✨🪷✨
🌟Estefanía🌟
Solicito la junta convencida de que hoy voy a dejar de ser invisible.
Camino por el pasillo de cristal de las oficinas del grupo Hoteles Vlada con una carpeta contra el pecho. No pesa, pero la aprieto como si dentro llevara algo frágil, quizás lo es. Llevo dos años de trabajo resumidos en gráficas, números, proyecciones. Dos años de dormir poco, de aprender sola, de sostener una empresa que no era mía, pero que sentía como si lo fuera.
Hoy vengo a cobrar la promesa del veinte por ciento si conseguía un millón de clientes hospedados en los hoteles.
Eso fue lo que acordamos cuando todo estaba a punto de hundirse y recién me casé con su hijo. Cuando las habitaciones estaban vacías, cuando los teléfonos no sonaban, cuando nadie hablaba de Hoteles Vlada fuera de esta ciudad. Yo tenía diecisiete años y una fe absurda en el amor. Ellos tenían miedo.
—Cuando esto se levante, hablaremos de tu lugar —me dijo Evaristo entonces aunque dudo que puedas hacer mucho tú sola…
Yo creí que tu lugar significaba pertenecer. Ya mi padre no estaba luego que el cáncer se lo llevó y solo los tenía a ellos como familia.
La sala de juntas está ocupada. Mi suegra, Magda, revisa su celular sin levantar la vista. Evaristo está de pie, junto a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda. Nidel está sentado, lejos de la cabecera, no me mira. Hay un hombre que no conozco, traje gris, maletín de cuero y otro más joven, con una tablet y una sonrisa de vendedor. Algo no encaja.
—Siéntate, Estefanía —dice Evaristo, sin girarse. Me siento colocando la carpeta frente a mí—. Gracias por venir —continúa—. Esta reunión es para informarte de una reestructuración importante dentro del grupo.
—¿Reestructuración? —repito, parpadeo—. Pensé que…
—Hoteles Vlada va a profesionalizar todas sus áreas estratégicas —interviene Magda—. Hemos decidido contratar una agencia de marketing con experiencia internacional. El hombre de la sonrisa asiente mientras del maletín abre una carpeta.
Siento un frío lento recorriéndome la espalda.
—Pero… Yo llevo el marketing —digo—. Las reservas crecieron un cuarenta por ciento este año. Las alianzas, la reputación online…
—Precisamente por eso —dice Evaristo, ahora sí mirándome—. Queremos dar un salto mayor. Necesitamos algo más… estructurado.
Traduzco en silencio: no eres suficiente.
—Entonces… —trago saliva— ¿el veinte por ciento?
El silencio cae pesado.
—No creo que este salto se deba a que te la pasa metida en el teléfono, es fruto del esfuerzo y la dedicación de mi hijo frente al negocio familiar, sus estrategias y sus contactos —agrega Magda mientras alza una ceja como si yo hubiera dicho algo impropio.
—Por otra parte, no existe ningún acuerdo formal —puntualiza el abogado por primera vez—. Nunca hubo contrato laboral. Legalmente, no hay nada que reclamar.
Miro a Nidel esperando algo, una palabra, un gesto. Nada.
—Pero fue un trato —insisto—. Tú estabas ahí.
Nidel cruza las manos sobre la mesa. Su voz es calmada. Demasiado.
—Fue una conversación. No un compromiso empresarial.
La frase me parte en dos. El abogado desliza otro documento hacia mí.
—Aprovechando esta reestructuración, también hemos considerado que es el momento adecuado para resolver asuntos personales pendientes.
La hoja tiene un encabezado que reconozco de inmediato: Solicitud de divorcio.
No entiendo, literalmente no entiendo. Miro el papel, luego a ellos por último a Nidel quien siempre ha sido distante conmigo pero era por sus responsabilidades, por su trabajo que no le dejaba mucho tiempo.
—¿Qué…? —mi voz sale baja, extraña—. ¿Esto es una broma?
—No —responde él—. Es lo mejor para todos.
No me ama, lo entiendo ahora, con una claridad brutal. Nunca me amó. Yo confundí costumbre con afecto, silencio con estabilidad. Me casé creyendo que el amor se aprende. Él se casó cumpliendo por un compromiso entre su padre y el mío.
—Quiero casarme —añade, como quien informa el clima—. Esto no puede seguir así.
No pregunta si yo quiero. No importa.
Recuerdo, sin querer, el testamento de mi padre. En caso de divorcio antes de que Estefanía cumpla veinte años, recibirá una pensión mensual para garantizar su sustento. Papá siempre pensó que este matrimonio era una jaula, me aseguró que Nidel no me quería. Yo le dije que exageraba.
Por decisión de él, el matrimonio se realizó con separación de bienes, sin propiedades, sin indemnización. Hoy no tengo nada.
El abogado explica términos que no escucho. Magda observa mis manos, como esperando que tiemblen. Yo solo firmo aunque no entiendo.
Firmó no porque esté de acuerdo, no porque sea fuerte. Sino porque no sé cómo quedarme.
Me piden las contraseñas, como autónoma se las escribo en papel. Esto es irreal y cuando termino, me levanto y nadie me detiene. Nidel no se acerca. Recojo mi carpeta que ahora sí pesa.
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Editado: 12.01.2026