo que recuerdo, sino la forma en que tus manos me sujetaban como si el mundo fuera a acabarse.
La conversación se vuelve juguetona, cargada de una sexualidad latente que me confirma que, a pesar de la distancia y de los "encuentros" con mi hermano, no la he perdido del todo. Ella me sigue el juego, responde a mis provocaciones con una audacia que me deja sin aliento, explorando con palabras lo que aún no se atreve a hacer en persona.
—Estás confundida, nena —susurro—. Y tienes derecho a estarlo. Tienes que decidir qué vida quieres: si la paz que te ofrece Dante o el caos que solo yo sé encender en ti.
—Lo sé —responde ella, recuperando un poco la compostura, aunque su voz aún tiembla—. Necesito tiempo para saber qué quiero para mí, sin que ninguno de los dos esté tirando de la cuerda. Pero no mientas, Thiago... sabes perfectamente que me encanta que me llames a estas horas.
Cuelgo poco después. Sé que ella está en Chicago intentando aprender a quererse, y respeto su proceso, pero también sé que el hilo que nos une no se ha roto. Soy un hombre nuevo, centrado y exitoso, pero sigo siendo un Valdés. Y un Valdés nunca renuncia a lo que considera suyo por derecho de sangre y fuego. Solo es cuestión de esperar.




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