7. Amenaza
✨🪷✨
🌟Narrador omnisciente 🌟
El ascensor se abre con un susurro contenido en el piso de presidencia. El silencio ahí no es casual: es una advertencia. Todo está diseñado para imponer distancia, para recordar a quien llega que ese no es un lugar al que se accede por error. Mármol pulido, paredes claras, una alfombra gruesa que apaga los pasos y un aire levemente frío.
Estefanía sale del ascensor con la espalda recta y el mentón en alto. No duda, no mira alrededor con curiosidad. Avanza dominando el espacio que conoce y a donde vino muchas veces con su padre.
Detrás de un escritorio amplio, impecable, está la mujer que debe ser la nueva secretaria del señor Kleinberg porque no es la señora que recuerda.
Debe rondar los treinta. Cabello perfectamente alisado, maquillaje severo, traje oscuro de líneas rígidas. Tiene el celular en la mano y los dedos se mueven con rapidez sobre la pantalla. Cuando percibe la presencia de Estefanía, alza la vista apenas… y la recorre de arriba abajo sin el menor intento de disimulo.
El juicio es inmediato. Para ella, Estefanía no tiene una cita por lo que no es un asunto profesional. Es otra mujer más que cree que un buen conjunto y una sonrisa puede captar la atención de su jefe sin imaginar que duran hasta que él se aburra, lo que sucede muy pronto.
Estefanía lo percibe. No porque sea insegura, sino porque la mujer está siendo demasiado obvia con su escrutinio.
Se detiene frente al escritorio.
—Buenos días —dice, con voz firme—. Soy Estefanía Hill y tengo una cita con el señor Kleinberg, me dijo que viniera a esta hora.
La mujer no responde de inmediato. Baja la vista otra vez al celular, como si el sonido de la voz no hubiera sido suficiente estímulo. Desliza el dedo por la pantalla, frunce apenas el ceño, suspira con fastidio.
El silencio se estira. Estefanía espera unos segundos. Los suficientes pero no hay respuesta.
La secretaria sigue concentrada en su teléfono, ajena de forma deliberada. El gesto no es descuido: es poder mal ejercido.
Estefanía siente la incomodidad subirle por el pecho, pero no permite que se convierta en inseguridad. No después de todo lo que ya ha atravesado últimamente. No después de diez millones de miradas observándola sin que ella pueda verlas de vuelta .
—Disculpe —añade, un poco más firme—. Estefanía Hill. Tengo cita agendada.
La mujer levanta la vista apenas un segundo, sin interés real.
—Ajá, no veo nada agendado a su nombre —murmura, y vuelve al celular.
Ese gesto es suficiente. La paciencia de Estefanía se agota, no con explosión, sino con precisión. Apoya ambas manos sobre el escritorio y se inclina apenas hacia adelante. Su voz no sube de tono, pero adquiere un filo incómodo.
—¿Va a comunicarle al señor Kleinberg que he llegado… o debo hacerlo yo misma?
La secretaria alza la vista esta vez por completo. Sus ojos se endurecen. La escanea otra vez, ahora con molestia abierta. No le gusta el desafío. No le gusta que esa niña no se comporte como espera.
—No es necesario ese tono —dice, seca.
—El tono es proporcional al trato —responde Estefanía, sin apartar la mirada.
Durante un segundo, el aire se vuelve denso. La secretaria aprieta los labios, visiblemente contrariada. Con un movimiento brusco, deja el celular sobre el escritorio y toma el intercomunicador. Lo hace con desgano, como si cada gesto fuera una concesión indebida.
—Señor Kleinberg —dice, sin ocultar la molestia—. La señorita Hill está aquí, dice que tiene cita con usted.
Del otro lado, la respuesta es inmediata.
—Permítale el acceso —indica la voz masculina, grave, sin vacilación—. Hágala pasar —ordena.
No eleva la voz, no explica, no pregunta quién es como si realmente la esperara. El tono es neutro, exacto, de esos que no admiten réplica.
A la secretaria no le gusta. No es la orden sino la inmediatez. La mujer no figura en la agenda, no fue anunciada, y aun así él decide recibirla de inmediato, demasiado rápido y directo.
Otra conquista, piensa, apretando los labios.
Lo que termina de irritarla es que Sebastián no la mira nunca. No le dedica esa atención mínima que suele concederle a otras mujeres, ella es su secretaria y punto.
—Puede pasar —dice al fin, forzando una sonrisa que no alcanza a suavizar el gesto apartándose lo justo para señalar la puerta—. El licenciado la espera.
Es una niña, piensa con amargura, nunca lo había visto con alguien tan joven.
Estefanía asiente sin agradecer. No lo necesita luego de que la mujer fuera tan grosera. Camina hacia la oficina con la cabeza en alto, ajena a la mirada cargada de descontento que tiene clavada en la espalda.
La secretaria la observa entrar y cerrar la puerta tras de sí. Aprieta los labios porque no es la primera vez que una mujer cruza esa puerta… pero algo en esta chiquilla le resulta peligrosamente distinto.
La puerta se cierra a su espalda con un clic suave, definitivo.
Estefanía avanza dos pasos dentro de la oficina y se detiene.
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Editado: 02.02.2026