La esposa descartable. Renacer en silencio

5. Reacciones

5. Reacciones

✨🪷✨

🌟Estefanía🌟

Katy no dice nada durante unos segundos. Solo desliza hacia abajo.

—Mira esto —dice al fin—. Mira nada más.

Empieza a leer en voz alta, incrédula.

—«Yo trabajé en Hoteles Vlada hace tres años. Son explotadores».
—«Se merecen la quiebra por tratar así a la gente».
—«Siempre pensé que esa cadena era puro humo».
—«Gracias por decir la verdad, Estefanía. Te seguimos donde vayas».

Desliza más.

—«Ocho millones de vistas en una madrugada. El karma no duerme».
—«Nunca más me hospedo en un Vlada».
—«¿Dónde recomiendas ir ahora?».

Levanta la vista hacia mí.

—Te están pidiendo recomendaciones —dice—. Ahora mismo.

—Lo harán —respondo—. Por eso el video.

—Esto es… —busca una palabra—. Esto es enorme.

—No —niego despacio—. Es lógico llevo años interactuando con esa comunidad, me conocen.

—No digas tonterías —responde—. Los estás desmantelando públicamente.

—No —repito—. Solo conté mi verdad, dramatice un poco, pero ellos construyeron el resto solos sobre todo porque según ellos yo solo jugaba en mi teléfono.

Katy vuelve a leer.

—Mira este —dice—. «Nunca pensé que una chica tan joven hubiera hecho todo el trabajo digital de esa cadena». —Este añade—. «Si ella se va, yo me voy con ella».

Siento un nudo en la garganta. No de tristeza es de responsabilidad.

—Esto ya no es solo tu historia —dice Katy, más seria—. Es mucha gente. Parpadeo y asiento lentamente.

—Por eso necesito al abogado —digo—. Para hacerlo bien, sin errores.

—Los Vlada te van a odiar.

—Ya lo hacen —respondo—. Solo que ahora no pueden fingir que no existo.

Katy deja el celular sobre la mesa y me toma del brazo.

—Te lo voy a decir claro —dice—. Esto ya no tiene vuelta atrás.

—Nunca la tuvo —respondo.

Se ríe, nerviosa.

—Anoche pensé que estabas rota —confiesa—. Hoy me doy cuenta de que estabas despertando.

Miro la pantalla una vez más. Los números siguen subiendo.

—No quería destruirlos —digo—. Solo quería dejar de desaparecer. Hacerles ver qué existía. No esperé tanto de ese vídeo.

Katy sonríe, ladeada, cómplice.

—Pues felicidades —dice—. Acabas de hacer exactamente lo contrario.

Levanto la taza de café otra vez. El vapor me roza el rostro y, por un segundo, me permito quedarme ahí, suspendida en ese instante mínimo donde nada duele y todo parece posible.

—Por los nuevos comienzos —murmuro y Katy no duda ni medio segundo.

—Por las mujeres al poder —añade, levantando la suya con solemnidad exagerada.

Chocamos las tazas. El sonido es suave, casi doméstico, pero para mí tiene algo de pacto silencioso. Como si selláramos un acuerdo que no necesita testigos ni firmas. Nos miramos y sonreímos. No hace falta decir nada más, ella sabe, yo sé que ella sabe.

En silencio, afuera, el mundo ya está reaccionando. Notificaciones que no leo, números que no veo, opiniones que aún no me alcanzan. Aquí dentro, en esta cocina pequeña y desordenada, estoy a salvo. Sostenida.

Doy un sorbo más y dejo la taza sobre la mesa.

—Tenemos que ponernos de acuerdo con los gastos de la casa —digo de pronto—. No quiero ser una carga.

Katy alza la vista lentamente, como si acabara de escuchar una blasfemia imperdonable.

—¿Una carga? —repite—. ¿Tú?

Deja la taza a un lado y me mira con esa mezcla suya de incredulidad y afecto brusco.

—Primero recibe tu pensión —dice, ya en modo práctico—. Luego vemos números, porcentajes y dramas financieros. Por ahora este mes está pago y la despensa llena.

—Katy… —intento protestar.

—No —me corta, levantando un dedo como si estuviera cerrando una negociación trascendental—. Insistir no va a cambiar nada. El próximo mes nos sentamos, sacamos cuentas y listo. —Me guiña un ojo—. Sobreviviremos como siempre.

Resoplo, derrotada. Conozco ese tono. Es el mismo que usaba cuando decidía algo y el universo entero podía protestar, pero igual perdía. Es el tono de quien no te rescata porque te ve débil, sino porque confía en que pronto no lo serás.

—Eres imposible —murmuro.

—Y aun así me quieres —responde sin perder el ritmo.

Me levanto y empiezo a juntar las tazas, más por necesidad de moverme que por orden real.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —pregunta desde atrás.

—Recoger la cocina —respondo con calma—. Luego me arreglo para ir a ver al abogado.

No llego a dar dos pasos cuando siento que las tazas desaparecen de mis manos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.