La esposa descartable. Renacer en silencio

9. El idiota con traje

9. El idiota con traje

✨🪷✨
🌟 Estefanía 🌟

El hombre que está frente a la ventana de espaldas a mí se da la vuelta por fin.

—Buenos días —responde—. Gonzalo Kleinberg es mi padre.

La frase me golpea con más fuerza de la que debería. Siento cómo algo se acomoda y, al mismo tiempo, se desarma dentro de mí. No es porque es el hijo de Gonzalo el mejor amigo de mi papá del cual recuerdo de sus carcajadas llenando la casa cada vez que me alzaba cuando era niña y decía que yo mandaba más que cualquier adulto en esa familia.

Antes de que pueda reaccionar del todo, continúa:

—Yo soy Sebastián Kleinberg —añade—. Actualmente estoy a cargo del bufete. Mi padre se jubiló. —Hace una pausa mínima, casi imperceptible—. Fue él quien me pidió que la atendiera personalmente.

El apellido termina de cerrar el círculo con un clic seco, incómodo. No es Gonzalo quien me citó, es su hijo. El hijo del mejor amigo de mi padre. El niño grande que recuerdo de lejos, el adolescente que vi apenas un par de veces antes de que se fuera al extranjero. Pero ese recuerdo no encaja con el hombre que tengo enfrente.

Lo que realmente me inquieta es la segunda ficha, la que no esperaba y que me aprieta el estómago.

Miro sus ojos, ese gesto contenido, su mandíbula tensa que ahora reconozco con absoluta claridad. Es él, el idiota con traje del semáforo.

La sangre me sube al rostro, aunque hago un esfuerzo consciente por no dejarlo ver. Me obligo a recomponerme en una fracción de segundo. No puedo darme el lujo de parecer descolocada ahora.

Lo observo con más atención y me pregunto si él también ya lo notó. Si me reconoce y recuerda mi dedo en alto, mi grito impulsivo, mi provocación infantil. No doy así,no acostumbro hacer esas cosas pero en ese momento todo me sobrepasó.

Siento cómo los hombros se me tensan sin permiso, como si mi cuerpo hubiera entendido antes que mi cabeza lo comprometido de la situación. No digo nada, ni lo confirmo ni lo niego.

El aire entre nosotros cambia. Se vuelve más espeso, más denso, cargado de algo que no tiene nombre todavía, pero que incomoda.

Extiende la mano para saludarme. Es un gesto profesional, impecable. El gesto de un abogado acostumbrado a controlar cada movimiento. Yo acepto porque no hacerlo sería aún más extraño. Cuando mis dedos se cierran alrededor de los suyos, el mundo se desajusta.

Un estremecimiento violento me recorre entera. No es metáfora, no es sugestión. Es físico y real. Una descarga que nace en la palma de mi mano y me sube por el brazo, directa al pecho, como si algo se hubiera activado sin pedirme permiso. Me quedo sin aire durante una fracción de segundo.

Él retira la mano con demasiada rapidez confirmándome que no soy la única que lo sintió.

Nos miramos apenas un instante de más. Mis labios se entreabren sin querer y los cierro enseguida, obligándome a recuperar el control. Enderezo la espalda, tenso el cuello, recompongo la máscara. No puedo permitirme esto ahora

El silencio se vuelve incómodo, cargado, peligroso.

—Tome asiento, Estefanía —dice con tono neutro, señalando la silla frente a su escritorio y siendo el abogado—. En qué te podemos ayudar.

Obedezco. Me siento con cuidado, cruzo las manos sobre el regazo y alzo la vista hacia él pero no bajo la guardia, no sé si me reconoció.

No traje papeles, no traje carpetas. Solo mi celular y sé que es más que suficiente..

—Me divorcié —digo con tranquilidad—. Mejor dicho me descartaron.

Lo digo sin drama, sin lágrimas. Nombro una verdad irreversible que no me duele más allá de la forma en que ocurrió todo. Aquí vine a entender qué hago con lo que queda. Aunque todavía no lo diga en voz alta, lo sé con una claridad incómoda: mi papá tenía razón. Necesito ayuda, pero ahora no estoy segura de haber tocado la puerta correcta.

✨🪷✨
🌟 Sebastián 🌟

La observo con atención mientras pronuncia esas últimas palabras. No hay teatralidad en su voz, tampoco victimismo. Hay algo peor: contención.

Apoyo los antebrazos sobre el escritorio, sin invadir su espacio, pero marcando presencia.

—Imagino que está aquí por la pensión que su padre dejó estipulada en caso de divorcio —digo con calma, midiendo cada sílaba—. Mi padre fue muy claro en ese punto. Estás protegida.

Sus ojos se alzan de inmediato. Niega despacio, una sola vez.

—De eso tengo claridad —responde—. Sé que ese proceso tendrá curso. No es un problema.

Hay una pausa, breve, densa y veo la duda instalarse en su mirada. Está evaluando si seguir o no.

—Estefanía —digo, bajando apenas la voz—. Si está aquí, no es solo por algo que ya tiene resuelto. —Inclino levemente la cabeza—. Dígame por qué vino y buscaré la forma de ayudarla. —Ella no responde de inmediato—. Es un encargo de mi padre —añado, sin rodeos—. No dude que lo cumpliré.

No es una promesa vacía. Mi padre no me pidió favores; me dejó responsabilidades y esta es una de ellas.

La veo inhalar profundo. Como si esa frase hubiera terminado de empujarla al borde.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.