La esposa descartable. Renacer en silencio

6. Con prisa

6. Con prisa

✨🪷✨

🌟Estefanía🌟

Bajo a la cochera con el paso medido, el eco de mis tacones rebotando contra el concreto como un metrónomo que intenta imponer orden a mis pensamientos. El aire es fresco y huele a metal, a aceite viejo y a la mañana que todavía no termina de irse. Las luces blancas parpadean apenas, como si incluso este lugar supiera que hoy no es un día cualquiera.

Ahí está el auto, negro, elegante, con líneas sobrias que no necesitan presumir nada. Un modelo de lujo de hace tres años, impecable, cuidado con ese nivel de obsesión silenciosa que tengo por conservarlo ya que era de mi padre. Me detengo un segundo frente a él antes de abrir la puerta. Apoyo la mano sobre el capó frío y cierro los ojos.

—Vamos —murmuro al auto pero mi pensamiento está en mi papá—. Acompáñame otra vez.

Me subo, cierro la puerta y el sonido sordo me envuelve como una cápsula. El interior aún conserva ese aroma limpio, ligeramente amaderado que él le gustaba y que siempre me hacía sentir segura. Ajusto el asiento, coloco las manos sobre el volante y respiro hondo antes de girar la llave. El motor despierta suave, contenido, poderoso sin necesidad de alardes, como era mi progenitor.

Salgo de la cochera y me incorporo a la calle. La ciudad está despierta, aunque todavía no del todo alerta. Hay autos, sí, pero también ese ritmo intermedio donde todo parece avanzar con cierta cautela. Manejar siempre me calma, me obliga a estar presente, a mirar adelante.

Voy rumbo al despacho del abogado de mi padre. No es cualquier abogado, es junto a su firma el más relevante del país. El hombre que representa fortunas, imperios, herencias que no pueden permitirse errores. Ostenta prestigio internacional. Yo lo recuerdo sentado en nuestra sala, hablando con mi padre, su amigo, como si el tiempo fuera un recurso inagotable. Con calma, debatiendo de todo

Aprieto un poco más el volante. Llego a un semáforo justo cuando la luz cambia a rojo. Me detengo y el silencio dentro del auto se vuelve más denso. Entonces lo veo, mi teléfono.

Está en el asiento del copiloto, boca abajo, como si supiera que no quiero mirarlo. Lo apagué después de subir el video. Lo dejé así a propósito, un gesto mínimo de control en medio del caos. Desde entonces, no he sabido nada del mundo.

Lo tomo con la mano, me pesa más de lo normal, o tal vez soy yo la que está más consciente de lo que significa. Sé perfectamente qué pasará cuando lo encienda. Mensajes, llamadas, notificaciones sin fin.

Entre todo eso estarán ellos, los Vlada. Deben de estar desesperados buscando explicaciones. Exigiendo silencio, pidiendo que aclare. Que rectifique, que conversemos.

Me imagino a Magda con su tono dulce fingido de porcelana rota intentando negociar. A Evaristo hablando de consecuencias. A Nidel… no, a él no logro imaginarlo con claridad, nunca pude.

—No ahora —me digo decidida—. Todavía no, menos después de lo que vi en el teléfono de Katy. Nunca pensé tener tanta repercusión.

La curiosidad me muerde. ¿Cuántas personas más lo habrán visto ya? ¿Qué estarán diciendo? ¿Qué tan grande se volvió esto? Quiero saberlo, necesito saberlo, pero también sé que en el momento en que lo encienda, dejo de tener este silencio, comenzará el caos.

Este pequeño espacio donde todavía mando yo desaparecerá.

Levanto la vista… y la luz ya está verde, no me muevo, no puedo.

Un segundo pasa o dos. El auto detrás de mí comienza a pitar. No es un toque amable. Es largo, insistente, casi agresivo. Aprieto la mandíbula.

—Ya voy —murmuro, molesta por la impaciencia del conductor que me sigue.

Arranco, pero lo hago despacio. Demasiado despacio para fastidiarlo más, con deliberada parsimonia debo admitir. Puedo sentir su irritación atravesando el parabrisas y sonrío apenas, hoy todo me vale. Cuando intenta rebasar mi auto y finalmente lo logra, vuelve a pitarme, esta vez con furia.

—Idiota con traje —le grito, sacando el dedo del medio sin ningún pudor.

Entonces lo veo cuando el otro auto se detiene a mi lado por un segundo. El conductor gira la cabeza. Es trigueño, de rasgos marcados, mandíbula firme, barba de sombra cuidada. Sus ojos… grises, intensos, de esos que no miran, evalúan. Tiene cara de pocos amigos. Debe ser esos hombres que no sonríen porque no lo necesitan.

Es mayor que yo. Diez años, tal vez más, aún así, se ve peligrosamente bien.

Nuestros ojos se cruzan apenas un instante antes de que el tráfico nos separe. Él frunce el ceño, claramente molesto. Yo, en cambio, no puedo evitar reírme sola mientras acelero un poco más.

—Relájate —murmuro más para mí que para él—. No todo gira a tu ritmo.

Sigo avanzando, todavía con esa imagen en la cabeza. El contraste me resulta absurdo: yo, camino a enfrentar el día más decisivo de mi vida después que intentaron descargarme y despojarme de mi trabajo; él, un desconocido irritado por un semáforo. Sin embargo, ese pequeño incidente me saca una risa que no esperaba.

Sacudo la cabeza. Concéntrate me digo.

Vuelvo al teléfono, lo coloco en el portavasos sin encenderlo. Todavía no es el momento, me digo. Primero el abogado, primero entender dónde estoy parada. Luego, el mundo.




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