La esposa descartable. Renacer en silencio

8. Reencuentro

8. Reencuentro

✨🪷✨
🌟Sebastián🌟

Me giro y el tiempo se pliega sobre sí mismo.

La mujer que está de pie frente a mí no debería sorprenderme, y aun así lo hace. No porque no supiera quién era, su nombre estaba en mi agenda, su apellido en mi memoria desde siempre, sino porque la imagen que tengo grabada de Estefanía Hill no coincide con la realidad que ahora ocupa mi despacho.

No es la niña que recuerdo. No es la adolescente callada que vi un par de veces en mis vacaciones luego de irme a estudiar al extranjero. Es una mujer, joven, sí, pero mujer al fin.

La observo con atención profesional… y algo más que no debería permitirme. Lleva un conjunto rosa que no tiene nada de ingenuo: es sobrio, elegante, perfectamente cortado para alguien que sabe lo que quiere proyectar. El pantalón estiliza sus piernas, la chaqueta enmarca unos hombros firmes, seguros. No hay excesos, no hay errores. El maquillaje es sutil, estratégico, lo justo para resaltar unos ojos claros que no esquivan la mirada, aunque tampoco la sostienen por completo.

Su cabello rubio está recogido en un moño alto, dejando el cuello despejado. Un cuello largo, delicado, que contrasta con la determinación que irradia su postura. No se encoge. Está tensa, sí, pero no disminuida.

Me desconcierta porque la última vez que la vi de cerca estaba sentada en el suelo, rodeada de muñecas, hablándoles con una seriedad que me pareció excesiva para su edad. Su padre reía, mi padre negaba con la cabeza, y yo apenas le presté atención. Era solo la hija de su amigo. Una niña más en una casa demasiado grande.

Ahora llena este espacio con una presencia silenciosa que no pide permiso. Parpadeo una sola vez y regreso al presente.

—Buenos días —dice—. ¿Me citó el señor Gonzalo Kleinberg?

La voz, ahí está de nuevo esa sensación incómoda, casi eléctrica. La reconozco antes de que mi mente termine de procesarla. Es la misma que me atravesó hace un rato en el semáforo, aunque entonces estaba cargada de fastidio y descaro. Ahora suena controlada, educada, con un matiz de confusión legítima.

No me giro de inmediato. Me tomo un segundo más mirando la ciudad a través del ventanal. Necesito ordenar ideas porque hay demasiadas cosas superpuestas.

Primero: Estefanía Hill es la hija del mejor amigo de mi padre.

Segundo: Su padre, en su lecho de muerte, le pidió que velara por los intereses de su hija.

Tercero: mi padre me trasladó esa promesa esta misma mañana, con una seriedad poco habitual incluso en él.

Cuarto: todos los casos del bufete, incluido el de Estefanía, están ahora bajo mi responsabilidad desde que Gonzalo se jubiló.

Quinto: yo no tenía idea de por qué ella necesitaba vernos.

La última información que tenía sobre su vida era clara y, hasta donde sabía, estable: estaba felizmente casada. Integrada al imperio hotelero de los Vlada. Protegida y acompañada. No había señales de alarma.

Me doy la vuelta por fin.

—Buenos días —respondo—. Gonzalo Kleinberg es mi padre. La observo con detenimiento mientras asimila la información. Hay un destello de sorpresa, seguido de una rápida recomposición. No se permite quedarse atrás ni un segundo—. Yo soy Sebastián Kleinberg —añado—. Actualmente estoy a cargo del bufete. Mi padre se jubiló. —Hago una pausa mínima antes de continuar—. Fue él quien me pidió que la atendiera personalmente.

Mientras hablo, veo cómo su expresión cambia. No es alivio esta vez, ni ese breve anclaje que esperaba al mencionar a mi padre. Es una rigidez súbita, un parpadeo más lento. Los hombros que se tensan, como si de pronto hubiera encajado una pieza que no esperaba encontrar aquí.

Me observa con mayor atención y entonces lo entiendo. Quizá me reconoció, no puedo asegurarlo, pero algo en su mirada se agita, se vuelve más cauta, más medida. Como si una imagen incómoda hubiera emergido de golpe. La postura le cambia lo suficiente como para que yo lo note.

No puedo evitar pensarlo; tal vez recuerda lo grosera que fue en el semáforo.

Yo la recuerdo demasiado bien. Una chiquilla distraída en pleno tráfico, absorta en su teléfono como si el mundo pudiera esperar. Yo tenía prisa. Una agenda ajustada. Una cita importante que no sabía, ironía cruel, que era con ella misma. El semáforo, la luz verde, su inmovilidad exasperante. Luego ese gesto, el dedo en alto, el descaro. Aprieto la mandíbula al recordarlo.

Si es consciente de que soy el mismo hombre, no lo demuestra del todo, pero la tensión está ahí. Flotando entre nosotros como un secreto incómodo.

Decido no darle ese poder. No sabrá por ahora que la reconocí.

Extiendo la mano para saludarla. Es un gesto calculado, profesional, medido. El mismo que he usado cientos de veces con clientes, socios, adversarios. Cuanto sus dedos se cierran alrededor de los míos, todo se desarma. Siento una descarga inmediata, brutal.

Un corrientazo seco que me recorre el brazo y se me clava directo en el pecho, como si alguien hubiera tocado un cable pelado dentro de mí. Retiro la mano de golpe antes de que mi reacción resulte demasiado evidente.

Maldita sea. No estoy acostumbrado a perder el control físico de esa manera. No con clientes, ni con mujeres.




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