La esposa descartable. Renacer en silencio

2. Protegida

2. Protegida

✨🪷✨

🌟Estefanía🌟

Entro al cuarto y cierro la puerta con cuidado, girando el picaporte despacio, como si el silencio pudiera astillarse si lo hacía con brusquedad. Apoyo la espalda en la madera unos segundos. Respiro. El aire no pesa, no hay miradas ajenas detrás de la puerta, ni reglas implícitas, ni horarios que cumplir para no incomodar a nadie. Es un espacio pequeño, sencillo, casi impersonal. Tiene una cama individual con sábanas claras, una mesita de noche coja de una pata, un clóset estrecho que uele a madera vieja y detergente barato. Nada de lujo, nada de apellidos, nada de promesas y, aun así, respiró mejor que en cualquier habitación enorme de la casa Vlada.

Avanzo despacio, como si todavía no confiara del todo en que ese lugar me pertenece, aunque sea por una noche. Me siento en el borde de la cama y coloco la maleta frente a mí, la abro.

No hay mucho. Ropa básica doblada sin demasiada prolijidad, algunos libros subrayados hasta el cansancio, cables enredados que nunca aprendí a ordenar, la laptop, el cargador del celular. Objetos sin valor aparente. Objetos que, sin embargo, han sostenido dos años de trabajo, de ideas, de noches en vela. Las cosas con las que había llegado a la familia Vlada. Las mismas con las que me fui, de ellos no tomé nada, ni regalos, ni promesas.

Me sorprende no sentir rabia ni furia. Tampoco ese deseo infantil de romper algo solo para escuchar el ruido. Solo siento una certeza extraña, incómoda, reveladora: nunca he necesitado más que esto. Todo lo demás había sido decorado, escenografía. Una ilusión bien financiada.

Del bolsillo lateral de la maleta saco un retrato. La fotografía está un poco doblada en una esquina, gastada de tanto haber sido guardada y sacada en silencio, como un amuleto que no se presume. Mi padre sonrié como siempre: una sonrisa tranquila, sin alardes, sin necesidad de demostrar nada. La sonrisa de alguien que sabía quién era. La coloco con cuidado sobre la mesita de noche, apoyándola contra la pared, enderezándola hasta que queda perfectamente recta.

—Creo que lo sabías —murmuro para mí—. Todo esto.

Me siento frente a la foto, con los hombros caídos por primera vez en todo el día.

Mi padre murió creyendo que ella estaba a salvo o tal vez no. Tal vez por eso dejó todo tan meticulosamente pensado. La cláusula clara, la espera obligatoria, la herencia sellada hasta los veinte años. Antes de eso, solo la pensión suficiente para vivir e insuficiente para despertar la atracción de otros y convertirme en un objeto cómodo en manos ajenas.

«No era desconfianza —analizo—. Era previsión».

Tragó saliva, ahora lo tengo claro.

—Gracias por no dejarme desamparada —susurro mirando la imagen—. Por darme tiempo cuando yo no supe pedírmelo.

Con esa pensión puedo vivir tranquila, sin lujos, sin excesos, pero sin miedo. Sin tener que regresar con la cabeza baja a ningún apellido y que crean tener derechos sobre mí. Puedo detenerme, pensar y decidir. Por primera vez desde que me casé, mi futuro no estaba escrito en función de otra persona.

Me levanto despacio, voy al baño, encendió la luz. El reflejo me devuelve una imagen que casi no reconozco: tengo el rostro pálido, los labios tensos, los ojos demasiado abiertos para alguien que parece estar bien. Desvío la mirada y abro el grifo de la tina y el sonido del agua llenando el espacio es constante, hipnótico. Me desvisto con movimientos automáticos, como si el cuerpo supiera que ya no tiene que sostener una imagen, ni un rol, ni una expectativa ajena.

Al entrar al agua el calor me envuelve, me afloja los músculos y algo algo más profundo.

No lloro, me quedo quieta, con la espalda apoyada, las rodillas apenas flexionadas, mirando el vapor subir y desaparecer. Mi mente vuelve, inevitable, a la sala de juntas. A la mesa larga, a las miradas medidas, al tono profesional con el que me anunciaron el final de mi matrimonio como si fuera una línea más en un informe trimestral.

Escucho nuevamente la palabra divorcio dicha sin emoción, sin pausa, sin respeto y sin previo aviso. Entonces lo entiendo: no me duele él. No como había imaginado tantas veces en mis peores noches. No siento ese desgarramiento brutal del que hablan los libros, ese dolor romántico que te deja sin aire. No. Lo que siento es distinto, algo más sucio, más profundo.

Me duele el engaño, el sentirme usada. Me duele la mentira sostenida con disciplina durante dos años, el haberle dado un lugar que nunca existió.

Me duele haber creído que el amor justificaba la ausencia, el silencio, la frialdad. Me duele haber confundido estabilidad con abandono elegante. Me duele haber sido eficiente, productiva y útil. Sobre todo le dolía haber sido descartable.

El agua se mueve cuando aprieto los puños y recuerdo.

Entrega las contraseñas —dijo el abogado, con voz neutra.

Recuerdo las miradas alrededor de la mesa, eran seguras, tranquilas. Convencidas de que en ese gesto me estaban quitando todo. Recuerdo el papel doblado en mi mano. Recuerdo como lo extendí sin temblar luego de escribir en él. Recuerdo sus rostros inclinándose para leer.

Ellos creían que me habían despojado de todo.




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