La esposa descartable. Renacer en silencio

1. Despojada

1. Despojada

✨🪷✨

🌟Estefanía🌟

La puerta del edificio de Katy se abrió antes de que pudiera tocar por segunda vez.

—¿Tefy…? —dice ella, y mi nombre queda suspendido en el aire, como si no supiera como abrazarme.

Yo estaba de pie frente a ella con una sola maleta negra, mediana y vieja. La misma con la que había llegado a la familia Vlada dos años atrás, convencida de que entraba a una casa… y no a un contrato disfrazado de matrimonio. En una mano llevaba la laptop. En la otra, el celular. Todo lo que realmente me pertenecía. Todo lo que nadie había podido quitarme.

—Hola —dije con voz neutra—. ¿Puedo quedarme contigo unos días?

Katy me recorrió de arriba abajo con una mirada clínica, como si buscara señales vitales alteradas: ojos hinchados, respiración irregular, rímel corrido, temblores, algo. No encontró nada. Solo esa serenidad impropia, casi ofensiva, para una mujer que acababa de ser expulsada de una vida entera.

—Claro que sí, pasa —respondió al fin, haciéndose a un lado—. Pero explícame ahora mismo por qué pareces la protagonista de una película indie después del apocalipsis. Solo te falta la música triste de fondo.

Entro, el departamento olía a café recién hecho y a velas dulces. El mismo caos organizado de siempre: zapatos tirados como si hubieran huido de algo, una planta medio muerta que Katy juraba que estaba en proceso de sanación, una manta en el sofá con forma de nido. Hogar, algo tan simple y tan lejano para Estefanía en los últimos años.

Dejó la maleta junto a la pared, con cuidado, como si incluso ese objeto mereciera respeto. Me senté despacio.

—Me divorcié —dije, con el mismo tono con el que alguien anuncia que va a llover.

Katy parpadea dramáticamente varias veces.

—¿Cómo que te divorciaste?

—Hoy —respondo con la misma calma—. En una junta.

—¿En una junta? —repitie mi amiga, subiendo el tono varios decibeles—. ¿Qué clase de tipos hacen eso en una junta? ¿Qué son, una secta empresarial con apellido rancio? ¿Se reparten el alma de la gente en PowerPoint?

—Reestructuración, agencia nueva, despido… divorcio. —Esbozo una una sonrisa mínima, apenas un gesto.

El silencio cae pesado, como un objeto mal colocado. Katy abre la boca, la cierra y finalmente explota.

—¡LO SABÍA! —grita, llevándose una mano al pecho—. ¡Yo sabía que los Vlada no servían! Siempre lo dije. Desde el primer día. Desde que vi cómo tu suegra te miraba como si fueras un electrodoméstico útil, pero de marca genérica.

—Katy…

—No, no, no. Déjame terminar —interrumpe, comenzando a pasearse por la sala—. Ese hombre, Nidel, siempre tuvo cara de nevera. Frío, silencioso y solo útil para guardar cosas ajenas. Yo lo toleraba porque tú decías que lo amabas, pero nunca me engañó. Los de esa familia creen que porque dicen reestructuración ya no son unos miserables. Spoiler: sí lo son. —Se detiene frente a mí de golpe—. ¿Y tú? —me señala—. ¿Tú estás bien? —Solo asiento—. Eso es lo que me preocupa —replica Katy—. No estás llorando. No estás gritando. No estás lanzando platos. Esto no es normal, Estefanía Hill. Eso es preocupante.

Termina su retahíla y se encoge de hombros.

—No sé qué reacción se supone que debo tener.

—¡Cualquiera menos esta calma de monje tibetano recién iluminado!

Katy se sienta a mi lado y me toma las manos. Las gira, las examina como si fueran un objeto extraño.

—¿Ves? —dijo—. Ni siquiera te tiemblan.

—Ya temblaron por mí suficiente tiempo —respondo sin pensarlo, y en mi voz noto algo nuevo. Algo firme. Algo que no estaba antes.

Katy se queda en silencio unos segundos. Luego me abraza con fuerza, con esa desesperación torpe de quien quiere sacar el dolor a empujones.

—Puedes gritar —me susurra—. Aquí puedes romperte. Nadie te va a cobrar por eso. Nadie te va a pasar una factura ni activar.

Yo no grito, no lloró. Me quedo quieta entre sus brazos, respirando despacio, como si todavía no supiera qué parte de mí había sobrevivido.

—Ellos creen que me fui sin nada —digo al cabo.

—¿Y no es así?

Bajo la mirada hacia la laptop, hacia mi celular, hacia mis manos vacías pero libres.

—No exactamente.

Katy se separó un poco y entrecerró los ojos.

—Ajá. Esa es la frase más sospechosa que he escuchado en toda nuestra amistad. Esa frase viene con letra pequeña.

Me sonrío, apenas. Lo justo para no romper la calma.

—No hoy —digo—. Hoy solo estoy cansada.

—Normal —replica Katy—. Te sacaron de una empresa, de un matrimonio y de una familia en una hora. Yo habría incendiado algo, al menos una maceta.

—Siempre fuiste más impulsiva.

—Gracias a eso sigo viva —respondió—. A diferencia de los Vlada, que son un museo de emociones muertas. Visita guiada incluida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.